domingo, 7 de octubre de 2018

Diseccionando a homo sapiens




por David Cañedo Escárcega


El sueño de ser dioses

¡Ah, el sueño de ser dioses! Vivir eternamente, por encima de las leyes del mundo natural, creando nuestra propia realidad e imponiendo nuestras reglas. Nos tomamos muy en serio nuestro papel y terminamos creyéndonos el personaje. Sí, definitivamente, somos dioses en la tierra y por eso hemos tomado posesión de ella, y dios allá arriba en el cielo es otro de los nuestros, a nuestra imagen y semejanza. Nos inventamos toda clase de creencias, tradiciones y justificaciones científicas, filosóficas y religiosas que nos colocaban en el centro de la creación: 4,500 millones de años de evolución que han culminado en el momento actual, con homo sapiens como la razón de ser no solo del planeta sino del universo. La especie que piensa que piensa. Los que somos “conscientes” de nuestra existencia y de la realidad, como si las demás especies no lo fueran. Pero nos hemos colocado muy por encima de ellas y les hemos negado agencia propia: los que tenemos derecho a existir somos nosotros y de aquí nos iremos a vivir al cielo o quién sabe dónde, porque hemos vencido nuestra mortalidad.

Esa fue la visión que nos sedujo; nos envolvió por completo y quisimos creer en ella con todas nuestras fuerzas. En el fondo por supuesto lo que nos movía era el terror a la muerte, que es lo que verdaderamente nos diferencía de las demás especies: la conciencia permanente de que algún día dejaremos de ser. Como dijera Carlos Fuentes, el hombre no tiene derecho a la eternidad pero cada uno de sus actos la reclama. Es esa angustia existencial que no hemos podido asimilar la que nos llevó a crecer ilimitadamente arrasando el mundo a nuestro paso y apropiándonos de la totalidad de la vida. Queremos vivir a costa de todo lo demás y se nos hizo muy cómodo olvidarnos de los límites. Nuestra obsesión por crecer es una fuga hacia adelante, huyendo de un vacío espantoso hacia otro más grande, como si la realidad nos persiguiera y tuviéramos pavor de que nos alcance.

Nos reprodujimos como células de cáncer y estamos chupando las energías vivas del sistema entero porque somos incapaces de hacer las paces con nuestra realidad última. Lo irónico del caso es que es ese terror irracional, profundo e inconsciente al no-ser, o al sinsentido del ser, lo que nos ha llevado a provocar un ecocidio que puede significar nuestra propia extinción.

Y surgieron las culturas y se construyeron civilizaciones, y las jerarquías también fueron inevitables. Es la búsqueda de la inmortalidad la que los llevó a adorar faraones y tlatoanis, y el derecho divino de los emperadores y la construcción de pirámides, templos y mausoleos; también la que llevó a glorificar la guerra como el método natural de apropiación de recursos para seguir creciendo.

Llegamos a la época actual y las tendencias solo se han acentuado. Hemos alcanzado el punto en que el planeta entero nos quedó chico. Ahora bien, vivimos en un medio ambiente y todo lo que hacemos en la vida está íntimamente relacionado y completamente dependiente de él. La tierra no es un objeto puesto ahí a nuestra disposición en el que nosotros hayamos llegado a instalarnos nada más porque sí; así es como la hemos tratado, como si fuéramos los dueños y pudiéramos hacer lo que queramos, cuando en el gran orden de las cosas el papel disruptivo que está jugando nuestra especie, una vez que cumpla su cometido, no nos dejará mucho lugar para seguir siendo. Nuestra especie puede ser solo una anomalía que fue útil para lo que haya sido, y la evolución del planeta seguirá su curso.

En este momento histórico que vivimos, en el que el proceso definitorio es la inexorable degradación ambiental que no estamos dispuestos todavía a atender, todos los que vivimos en este maravilloso planeta tenemos la responsabilidad de amarlo y cuidarlo, y ninguna industria, avance tecnológico o servicio que nos facilite la vida vale tanto la pena como para sacrificar el único lugar habitable que jamás llegaremos a tener. Confundimos el desarrollo material con el desarrollo espiritual y a la destrucción ambiental la llamamos “progreso”; sin embargo, en la trayectoria de homo sapiens la única alternativa posible al atolladero en el que nos encontramos es poner al planeta y las especies con las que coexistimos en la escala más alta de nuestros valores. El único futuro viable es reducir drásticamente cualquier tipo de impacto que tengamos en el medio ambiente incluyendo la tasa de natalidad y niveles de consumo, y construir una cultura cuyo principal enfoque sea la regeneración del entorno.


La obsolescencia planeada de homo sapiens

Homo sapiens entonces bien pudo ser un prototipo con una obsolescencia planeada y mecanismos de autodestrucción. Como en la industria en la que los objetos se fabrican para durar un cierto tiempo y después se empiezan a descomponer, así le puede suceder a nuestra especie. Ya sea que creamos que hay un designio detrás de todo o no, es exactamente así como se está jugando. Nos hemos vuelto disfuncionales, y no estamos funcionando en el gran ecosistema del planeta. Nuestra presencia es extremadamente disruptiva y francamente nos hemos convertido en un estorbo. La vida necesita vivirse y no la estamos dejando, y si nuestra función cósmica fue servir de agentes de cambio entre una era geológica y la siguiente, una vez cumplida no habrá más utilidad para nosotros. Como todos esos aparatos electrónicos que no duran más que un par de años y después sale más barato comprar uno nuevo que mandarlo a componer, una vez que nos volvamos obsoletos iremos rápido a dar al basurero de la evolución.

Y todo esto sucedió porque se nos ocurrió que una cultura patriarcal, basada en el culto al poder y con un infinito sentido de apropiación, era lo que nos convenía. La cultura que nos creamos era el reflejo de todas nuestras inseguridades, fobias, terrores y asuntos no resueltos. Éramos demasiado inmaduros como especie, y nos quedó grande el paquete. Eso de pensar se convirtió en una terrible carga y la solución fue embarcarnos en una misión para dominar el mundo. Al no poder aceptar la vida en sus términos nos hicimos crueles y caprichosos y la violencia se convirtió en clave de nuestras relaciones interespecie y con el resto de la creación. Lo importante ya no era ser, sino poseer y acumular. La guerra así como toda clase de mecanismos de explotación y sojuzgamiento se hicieron institucionales. Inventamos el racismo y el clasismo como perfectas excusas sicológicas para justificarnos, y todo lo empezamos a ver en blanco y negro.

Nos salió lo machos, y el machismo se hizo prevalente. Obedecer servilmente al que está arriba y pisotear al que está abajo fue la nueva norma a medida que nos fuimos civilizando.
A lo largo de varios milenios experimentamos con toda clase de formas de gobierno e ideologías políticas y económicas, unas menos peores que otras, y la que se terminó imponiendo fue el sistema vigente que se ha propagado por la totalidad del planeta y es la conclusión lógica de un proceso que al parecer no podía haber terminado de otra manera. Estamos en la fase más virulenta como ya se hace evidente, a pesar de la enorme capacidad que tenemos para no percibir las consecuencias de nuestros actos individuales o colectivos.

El llamado capitalismo surgió en Europa hace tres o cuatro siglos, producto de la fantástica riqueza que empezó a llegar de las Américas. Como por arte de magia les cayó una fortuna que no se habían ganado, basada en la apropiación, imposición y genocidio, y les gustó; una vez que contemplaron las posibilidades decidieron que lo mejor era seguirlo haciendo y se lanzaron alegremente a invadir África, Asia, y donde pudieron poner pie, montándose un esquema perfecto en su simplicidad y eficacia, por el que podían seguir gozando de su situación de privilegio y acaparando la riqueza de todos esos lados.

A este sistema se le llamó capitalismo y a la versión más reciente se le ha dado por llamarla neoliberalismo, que consiste en que el capital se ha concentrado a tal punto que no puede tolerar ninguna restricción a su imperiosa necesidad de seguirse acumulando. Cualquier cosa que tenga que ver con derechos humanos, laborales, ambientales, o con el bien común, se neutraliza y elimina. La economía se ha vuelto un casino en que la consigna es hacerse rico de la noche a la mañana y qué importa lo que pase después. Los gobiernos son agentes del sistema y a la gente se le condiciona desde niños a ser pasivos y fácilmente manipulables.

Este sistema no tiene absolutamente ningún futuro: ya agotó todas sus posibilidades y nos está llevando a múltiples catástrofes. El sistema se ha convertido en una camisa de fuerza que literalmente nos tiene paralizados física y mentalmente; somos incapaces de visualizar ninguna alternativa como si ésta fuera la única realidad posible. Alternativas sobran, pero hay ciertos supuestos básicos en la forma como llevamos nuestros asuntos que tienen que cambiar.


Un tremendo complejo de existir

El proceso por el que nos fuimos civilizando fue una costra que terminó por cubrir nuestra conciencia y nos divorció física, emocional y espiritualmente del flujo de vida a nuestro alrededor. Eso de creernos el centro del universo y pináculo de la creación tuvo toda clase de consecuencias imprevistas que determinaron la evolución de homo sapiens hasta la situación en la que nos encontramos actualmente, en el vórtice de un ecocidio que se nos fue por completo de las manos y ha adquirido vida propia. Hubo algún mecanismo sicológico muy retorcido que nos llevó a perder nuestra humanidad en el proceso, y yo supongo que eso tiene que ver con la sombra junguiana y el abismo de odio, egoísmo, miedo, inseguridad, culpa, vergüenza  e instintos más primitivos que conforman nuestra vida no vivida. El civilizarnos no significó trascender esos instintos sino que simplemente los reprimimos, pero nos salen continuamente hasta por los poros.

Socialmente evolucionamos para vivir en grupos pequeños en los que todo mundo se conocía y se establecían relaciones personales entre cada miembro; a medida que la población aumentó y se concentró en aldeas y ciudades, rápidamente llegamos a un límite de la cantidad de individuos que podemos incorporar a nuestras vidas y el resto se convierte en una abstracción. Nunca hemos abandonado la mentalidad del clan; el problema es que dividimos al mundo entre nosotros y ellos, y proyectamos en el Otro la suma de nuestras frustraciones y resentimientos hacia la vida y le negamos la misma condición de ser humano. El Otro es cualquier persona que no sea como nosotros, que se vea diferente, hable un idioma distinto, no tenga mi cultura o cuyo color de piel no sea el mío.

Es tan fácil deshumanizar a las personas. Negarse a otorgarles el derecho a existir y ser como son; negarles también la capacidad de sufrir, sentir, pensar, opinar, decidir, y más bien en el momento que se hacen un estorbo los destruyo. Se convierten en objetos, como hemos convertido en objeto al resto del mundo orgánico e inorgánico en el que nos tocó vivir: si lo hacemos con todo lo que nos rodea, ¿por qué no lo íbamos a hacer entre nosotros?

Es por eso que desde aquellas primeras civilizaciones nos hicimos muy buenos para el genocidio. Homo sapiens civilitatis no tuvo respeto para otros de su misma especie y por gusto, deporte, placer estético o tan solo para desaburrirse se dedicó a matar a sus congéneres; de paso, apropiándose de sus tierras y bienes. El hombre civilizado necesitaba recursos y mano de obra barata que se podía obtener de donde fuera y los pueblos sojuzgados dejaban de ser humanos. Se les convertía en ganado y se vendían como esclavos, condición que era hereditaria y permanente. Guerra y esclavitud son inherentes al proyecto civilizatorio, y cientos de millones de personas han sufrido extrema violencia porque sus victimarios han sido incapaces de reconocer su humanidad.

La historia está repleta de toda clase de masacres a cual más grotesca. Como las montañas de cabezas que dejaban detrás de sí Gengis Khan, Tamerlán y tantos otros que no conocemos, o las plataformas sostenidas por la gente donde se subía el ejército Asirio aplastando a todos los que había debajo, o las hambrunas provocadas que mataban a millones de personas, como en India durante el Imperio Británico o la Unión Soviética de Stalin; o epidemias esparcidas intencionalmente, como los europeos hicieron en América con sus enfermedades. O los hornos crematorios, Hiroshima, Nagasaki y los misiles intercontinentales, así como los snipers disparándole a la gente o los que maniobran los drones que bombardean las bodas y funerales como si fuera un juego de vídeo. O como Pancho Villa cuando decía “mátenlos y después virigüen”, que es lo mismo que decían por otro lado: “Mátenlos a todos, dios reconocerá a los suyos”. Esto es, con el mayor desprecio hacia la vida ajena.

También es cierto que cuando no hay recursos suficientes para todos la gente se mata más fácilmente y la guerra y genocidio han sido métodos de reducción de población, provocados y manipulados por algunos que se otorgan más derecho de existir que otros, y ciertamente los privilegios a los que ya se acostumbraron no los sueltan. El género humano tiene al parecer un tremendo complejo de existir que nos sale por medio de la violencia, pero al deshumanizar al Otro perdemos nuestra propia humanidad.


La epifanía colectiva en nuestro futuro

A medida que nos fuimos civilizando las ínfulas que nos dimos se nos subieron a la cabeza y terminamos por desarrollar un fenomenal sentido de apropiación: todo se vale con tal de apropiarse. De poseer. A la gente civilizada le gustó el poder, y el culto del poder colectivo se convirtió en el eje definitorio de ese nuevo tipo de sociedad que surgió en las ciudades. Poder es la capacidad de hacer que la gente haga lo que YO considero conveniente que haga, y hay varias razones por las que eso puede suceder así. Una de ellas es porque tengo carisma y la gente acepta mi liderazgo y me sigue voluntariamente. Pero ya sabemos que ese carisma rápido se pierde y por eso se han inventado toda clase de esquemas para mantener a la masa enganchada por inercia. Con una creatividad asombrosa y sin dejar resquicio se elaboró una amplísima gama de sistemas de sometimiento, manipulación, condicionamiento y coerción para que las cosas fueran como fueran y siguieran estando como estaban. Es la masa la que da el poder y mientras más gente más poder.

Entonces ya comenzamos mal desde ahí. Algo se distorsionó en nuestra psique con ese asunto del poder, el control y la deshumanización: como que nos fuimos por la tangente y se tergiversó nuestra escala de valores. En realidad, los faraones no son dioses ni nadie tiene realmente el derecho de consumir por encima de lo que le corresponde, pero ya no lo empezamos a ver así. Las sociedades igualitarias más libres que había previamente a la civilización se estratificaron e hicieron rígidas, con códigos de leyes que regulan hasta el último aspecto de nuestra vida material y decretos divinos que se ocupan del aspecto espiritual. La variedad de dioses que nos hemos inventado también es amplia y de lo más folclórica. Nos hemos dado gusto inventando lo que se nos ha ocurrido y todo con el fin de tener bien controlada a la gente.

Entonces fue toda una camisa de fuerza en la que nos fuimos metiendo de manera inadvertida, o en la medida en la que se advertía se consideraba inevitable. Nos podemos adaptar a lo que sea, incluso a la destrucción de nuestro mundo, con tal de estar cómodos un ratito más.

Es impresionante la facilidad con la que una persona, grupo de personas o sociedades enteras que han sido sojuzgadas, oprimidas, perseguidas y explotadas desde siempre, en el momento que se hacen del poder se convierten a su vez en victimarios de otras personas que no tienen nada que ver con sus antiguos opresores. Es una necesidad de desquitarse con quien se pueda, liberando la rabia, frustración e impotencia acumuladas previamente. Como los traumas de nuestra infancia, cuando fuimos objeto de una situación de violencia o injusticia que no supimos asimilar y que después se nos olvidó pero se quedó ahí debajo de la alfombra, en lo profundo del subconsciente, pateando y removiéndose y buscando cada oportunidad para aflorar a la superficie. Las experiencias de nuestra infancia nos condicionan para toda la vida y de hecho la mayor parte de nuestros miedos, terrores, ansiedades, creencias, prejuicios y posturas, nos los transmitimos de generación en generación, perpetuando el condicionamiento a la cultura de la violencia que nos ha traído al borde del precipicio.

A veces sucede que se deshumaniza a una persona o grupo de personas de los que viven a nuestro alrededor y nos acostumbramos a verlas y tratarlas como si fueran ganado u objetos decorativos que están ahí simplemente en función de nuestras necesidades o caprichos; y también puede ocurrir que espontáneamente por alguna razón de repente descubrimos que no son objetos sino seres humanos como nosotros, y esta epifanía puede ser una verdadera sorpresa e incluso un shock. Los israelíes por ejemplo algún día se darán cuenta de que los palestinos comparten la humanidad y tienen los mismos derechos que ellos, así como los alemanes eventualmente se dieron cuenta que los judíos y gitanos a los que habían mandado a los hornos crematorios también eran humanos que deseaban seguir existiendo.

Llevamos miles de años de matarnos entre nosotros con las más banales justificaciones y para apropiarnos de lo que se pueda, mientras cometemos seppuku colectivo. Nos distraemos con nuestras guerras y tenemos las armas más sofisticadas para destruir mientras la crisis ambiental gana momento. Hay una epifanía colectiva en nuestro futuro, y más vale que nos llegue pronto, porque solo cooperando entre individuos, pueblos y naciones, y con una amplia medida de justicia social, podemos hacer lo mejor de una mala situación.


Los dos baúles

Va a tener que ser que si queremos sobrevivir como especie tendremos que aprender a pensar como especie. La capacidad destructiva que hemos desarrollado en tan poco tiempo es asombrosa y homo sapiens está armado hasta los dientes con un arsenal de armas de todo tipo, incluyendo químicas, biológicas y nucleares, y no ha dudado en utilizarlas cuando se ha presentado la ocasión. Nuestras tecnologías pueden hacer un serio daño en aquello que llamamos biósfera y que es todo lo que nos rodea; tenemos maquinaria pesada con la que realizamos prodigios inimaginables hace 200 o 300 años, y que hubieran parecido sobrenaturales. Un pequeño grupo de personas puede talar un bosque entero en cuestión de horas, y de hecho los bosques están desapareciendo por todos lados. Nos asfixiamos en nuestros propios desperdicios y la gente muere de enfermedades como cáncer o cardiovasculares que se han convertido en parte de nuestros estilos de vida.

Estamos en una situación en la que literalmente estamos acabando con todo porque necesitamos cada vez más recursos, mientras la población se duplica en cuarenta años y la salud de los ecosistemas se desvanece como por arte de magia. No hay rincón del planeta que no esté comprometido, desde los océanos hasta la atmósfera, de los microbios al clima, en todos los niveles y por donde sea que nos fijemos. Al mismo tiempo, estamos atrapados en un paradigma que insiste en que somos el centro de la creación y todo aquí está para nuestro uso y abuso, y en el que lo único que realmente importa es nuestro beneficio inmediato y personal. Nos hemos convencido que este arreglo es el mejor posible y puede durar indefinidamente, y lo llamamos progreso.

Este progreso se apoderó de nuestras vidas y el problema es que ya no lo podemos detener, tan encarrerado que va. Queremos llegar tan lejos como podamos, no más para ver lo que encontramos. La tecnología nos sedujo y nos hizo bajar la guardia; se nos adormeció el instinto de supervivencia y nos dedicamos a destruir el medio ambiente del que dependemos, lo que suele ser un error fatal. Nuestra inteligencia, al parecer, no nos sirvió para entender lo que tantas otras especies saben por instinto: que su vida depende de un entorno sano.

En algún momento tendremos que decidir que a estas alturas nuestra única opción es hacer un frente común y detener el sistema socio económico que nos hemos creado, porque por sí solo no se va a detener hasta que acabe con todo. El capitalismo es una bestia viciosa que se niega a irse, y se aferra hasta con las uñas cuando su tiempo de expiración pasó hace ya un buen rato y empieza a oler a podrido. La lógica del sistema es impecable: simplemente crecer y acumular. No será nada fácil detener este sistema, pero si de todas maneras se está cayendo en pedacitos quizás alcancemos a salvar algo.

¿Cómo se le hace para detener la maquinaria de la guerra? ¿Y si los billones de dólares que se gastan en armamento se utilizaran para otras cosas? Como mitigar el hambre en el mundo y llevar agua potable y salud pública a donde no se tiene; nadie necesita pasar hambre cuando la tercera parte de los alimentos que se producen se desperdician. Sí, estamos hablando de una distribución de la riqueza: es la única manera cómo podemos afrontar el predicamento en el que nos encontramos con un poco de gracia. Tanto la concentración de recursos por un lado como su escasez por otro, son factores determinantes de la crisis ambiental.

Ante la magnitud de los problemas que nos acosan hay varias respuestas posibles. La de la inercia nos lleva al fascismo, sociedades militarizadas y conflictos cada vez más cruentos, con riesgo de guerra mundial y terminal, mientras la riqueza y el poder se siguen concentrando hasta el último momento. Es un sistema patológico. O lo hacemos a un lado y lo mandamos al baúl de la historia, o será la historia la que nos rebase y nos mande al baúl de la extinción. Homo sapiens quizás pueda aprender a vivir de una manera sustentable, pero nos está costando mucho trabajo empezar a decidimos. Nos esperan cambios portentosos, y no es mucho el margen de maniobra que tenemos para poder aún hacer alguna diferencia.


Espejismos de todos los tamaños

Ya decidimos entonces que la humanidad en conjunto estamos actuando de manera bastante irresponsable, por ponerlo suavemente. Somos muy ingenuos y nos tragamos toda clase de cuentos con una facilidad  asombrosa. Como las indulgencias papales que vendía la iglesia de Roma en el siglo dieciséis, en las que cualquier pecado, crimen o desviación se negociaba en cuotas establecidas según lo grave de la falta. La absolución por un asesinato en lugar público se fijaba en 15 libras, o 4 sueldos, y si el asesino daba muerte a dos o más hombres, pagaría como si hubiese asesinado a uno solo, si liquidaba la cuenta el mismo día. Por matar a un hermano, hermana, madre o padre, se pagaban 17 libras o 5 sueldos. Un obispo o alto prelado salía más caro: 131 libras. El eclesiástico que cometiera un pecado carnal, con monjas, primas, sobrinas o ahijadas suyas, o en fin, con cualquiera mujer, sería absuelto con el pago de 67 libras; si el pecado de fornicación era contra natura con niños la cuota subía a 131 libras y si era con bestias a 219.

Y así por el estilo. La gente pagaba lo que fuera y se podía obtener el perdón por los pecados cometidos, o comprarlo anticipadamente para los pecados por cometer, a modo de licencia. Había indulgencias para disminuir diferentes períodos de tiempo del que se pasaría en el purgatorio antes de entrar al cielo, y con el dinero suficiente cualquiera tenía asegurada la salvación eterna. A los fieles les encantaba creer en estas cosas y había un comercio robusto de reliquias y objetos religiosos por las que se solían pagar grandes sumas de dinero. Pedazos de vestimentas y residuos corporales de los santos eran muy solicitados y existían suficientes trozos de la madera de la verdadera cruz donde fue crucificado Cristo como para construir un barco.

Cualquier lidercillo que tenga cierto carisma puede hacerle creer a sus seguidores lo que quiera y nada más porque lo dice él, como si ellos mismos no tuvieran el menor criterio. Por ejemplos no paramos; uno particularmente dramático fue el suicidio colectivo de más de 900 personas en Guyana en 1978, cuando su Mesías Jim Jones decidió que la muerte solo era el tránsito a otro nivel y que aquello no era un suicidio, sino un acto revolucionario.

Entonces tenemos por un lado toda variedad de creencias a cual más absurda, y por el otro a suficiente gente que está dispuesta a creerlas y a seguir como borregos el camino que les marcan. Esa es la tragedia de nuestra especie, la que nos está llevando hacia el abismo, desde que empezamos a congregarnos en súper enjambres diluyendo nuestra individualidad en la masa colectiva.

Cada época se hace sus propios mitos que generaciones posteriores contemplan con curiosidad y asombro de cómo podía la gente suponer que esas cosas fueran ciertas. Como los panteones repletos de dioses de egipcios y babilonios, griegos e hindús, aztecas, mayas y tantos otros; deidades que eran tan parecidas a nosotros y también se la pasaban peleando entre ellos todo el tiempo. Con las primeras civilizaciones surgió la institución de la guerra y hasta la fecha no hemos podido superar el fetichismo que hacemos de las armas. Nuestros dioses actualmente son el dinero, el progreso y la tecnología, a los que otorgamos las mismas cualidades sobrenaturales que en algún momento se daban a las bulas papales. Al Dinero le sacrificamos el planeta entero, el Progreso es el sentido de la sociedad y es imparable, y la Tecnología es la que nos va a sacar de todos nuestros problemas. Por supuesto que esto es puro pensamiento mágico y dentro de mil años a nuestros descendientes (los que queden) les será difícil concebir que nosotros hayamos podido basar nuestras vidas y sellado nuestro destino bajo esas premisas.

La sociedad que nos hemos creado es una inmensa villa Potemkin como esas que se construían en Rusia para que la zarina Catalina se llevara una buena impresión de sus dominios, y que presentaban un aspecto idílico cuando en realidad no era más que la pura fachada de las casas en bastidores desmontables que se volvían a utilizar a lo largo del camino; la zarina regresaba a la corte convencida de que las políticas eran correctas y llevaban bienestar al pueblo mientras la gente se estaba muriendo de hambre.

Pues sí, nos inventamos espejismos de todos los tamaños y lo único que pedimos es que la realidad no intruya y nos eche a perder el momento, tan cómodo que es seguir viviendo en la ilusión.


La violencia en la que nos cocinamos

Hay personas que ven la realidad por detrás del espejo y no se dejan engañar tan fácilmente, y los llamamos profetas y visionarios. Se dan cuenta de cómo está la situación y perciben que la sociedad en la que viven, en la que han nacido y que es la única que conocen no es la totalidad de las cosas, sino que la vida es más amplia y tiene sus propios caminos independientes de los nuestros.

Perciben también que nuestra manera de hacer las cosas quizás no sea la más apropiada y hay cambios que definitivamente valdría la pena implementar antes de que la realidad nos los imponga, y eso se lo tratan de comunicar al resto de la gente, que por lo general no va a entender muy bien de lo que les hablan y no verá la necesidad de modificar sus maneras y estilos de vida nada más porque algún fulano se los dice. La masa lo va a ignorar pero habrá algunos que presten atención a sus palabras y se conviertan en sus seguidores o sus detractores. Si su voz tiene eco y muchos lo empiezan a escuchar inevitablemente chocará con intereses creados, ya que la sociedad está estructurada alrededor de intereses que se fueron formando quién sabe cómo pero de repente están ahí y ya no los quitas; tienen tendencias a eternizarse y se defienden hasta con las uñas haciendo lo que se tenga que hacer para mantenerse.

Por eso a muchos visionarios y activistas les va como en feria; en la medida en que el sistema los perciba como una amenaza se va a mover para neutralizarlos. A Martin Luther King lo mataron en 1968 por andarle diciendo sus verdades al Poder, que ya estaba fastidiado que este señor existiera. Un negro diciéndole a los blancos que las enfermedades de la pobreza, racismo y militarismo, eran formas de violencia que existían en un círculo vicioso y de cómo el gobierno de Estados Unidos era el mayor proveedor de violencia en el mundo. “No es suficiente con tan solo hablar sobre la guerra y la paz; la opción ya no es entre la violencia y la no-violencia, sino entre la no-violencia y la no-existencia.” Esto lo dijo en un sermón la noche antes de su muerte.

Ha pasado medio siglo y la espiral de la violencia se ha acelerado. La economía global depende de un estado permanente de guerra y el aparato militar mueve billones de dólares. La lucha por mercados y recursos se intensifica; poderosas corporaciones desesperadas por crecer perpetuamente avanzan arrasando todo a su paso creando conflictos y tremendas desigualdades sociales a medida que la riqueza se concentra al punto de ruptura. Al mismo tiempo la población se multiplica exponencialmente y buena parte de ella se ha visto afectada por la patología del consumismo, en la que cada quien pone de su parte para que el sistema depredador siga avanzando.

La guerra es un excelente negocio y genera enormes beneficios para los que saben encontrarle el modo, y por eso si no las hay se inventan. Aquí se aprovechan de la belicosidad natural de la gente y de lo fácil que es convencerlos de que les conviene irse a matar o morir para defender los intereses de otros. Cada pequeña o grande guerra que hay por ahí produce millones de muertos, refugiados y otros daños colaterales y estos niveles de violencia de alguna manera se ven ya como lo normal. Sale en las noticias pero entre tantas otras preocupaciones no prestamos demasiada atención. Todo mundo que puede se arma hasta los dientes y tenemos la tecnología para provocar un invierno nuclear alterando dramáticamente las condiciones de vida en la totalidad del planeta. Y por si fuera poco tenemos también un cambio climático y una crisis ambiental a la vuelta de la esquina.

Por donde le veamos la situación es preocupante. La opción entre la no-violencia y la no-existencia de la que nos hablaba Luther King se ha hecho solo más urgente y puede ser que hayamos atravesado el Rubicón y la suerte esté echada. Le bajamos a esa violencia en la que nos estamos cocinando o nos espera un futuro muy no de nuestro agrado. A estas alturas la única manera de evitar un suicidio colectivo por sobredosis de violencia es eliminando por completo el factor lucro en nuestras relaciones interespecie, por utópico que suene.


miércoles, 3 de octubre de 2018

Un futuro disfuncional



por David Cañedo Escárcega

El futuro es local
Lo que sí ya sabemos es que el futuro es local. Esas redes globales de producción y distribución de mercancía y alimentos de las que dependemos por completo se irán haciendo disfuncionales y en algún momento se desvanecerán en el aire. Esto puede suceder muy rápido, como en el caso de una guerra. La situación estando como está, con recursos cada vez más escasos para una población creciendo exponencialmente; un imperio desbocado que está convencido de salir victorioso en un intercambio nuclear y que insiste en imponer su voluntad a otras naciones que tienen la capacidad de responder a sus provocaciones; un sistema económico que no reconoce límites e insiste en crecer y devorar todo a su paso; una élite supranacional que se cree la dueña del planeta y se va a aferrar hasta con las uñas al orden establecido; y si sumamos a esto la irracionalidad de los tiempos en que vivimos, el nihilismo que nos atrapó colectivamente y la fascinación con la que avanzamos a nuestro destino, pues sí, es posible suponer que habrá conflictos, y algunos de estos se pueden poner feos.
Hay gente muy loca que no le importaría desatar una catástrofe nuclear “contenida” con tres o cinco mil millones de muertos, que de todas maneras a quién le importan, mientras ellos ven el espectáculo desde la seguridad de sus bunkers. Esperemos que no llegue a eso; que haya a tiempo una reacción de cordura y a la gente que decide y tiene la capacidad de hacer esas guerras las recluyan en un asilo de sicópatas viciosos que es donde pertenecen.
En cualquier caso, la situación es inestable. La verdad desnuda y simple es que el petróleo es el combustible de nuestra civilización y en el momento que la producción no pueda satisfacer a la demanda y empiece a escasear van a cambiar muchas de las cosas a las que estamos acostumbrados. Organismos gigantescos e ineficientes se harán obsoletos y estorbosos; eso incluye a la nación estado y grandes corporaciones, que no pueden funcionar sin dosis masivas de energía; el comercio globalizado y turismo internacional se irán haciendo vestigios del pasado y a medida que la crisis avance industria tras industria caerán como fichas de dominó.
Imaginemos que empieza a haber desempleo en serio. La economía no puede seguir creciendo al ritmo en el que aumenta la población y cada año hay cientos de miles de graduados de toda clase de universidades, desde las top class hasta las patito, y no hay trabajo para todos. Varios de mis ex alumnos de bachillerato que ahora son pasantes o licenciados no encuentran chamba de lo que estudiaron y terminan trabajando de lo que sea. Esto siempre ha sido así, pero como que se empieza a notar más. Hay carreras que están saturadas o que pertenecen a una economía que ya se va.
Yo les digo a mis alumnos de ecología que las carreras del futuro son cualquier cosa relacionada con el medio ambiente: la crisis ambiental no se va a ir a ningún lado como estamos empezando a darnos cuenta, y todo aquello que tenga que ver con producción orgánica de alimentos, energías alternativas, aprovechamiento racional y sustentable de riquezas naturales, conservación de fauna y flora, y que tengan una visión hacia una sociedad en la que el consumo de energía en conjunto y per cápita será sustancialmente menor y la necesidad de proteger el medio ambiente mayor, tendrá auge en esta etapa de transición a la que nos acercamos. Si no quieren estudiar una carrera que aprendan un oficio; hay algunos que les podrán ser más útiles que diplomas que solo sirven para colgarlos en la sala.
El caso es que el futuro es local. Tendremos que arreglárnoslas con lo que tenemos a la mano y en algún momento también nos daremos cuenta que la cooperación tiene mayor probabilidad de supervivencia que la competencia y el conflicto; las comunidades que se sepan organizar y hacerse autosuficientes en la medida que puedan hacerlo serán el modelo que moverán a las demás. En las ciudades, será en barrios y cuadras donde se produzcan alimentos y energía y a algunos les irá mejor que a otros.
Fue el excedente de alimentos el que permitió el desarrollo de eso que llamamos “civilización”. Cuando deja de haber ese excedente el edificio se desquebraja y tendemos a regresar a estructuras más pequeñas y tribales que de hecho son para las que evolucionamos.

El destino de los anasazi
Las fisuras del sistema se hacen aparentes. Social, económica, cultural, ambiental o espiritualmente, la situación se ha vuelto interesante. Como en la maldición china: que vivas en tiempos interesantes; pues son los que nos tocaron. La concentración extrema de riqueza a la que hemos llegado, en la que un puñado de personas posee más que la masa de la población en conjunto, la cual por cierto no deja de crecer y es incapaz de estabilizarse; con recursos que ya no son tan abundantes como solían serlo y de los que la dependencia es absoluta y de hecho va en aumento; y con élites completamente divorciadas de la realidad incapaces de descender de la nube allá arriba donde viven; son todas éstas claras señales de que algo no funciona y el castillo de naipes empieza a tambalearse.
Sucedió con los anasazi del cañón del Chaco, en el actual Nuevo México. La tribu se infectó con el virus de la jerarquía, y a diferencia de otros pueblos de por aquel rincón del mundo que aprendieron a vivir de manera más igualitaria y con respeto al mundo al que pertenecían, éstos se clavaron en el rollo del poder concentrado y terminaron siguiendo el guión desde el principio hasta el final, como tantas otras civilizaciones.
La suya fue de las más sofisticadas de Norteamérica en su momento, con entre 10,000 y 20,000 aldeas agrícolas y docenas de ciudades espectaculares, con edificios de hasta cinco pisos de altura y cientos de habitaciones, que fueron las mayores construcciones en América del Norte hasta tiempos muy recientes, cuando se empezaron a construir los rascacielos de acero. Tenían una red de 650 kilómetros de caminos de entre 3.5 y 9 metros de ancho, bien trazados y mantenidos, para comunicarse y traer los árboles que necesitaban para sus construcciones. La demanda de madera era insaciable y la tenían que traer de distancias cada vez mayores. Acabaron con los bosques de una amplia región lo que provocó un cambio en el régimen de lluvias y sequías recurrentes. La población creciendo y la tierra que ya no rendía, eso degeneró muy rápido y todo el aparato social y cultural que armaron durante siglos se desmoronó en unas pocas décadas.
La respuesta de la élite a la crisis fue meterle al acelerador y acabar con todo. Al principio se pensó que el malestar social era reflejo de la economía y tan solo era cuestión de “revitalizarla”. La fórmula fue más caminos, más rituales y más casas. Justo antes del colapso se clavaron en un frenesí de construcción con los edificios más grandiosos, y tenían que ir por la madera a bosques lejanos. En esta sociedad estratificada la suerte del campesino era trabajar duro y el producto de su esfuerzo se iba en su mayor parte como tributo o impuestos. La clase dominante estaba mejor alimentada y medía en promedio cinco centímetros de altura más que el pueblo, y con una tasa de mortalidad infantil tres veces menor.
Todo un esquema que se habían montado entonces, y que les permitía a unos vivir bien y a otros irla mal pasando; todo esto por supuesto se sostenía por medio del pensamiento mágico y la creencia en dioses, ordenes establecidos y destinos manifiestos, con rituales elaborados y cultos de personalidad. Para mantener un estado de las cosas en que unos pocos viven del esfuerzo de los demás también se necesita de coerción, y así es como surgen castas guerreras y militares que se encargan de que el estatus se mantenga.
Y pues sí, cantidad de otras veces que ha sucedido. Una situación como estas se sigue por inercia, porque todo mundo se acomoda o se resigna, o porque las cosas son como son y para qué buscarle. Los anasazi se dejaron seducir por la ilusión del poder y al parecer no se dieron cuenta que socavaban las bases de su propio modus vivendi. ¿Qué pensaban cuando acabaron con todos esos bosques, que hasta la fecha 800 años después no han podido regenerarse? Seguramente hubo algunos que se dieron cuenta que ya no llovía igual que antes y lo conectaron con la tala de árboles, pero nadie les hizo el menor caso. Les agarró la fiebre del crecimiento y la seducción de creerse dueños de su propio destino, y se hicieron vulnerables. Al final cayeron por su propio peso.
Justo lo que sucede actualmente.

A medida que la riqueza se concentra
La clase pudiente está aterrorizada de cualquier cosa que le suene a populista y que implique en lo más mínimo una repartición de la riqueza que tanto le costó ganar y ¿por qué la tenemos que compartir con esa bola de zánganos? A los líderes de cualquier parte del mundo que no lo entienden e insisten en hablar e implementar políticas que afecten a sus intereses rápidamente se les pone en su lugar. Se les demoniza, ridiculiza, se les mete al bote como a Lula en Brasil, se les roban las elecciones, se les arman golpes de estado o los asesinan.
Hay que ver el disgusto que tiene esta gente por el hecho de que algún candidato esté diciendo que va a regalar dinero a los pobres estableciendo programas de asistencia social y aumentando los impuestos que pagan los ricos. Bueno, independientemente de lo difícil que es llevarlas a la práctica, en realidad propuestas como estas merecen toda nuestra consideración. La situación social no puede sino seguirse deteriorando y hay varias crisis en el horizonte. Y si quieres suavizar un poco el trancazo hay que tener a la gente tranquila.
Aquí por ejemplo en el pueblo donde vivo la mayor parte de los chavos que van a la escuela tienen beca. Eso incluye a las dos universidades que hay por el rumbo. También están los setenta y más, las despensas, y lo que sea. Que la gente no se muera de hambre.
Denle su dinero a los ninis, y ¿qué con eso? En otros lados ya están manejando el concepto de ingreso básico garantizado a todo mundo aunque no trabajen. Es la solución a cantidad de problemas sociales, tomando en cuenta que el sistema entero se está cayendo en pedacitos. Por supuesto que una política como estas da pauta a abusos y mucho depende de la manera como se implemente, pero para la mayor parte de los beneficiados esa ayuda económica va a hacer la diferencia entre irla pasando y aguantando o estarse de plano muriendo de hambre y pensando en armar disturbios.
La clase pudiente que no lo ve de esta manera y es aparentemente incapaz de soltar ni las migajas debería de entender que es de beneficio para todo mundo que la riqueza esté un poco mejor repartida, incluso para ellos mismos.
Entonces por un lado tenemos un futuro distópico en el que la riqueza se sigue concentrando de manera inevitable y los intereses se atrincheran detrás de barreras infranqueables al tiempo que las contradicciones del sistema explotan en conflictos feroces por mercados y recursos que disminuyen. Ya lo estamos viendo con todas estas guerras sectarias, conflictos étnicos, intervenciones “humanitarias” e invasiones. Las potencias ya se posicionaron y por el momento están peleando sus guerras proxy en Siria, Ucrania, Asia Central y Medio Oriente, pero ninguna va a ceder un ápice; hay una nación, o grupo de poder, empeñada en imponer su voluntad al resto del planeta, y hay otras naciones que no se dejan y ya no le temen. La situación internacional es compleja y delicada pero se reduce a la cuestión de los recursos y mercados.
Dentro de cada nación los extremos de riqueza y pobreza también se han acentuado y a medida que las tajadas del pastel se hacen más pequeñas y ya no alcanza para todos, algunas personas empezaran a mostrar su descontento de diferentes formas, y no podemos descartar escenarios de guerrilla urbana en megalópolis rodeadas de cinturones de miseria donde viven millones de personas. En Estados Unidos en particular donde todo mundo tiene armas en sus casas y los veteranos de las guerras llegan luego muy dañados e incapaces de adaptarse, podría suceder que fueran ellos mismos los que organizaran una insurgencia, y de algo les servirían los conocimientos de táctica y estrategia que adquirieron en el campo de batalla. En México y otros países, son mafias, carteles y paramilitares las que dirigen el show.
En fin, toda clase de escenarios a cual más sombrío, y lo que todos tienen en común es que la riqueza se concentra inexorablemente a medida que recursos críticos se hacen escasos. Lo mismo sucedió con los anasazi, mayas, Roma, Sumeria, olmecas, Khmer, el que se nos ocurra. Todos siguieron el guión a la perfección. Nosotros también, y vamos a llegar al mismo punto a donde ellos llegaron. Todavía hay algunos que insisten en que esta vez “las cosas son diferente”. Pues sí, y la diferencia sería tan solo la escala que ahora manejamos.

Hacia una elusiva sustentabilidad

En este futuro disfuncional que estamos elaborando, en algún momento nos daremos cuenta que la degradación ambiental, el cambio climático, la contaminación, deforestación, extinción masiva de especies, pérdida de biodiversidad, alteraciones en los ciclos del agua, carbono, nitrógeno y fósforo, y otras gracias más de las que nos hemos encargado, son reales y existen en el mundo real, no nada más en los noticieros y a través de la información mediatizada por la que nos enteramos de lo que sucede allá afuera, si es que nos enteramos.
Por supuesto nos daremos cuenta solo cuando nos empiece a afectar personalmente; tenemos una capacidad impresionante para vivir, adaptarnos y desarrollarnos en un estado de profunda negación de la realidad y cada uno de nosotros nos vamos a aferrar hasta el último momento a la noción de que el mundo tal como lo conocemos continuará indefinidamente mientras seguimos progresando. Las sequías en Siria, los ciclones del Caribe, el monzón en Bangladesh, los incendios en California, las hambrunas en Sudán y los millones de refugiados climáticos que ya existen son abstracciones que le suceden a otra gente pero no a mí. Ni siquiera los bochornos que ya se sienten y que no se sentían hace 15 o 20 años nos van a sacar de nuestro estado de complacencia. Esos bochornos por cierto podemos suponer que de aquí a otros 15 o 20 años sean más intensos y duraderos. Después viene la época de lluvias y se nos olvida, pero el planeta efectivamente se está calentando, y rápido.
Y pues inevitablemente terminaremos por asimilar la idea que estamos en una situación que no se había previsto y que no podemos seguir ignorando. No nos vaya a pasar como les pasó en Cuba durante el período especial cuando se quedaron colgados de la brocha y tuvieron que ponerse a sembrar hortalizas hasta en el último resquicio. Escenarios donde crisis alimentarias ocurren espontánea e imprevisiblemente en diversos rincones del país y del planeta deben de ser contemplados, y más asumiendo que cualquier medida que se tome para mitigar una situación así lleva años y décadas en implementarse y producir fruto.
No es nada fácil hacerse autosuficiente en alimentos.  Aquí en México la población aumenta millón y medio al año e importamos la mitad de lo que comemos. No es seguro que pudiéramos trascender esa dependencia incluso si lo quisiéramos y como sociedad en conjunto nos lo propusiéramos. Menos cuando no existe la voluntad política ni presión social para moverse en esa dirección. Además, por supuesto, hay enormes intereses de por medio que son los que deciden las políticas oficiales y tienen a su gente en los cargos públicos. México, como muchos otros países, está atrapado en la órbita de las corporaciones y este hueso no lo sueltan. Controla los alimentos y controlas a la gente. Es cuestión de poder y dinero y de una agenda que insiste en esa cuestión del control.
Así, implementan sus tratados de libre comercio que han llevado a millones de campesinos a abandonar sus tierras, en un esfuerzo concertado para acabar con la agricultura tradicional. Empresas como Monsanto que ya se fusionó en Bayer nos enjaretan sus semillas terminator, pesticidas y granos transgénicos; otras empresas de apropian del agua y de mantos acuíferos: el agrobusiness vino para instalarse y no se va a ir a ningún lado.
Bueno, hasta que no se caiga por su propio peso, dejando detrás un desastre ambiental con tierras estériles saturadas en glifosato y otros venenos, y poblaciones de insectos que han descendido entre 50 y 80 por ciento a nivel mundial. Eso es lo que nos deja la agricultura industrial, y cuanto antes terminemos con ella mejor será para el resto de los seres vivos que habitamos este planeta y que no somos accionistas de esas empresas.
Eso sí, son muy buenos en relaciones públicas, manipular opiniones y crear consensos, y han montado todo un teatro para imponerse y parecer indispensables, pero no es más que un esquema. En realidad, ya va siendo hora de hacerlos completamente a un lado y desarrollar alternativas que promuevan la producción local y orgánica de alimentos en busca de esa elusiva sustentabilidad.

lunes, 1 de octubre de 2018

La ciudad como fenómeno



por David Cañedo Escárcega

La civilización es una cosa de la ciudad
La civilización son los estilos de vida que se forjaron en la ciudad, donde la población ya no tuvo que dedicarse a la producción de alimentos y otras labores del campo, sino que encontró toda clase de especializaciones a cual más sofisticadas. Artesanos, comerciantes, sacerdotes, militares, gobernantes, burócratas, administradores, artistas, científicos, educadores, sirvientes, esclavos… cada nueva ocupación que surgía era un nicho en el ecosistema cumpliendo funciones específicas y formando parte de un gran entramado en el que cada rol era importante y el todo era más que la suma de sus partes.
La cantidad de gente que podía vivir en una ciudad era una función directa de la producción local de alimentos o de la que se podía procurar de otros lados de acuerdo a la tecnología de transporte de la época. Durante la mayor parte de los últimos diez mil años desde que empezaron a surgir los primeros asentamientos permanentes de cierto tamaño, la proporción de gente que vivía en el campo y trabajaba la tierra (los campesinos) era abrumadoramente mayor que la que vivía en una ciudad (los ciudadanos); quizás tan solo un diez o quince por ciento de la población total de una región era urbana.
A pesar de esto las ciudades se convirtieron en centros de poder donde se concentraba la riqueza que se generaba y se tomaban decisiones que afectaban la vida de personas que vivían a cientos o miles de kilómetros de distancia. Ahí era adónde iban a parar los impuestos, se promulgaban leyes y decretos, se organizaban guerras, y donde se conformaba el consenso de lo que era posible hacer, creer y comportarse en la sociedad en conjunto. Para desarrollar todo aquello que se llama cultura se necesitaban toda clase de recursos que había que traer de cada vez más lejos, y para la población rural que era la que trabajaba la tierra y finalmente mantenía todo ese aparato, esto podía llegar a ser una carga muy pesaba. Eventualmente había disrupciones en el suministro de los recursos y la vida en las ciudades podía hacerse muy difícil.
Desde el punto de vista ambiental, o del planeta tierra, las ciudades son entes básicamente parasitarios de su entorno. Son las colmenas de los seres gregarios que somos nosotros, y chupan las energías vivas de enormes áreas a su alrededor. Mientras más grande la ciudad, más grande su impacto por supuesto y las monstruosas megalópolis de ahora son como agujeros negros de recursos. Darle de comer a una ciudad de un millón de habitantes no es nada fácil, y de diez o veinte millones menos. La comida tiene que venir de muy lejos y cada producto que se compra en la tienda recorre cientos o miles de kilómetros para llegar ahí. Las regiones donde se producen esos alimentos quedan saturadas de pesticidas y agentes tóxicos y la tierra fértil desaparece.
El agua también se tiene que llevar de muy lejos y ríos enteros son desviados hacia los centros de población. Una ciudad en el desierto como Las Vegas con sus casinos, albercas y campos de golf se acaba prácticamente el agua del río Colorado afectando la región entera por donde solía pasar y tener una presencia. A cantidad de ciudades en todo el mundo ya no les alcanza el agua por más que se apropien de toda la que puedan. La cantidad de energía que una ciudad consume plantea sus propias problemáticas, y hay que construir presas inmensas que a su manera también acaban con su entorno o centrales termoeléctricas que van a seguir produciendo gases hasta que la temperatura global aumente otros varios grados.
A cambio de la cantidad de recursos que una ciudad devora, produce montañas de desperdicios y contaminación de todo tipo. Las megalópolis son las excrecencias del sistema y crecen como tumores por lo que antes era un organismo sano. En 1960 había 111 ciudades con más de un millón de habitantes en todo el mundo; ahora hay más de 500. En 1950 siete ciudades pasaban de cinco millones de habitantes; en 2017 eran 85. En 1975 solo Tokio, Nueva York y la ciudad de México sobrepasaban los diez millones; ahora son 37 áreas metropolitanas las que lo hacen. Cada día 75,000 personas emigran a alguna ciudad y actualmente más de la mitad de la población mundial vive en ciudades que no son ni pueden ser sustentables y cuyos problemas tenderán a exacerbarse en las próximas décadas. La civilización es una cosa de la ciudad; y,  ¿si la ciudad falla?

Ciudades que han fallado
Es fácil echar a volar la imaginación cuando se encuentra uno ante las ruinas de alguna ciudad que en su momento fue importante, con incontables vidas que pasaron por sus calles y que amaron, sufrieron y construyeron todo un entramado de relaciones y pasiones. Esa ciudad surgió, creció y llegó a un punto de máxima complejidad, y así como tuvo su momento se le fue y por alguna razón perdió la cohesión y razón de ser hasta terminar siendo abandonada porque simplemente ya no era posible seguir viviendo ahí. Sucedió con Teotihuacán, que con un cuarto de millón de personas fue la ciudad más grande y poblada de América allá por los siglos 5 y 6 y hasta tiempos muy recientes no fue rebasada en tamaño. Le tiraron demasiado alto; la ciudad creció muy por encima de la capacidad portativa del ecosistema y acabaron con todos los árboles del área. La creciente escasez de recursos provocó una crisis social y política y el asunto terminó en un caos de guerras civiles e invasiones bárbaras. Cuando los aztecas pasaron por el rumbo, 600 años después del drama, quedaron tan impresionados de la arquitectura monumental que la llamaron el lugar donde se reúnen los dioses.
Chang’an, capital de la dinastía T’ang en China, fue la ciudad más grande del mundo del año 600 al 900, con un millón de personas viviendo dentro de las murallas y otro millón extramuros. Mayor que Bagdad o Constantinopla, las otras grandes urbes de su tiempo, la ciudad era una maravilla de planeación urbana, con avenidas anchas que medían kilómetros de largo, palacios, templos, barrios residenciales y populares, parques y mercados donde llegaban las caravanas que venían de todos los rincones de Asia a ofrecer sus mercancías. De todo eso no queda nada. La ciudad fue invadida e incendiada y como la arquitectura tradicional china está hecha en madera no fue mucho lo que quedó.
Angkor, en Cambodia, se extendía cerca de mil kilómetros cuadrados, el centro ceremonial más grande que ha habido, con 750,000 personas en su máxima expansión en el siglo 13. Algo sucedió después, el lugar se hizo inhabitable y terminó siendo tragado por la selva.
Entonces hay una tendencia en estos entes a crecer muy rápido y fuera de toda proporción. Esto no sucedía con todas las ciudades; de hecho a lo largo de la historia la mayor parte de ellas tendía a crecer lentamente y mantener poblaciones estables por largos períodos. Era el destino el que hacía que algunos centros de población adquirieran importancia, y se convertían en emporios comerciales o capitales de imperios. Ocurre un fenómeno curioso en aquellas grandes ciudades que han tendido a colapsarse. El momento de mayor auge y esplendor, cuando la sociedad está llena de energía y creatividad y rebosa de actividad, cuando parece que todo va viento en popa y la bonanza se convierte en lo normal, puede durar un poco más tiempo o un poco menos, hasta que es sacudido por perturbaciones que al parecer nadie había visto venir, o a los que lo hicieron nadie les hizo el menor caso. Hay un máximo nivel de complejidad que cada sociedad puede manejar, que depende por supuesto de los recursos disponibles, y una vez que se pasa por el borde ya no hay marcha atrás. La disolución puede venir muy rápido, en el transcurso de una sola vida, como sucedió con los centros ceremoniales mayas que se vaciaron en unas pocas décadas.
El momento de mayor auge de una sociedad solo se reconoce en perspectiva. La gente que lo vive tiene sus propias preocupaciones y no se pone a pensar mucho en el momento histórico que vive o en causas y consecuencias. Tan solo hace lo que tiene que hacer y se sigue por inercia, y eventos lógicos pero inesperados los toman por completo de sorpresa.
Actualmente vemos el fenómeno de la urbanización masiva; el 60 por ciento de la población mundial vive en ciudades y la proporción va en aumento. Prácticamente no hay ciudad en el planeta que no haya doblado o triplicado su población en los últimos 50 o 100 años, y para algunas el crecimiento ha sido exponencial. Muchas han sido desbordadas en su capacidad de atender servicios básicos y están rodeadas por cinturones de miseria. Extremos de riqueza y de pobreza coexisten precariamente en ambientes cada vez más enrarecidos; es posible suponer que algunos de estos centros urbanos fallaran catastróficamente como ha sucedido en tantas otras ocasiones anteriormente.



La anormalidad de las ciudades
Soy chilango, nacido y criado en la ciudad de México. Cuando era muchacho, en la década de los setentas, la ciudad me parecía inmensa; ya pasaba de los diez millones de habitantes y crecía a un ritmo acelerado. La población de la ciudad se disparó después de la revolución, pasó del millón de habitantes en los 1930’s, de los cinco millones en los sesentas, y no había manera de detenerla. Era como un inmenso imán que jalaba gente de todos lados y avanzaba devorando todo a su paso. Recuerdo rumbos del sur de la ciudad donde iba a pasear en bicicleta; era campo abierto con algunas calles que se empezaban a trazar. Muy rápido se convirtieron en colonias, el tráfico se hizo omnipresente y la realidad se transformó en un abrir y cerrar de ojos. Quién sabe de dónde salía tanta gente, pero con eso de que durante la mayor parte del siglo pasado el consenso social apoyado por la política oficial era tener todos los hijos que dios nos mande, las familias con 6, 8, 10 o más vástagos eran lo normal. Se veía al crecimiento poblacional como parte fundamental del gran proyecto del progreso y desarrollo nacional: teníamos que convertirnos en un país moderno, y todos teníamos que poner de nuestra parte.
La ciudad explotó y se desbordó por doquier. Recuerdo que en los ochentas se pensaba que para principios del milenio rebasaría los treinta millones de habitantes y sería la ciudad más grande del mundo. No estábamos muy seguros de si eso era motivo de orgullo o no, pero para entonces ya era claro que la ciudad era una cloaca. Afortunadamente en algún momento el crecimiento empezó a frenarse y la población se estabilizó alrededor de los 25 millones que tiene ahora.
La mayor parte de los chilangos somos de segunda o tercera generación, y nuestros papás o abuelos provienen de todos los rincones de provincia. Después del terremoto del 85 hubo muchos que decidieron que esa era la señal que necesitaban y decidieron regresar a su terruño. No es fácil escaparse de la ciudad y esa fue la ocasión perfecta.
Y pues por el lado que lo veamos una ciudad de ese tamaño es una anormalidad, una perturbación en el continuo espacio-tiempo. Las megalópolis surgieron el siglo pasado y van a perecer en éste, brevísimas curiosidades históricas de lo que sucede cuando una especie se abalanza sobre fuentes nuevas de energía y las consume de inmediato, en menos tiempo de lo que le lleva darse cuenta que se ha hecho completamente dependiente de esa energía y prepararse para el inevitable momento en que se agote. Las mega ciudades surgieron como hongos después de la lluvia en la era del petróleo barato, pero esos hongos no duran mucho y después de pocos días cuando sale el sol muy rápido se marchitan.
En el escenario de una crisis energética porque la producción de petróleo ya no puede satisfacer a la demanda, las grandes ciudades, como centros neurálgicos y cajas de resonancia donde convergen todas las tendencias, resentirán muy pronto los efectos del trancazo. Hace diez años cuando sucedió el brote de fiebre porcina en Veracruz, que fue muy localizado y rápidamente se contuvo, pero que implicó el cierre de todos los espacios públicos durante un par de semanas, en seguida se sintieron los efectos en la economía. Cuando la disrupción sea mayor y permanente, es difícil imaginarse la complejidad de situaciones que se pueden llegar a presentar. La vida en la ciudad se puede hacer muy difícil y muy rápido, con incrementos en niveles de estrés y violencia, deterioro económico generalizado y brotes de descontento popular.
Esto ya lo saben los amos que dirigen nuestros destinos y se han preparado al respecto. Efectivamente, ya se armaron hasta los dientes y al país lo han convertido en un estado policiaco, con células de granaderos y retenes por todos lados. Ya están contemplando esos disturbios y en lugar de ver la imagen más amplia se aferran a un orden de las cosas que se está cayendo en pedacitos.
Las ciudades tienen un papel que jugar en la etapa de transición hacia una sociedad más evolucionada pero se tendrán que reducir a una escala manejable. Así como están actualmente, esas megalópolis son aberraciones contra natura, disonancias en el flujo, extremadamente ineficientes en el aprovechamiento de recursos otrora abundantes e incapaces de regenerarse.


El abismo de la especie humana
Fue la presión poblacional la que hizo que la gente progresivamente fuera abandonando el estilo de vida nomadico o seminomadico, como habían vivido durante miles y cientos de miles de años desde que surgimos de la noche de los tiempos, e hicieran de sus asentamientos temporales residencias permanentes. La agricultura implicaba un mayor tiempo y esfuerzo para obtener los alimentos que la caza y recolección, pero estos necesitaban mucho más terreno. A medida que el espacio se hizo insuficiente y ya no había suficientes animales para cazar o frutos que recolectar para sostener a una población creciente, se tuvieron que sedentarizar y trabajar la tierra, que a fin de cuentas producía más alimentos por superficie.
Y aquí sucedió que alguien dijo, “¿Saben qué?, a partir de ahora de ahí para acá es mío y nadie puede entrar aquí.” Y los demás se lo creyeron. Es lo mismo que ocurre con cualquier recurso que cuando es abundante es de todos y no es de nadie, pero cuando se hace escaso la gente se lo apropia. Con el espacio físico sucedió lo mismo; para los grupos humanos que durante eones vagaron por el mundo, el concepto de poseer la tierra les resultaría extraño y absurdo: ¿para qué poseer un pedazo de tierra cuando todo el planeta está ahí enfrente a tu disposición? Pero fue cuando el terreno ya no alcanzó para todos que los clanes y tribus se instalaron en los mejores territorios que pudieron encontrar y cada individuo se terminó apropiando de la mejor parcela que pudo conseguir, y así se originó la propiedad privada.
Y surgieron aldeas que eran como clanes grandes en los que la mayoría de la gente se dedicaba a la agricultura o pastoreo, pero había un pequeño porcentaje de la población que no necesitaba dedicarse a la producción de alimentos, y fue así como aparecieron otras actividades y ocurrió lo que se llama la especialización del trabajo. Artesanos (cerámica, cestería, bordados, pieles, metales), curanderos, sacerdotes, comerciantes, administradores… cada uno iba encontrando su nicho y su manera de hacerse indispensable cumpliendo una función útil para los demás. Y también hubo aquellos que aprendieron a vivir de los demás, y se hicieron las castas y clases sociales.
Las primeras ciudades, es decir, aldeas que ya eran lo suficientemente grandes para que no todo mundo se conociera personalmente, surgieron en Oriente Medio hace unos diez mil años. Por el 7000 AC Çatalhöyük en lo que actualmente es Turquía ya pasaba los mil habitantes y mil años después tenía entre 3 y 5 mil. Era la gran urbe de su época. Por el 3000 AC Uruk, en Iraq, tenía 40 mil personas y en el 2100 AC Ur, también en Mesopotamia, rebasaba los cien mil. Toda una megalópolis. También estuvieron Lagash, Menfis, Tebas, Nínive, Haojing y Luoyang, con decenas de miles de habitantes. Babilonia tuvo sus momentos y en la cumbre de su esplendor por el año 600 AC llegó hasta los 200,000. Alejandría superó el medio millón y al principio de la era común Roma fue la primera ciudad en sobrepasar el millón de habitantes.
O sea que se necesitaron siete mil años para pasar de una ciudad de mil a una de un millón. Y pues sí, algo se perdió en el trayecto. Con esas concentraciones de gente que nunca habían ocurrido previamente en los doscientos mil años que hemos existido como especie y los millones en los que evolucionamos como homínidos, nos tuvimos que empezar a comportar de otra manera. Las relaciones e interacción entre la gente se institucionalizaron, la jerarquización nos asignó roles específicos para asumir a perpetuidad, surgieron leyes para regular hasta el último aspecto de nuestras existencias y al parecer también sacrificamos parte de nuestra personalidad y capacidad de pensar por nosotros mismos, tal era la presión por conformarse a la norma. Para que la sociedad pudiera funcionar se elaboraba toda una matrix de condicionamiento que empezaba prácticamente desde la cuna, como una camisa de fuerza en nuestra psique. Se perdió naturalidad y espontaneidad, y vimos de una manera diferente al mundo que nos rodea.
Las ciudades tuvieron esa habilidad de sacar lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Fueron ellas las que permitieron las extremas concentraciones de poder y riqueza que nos han acompañado desde entonces y que con su sed insaciable de recursos hicieron necesaria la guerra, esclavitud y explotación. Como dijera Rousseau, las ciudades son el abismo de la especie humana, y mientras más grandes, más deshumanizadas.


Un estilo de vida que no es normal
La sedentarización y el surgimiento de aldeas y ciudades implicaron un deterioro dramático en la calidad y expectativas de vida del homo sapiens. ¿Cómo podían saber esas personas que concentrándose en esos números surgirían toda clase de enfermedades y virulencias para las que no estaban preparados? Por lo general no se tenía el menor concepto de higiene o salud pública, y la gente arrojaba sus desechos y excrementos libremente, mezclándose con el agua que se bebía e irrigaba sus cultivos. Tifoidea, disentería, salmonelosis y muchas más se propagan por entes microscópicos a los que llamamos bacterias y el agua contaminada es su caldo de cultivo, pero todavía iban a pasar milenios antes de que nos enteráramos.
Otras enfermedades nos las transmitieron los animales que domesticamos, esclavizamos e integramos a nuestras vidas. Fue su manera de desquitarse con nosotros. Vacas, bueyes, cabras, borregos, puercos, gallinas, caballos, mulas, perros, gatos, aves…, a los que les podíamos sacar un provecho ahí los teníamos a nuestro alrededor, en nuestro espacio íntimo. Pero genéticamente no estábamos programados para vivir en esa promiscuidad con otras especies y sus enfermedades endémicas se adaptaron, mutaron y saltaron a los humanos. La gente se empezó a morir de cosas raras que no se conocían previamente y a las que se dieron nombres como viruela, sarampión, lepra, tuberculosis, influenza o difteria, que son infecciosas y desde los inicios de la civilización han cobrado millones de víctimas. Las ciudades eran el medio idóneo de propagación, ya que esas enfermedades requieren de un número mínimo de humanos huéspedes para sobrevivir.
La dieta de las personas también se hizo menos variada. Con la agricultura se empezó a depender de unos pocos granos que al ser almacenados perdían vitaminas y nutrientes, y deficiencias alimenticias como anemia y beriberi que no se conocían entre los cazadores y recolectores de repente llegaron y se instalaron. O sea que por todos lados salimos perdiendo. La transición de la vida nómada al sedentarismo y las grandes concentraciones de población fue a fin de cuentas un proceso contra natura; los primates evolucionaron para vivir en pequeñas bandas y homo sapiens con toda su embarrada de civilización sigue estando sujeto a las leyes naturales.
Una ciudad se puede definir como un ecosistema humano que supera con mucho la capacidad portativa de su medio ambiente local, y donde la concentración de gente es lo suficientemente grande para necesitar la importación de recursos. Esto crea un desequilibrio que no puede sino hacerse progresivamente más grande, a medida que la población de la ciudad crece y esos recursos hay que irlos a buscar cada vez más lejos. Finalmente se abre un abismo físico, sicológico y espiritual entre la ciudad y sus entornos y entre los estilos de vida urbano y rural. La gente de la ciudad por lo general no tiene la menor idea de donde vienen los alimentos y otras necesidades que consume cotidianamente. Vienen de allá afuera, de algún lado, ¿a quién le interesa? Mientras se puedan comprar en el mercado o supermercado qué más da. Habiendo tantas otras ocupaciones, preocupaciones y distracciones en la urbe, uno se desentiende de esas cuestiones.
Cuando hay guerras o catástrofes naturales, sin embargo, la gente descubre con horror que no hay comida en los estantes y en todo el pueblo más que para un par de semanas y después arréglatelas como puedas. Un caso particularmente dramático fue el sitio de Leningrado en la segunda guerra mundial; duró 900 días y 1,200,000 personas perecieron de hambre y frío de una población de tres millones. La gente se comió perros, gatos, ratas y finalmente cadáveres. Había comercio con carne humana.
En esas circunstancias uno hace lo que sea con tal de sobrevivir, pero el caso es que las ciudades son vulnerables por su insustentabilidad inherente. Ese arreglo en el que los recursos de una amplia región son succionados hacia el agujero negro que hay en el centro, degradándose y empobreciéndose en el proceso, no puede durar indefinidamente, y sin embargo desde las primeras ciudades y civilizaciones lo hemos supuesto como lo normal. No lo vemos ni lo cuestionamos pero un estilo de vida que destruye sus propios sistemas vitales de soporte no puede ser normal.


La cuestión determinante
El epitafio de Roma fue sic transit gloria mundis. La ciudad que se creyó el centro del mundo y pensaba que todos los caminos llevaban a ella perdió importancia cuando la capital del imperio se trasladó a Constantinopla por estar más cerca del centro de gravedad de la población, y era inevitable que terminara siendo saqueada y abandonada. Era demasiado el odio que había generado, así como la tentación por apoderarse de sus riquezas. Los pueblos “bárbaros” descendieron sobre ella en varias ocasiones y se dieron el gusto de pasear por la ciudad otrora tan llena de soberbia y prepotencia, ahora vencida e indefensa. Bárbaros era el término genérico en el que se incluía toda esa gente que vivía más allá de las fronteras del imperio y tenía estilos de vida diferentes a los “civilizados”; ya sabemos que estos últimos se sentían bastamente superiores a esos pueblos de afuera y eso les daba derecho de invadirlos, dominarlos y exigirles tributo. Cuando la balanza se inclinó para el otro lado fue Roma la que terminó siendo humillada.
La población de la que hace dos mil años era la ciudad más grande del mundo descendió dramáticamente, y durante varios siglos eso ha de haber parecido un pueblo fantasma. La gente que se quedó por el rumbo tuvo que aprender a vivir de nuevo con lo que se producía en los alrededores: al desaparecer el imperio se acabó la extravagancia de recursos apropiados de por doquier, y cuando esos recursos, incluyendo alimentos, dejaron de llegar la población tuvo que disminuir. Muchos emigraron adonde pudieron, otros murieron de hambre, pero no ha de haber sido bonito.
Lo más dramático en la decadencia de una civilización ha de ser el momento en el que la gente se da cuenta de que ya no puede seguir viviendo de la manera en que se había acostumbrado y que a partir de entonces la vida va a ser más dura y está en juego la propia sobrevivencia. Las cosas se habían ido deteriorando, por supuesto, y ya no era tan fácil ganarse el sustento, pero todavía había esperanza de que la situación mejorara; cuando descubren que la bonanza se fue para no volver es como un balde de agua fría.
Y pues tomando en cuenta que las ciudades por definición son insustentables y dependen de redes de distribución globales sobreextentidas, vulnerables y que pueden desaparecer en un instante; tomando en cuenta asimismo que todo indica que nos acercamos a períodos de turbulencia porque se nos olvidó que hay límites físicos muy reales que no teníamos que sobrepasar: el sistema creció todo lo que pudo y llegó a lo máximo que podía crecer, que es el planeta entero, pero ya se le está acabando el combustible; hay que considerar también que el éxodo masivo del campo a las ciudades que ha caracterizado los últimos cien años se sigue incrementando y por primera vez en el devenir de nuestra especie hay más población urbana que rural, y la abrumadora mayoría de esta gente no tiene ni idea de cómo sembrar una patata; no olvidemos tampoco que el sistema dominante de producción de alimentos, la agricultura, ganadería y pesca industriales, es un callejón sin salida en el que nos hemos metido y vamos a toda marcha a toparnos con un muro: un sistema que acaba con la fertilidad de la tierra y satura el medio ambiente de venenos y pesticidas, que brutaliza nuestra relación con plantas y animales y acaba con la diversidad biológica por su necesidad irrefrenable de más lucro, y que vacía los océanos de vida y en su lugar los deja llenos de plástico, no puede durar indefinidamente.
Y tomando en cuenta todo esto, ya era para que nos empezáramos a hacer la idea de que en algún momento habrá crisis alimentaria porque el petróleo se acabó o porque el cambio climático no sé qué, y las sequías y los mega huracanes y la escasez de agua y por donde sea que nos venga; o porque hay un crack en la bolsa de valores y una crisis financiera que resulta ser terminal; o porque Estados Unidos decidió que no nos puede seguir vendiendo su maíz transgénico subsidiado porque se metió a alguna guerra o ya no le alcanza para alimentar a su propia población, y en México que solo producimos las dos terceras partes del maíz y la mitad de todos los alimentos que consumimos nos quedamos colgados de la brocha.
Hay tantas situaciones que pueden suceder. El sistema se ha vuelto inestable y la cuestión de sustentabilidad y producción local de alimentos se hará determinante.