viernes, 6 de abril de 2018

Divagando por la realidad



por David Cañedo Escárcega

La creciente irrelevancia de las naciones estado
En medio de la confusión imperante algo que ha quedado lo suficientemente claro es que las instituciones políticas vigentes en nuestra sociedad industrial moderna no tienen la visión, capacidad ni voluntad para hacer frente a las grandes problemáticas de nuestra época.
Estas instituciones políticas, en particular la nación-estado, tuvieron su razón de ser durante los últimos dos o tres siglos, pero han sido rebasadas por las circunstancias. Las naciones estado son concentraciones de poder definidas en torno a un gobierno que supuestamente representa al pueblo dentro de límites espaciales concretos, lo que se conoce como territorio. Este tipo de construcción política surgió en Europa a lo largo de los siglos 17 y 18 y se exportó al resto del mundo, con eso de que ya sabemos que Europa cree que sus maneras de ver y hacer las cosas son las únicas que cuentan.
Durante un tiempo parecía que funcionaban, y la gente se entusiasmó con los conceptos de “soberanía nacional”, “democracia participativa”, “libertad, igualdad y fraternidad” y otros por el estilo, cuyo objetivo era hacerle creer a la gente que el poder era por y para el pueblo y que los gobernantes eran nuestros representantes; ahora ya sabemos que todo eso era pura faramalla y que el poder siempre ha estado firmemente en manos de intereses bien atrincherados cuyo único verdadero objetivo es la auto preservación. Hasta a Estados Unidos, que se creen los campeones de la democracia y se van a invadir a medio mundo para imponerla por la fuerza de las armas, hace ya un buen rato que se le cayó la máscara y se ha dejado ver como la oligarquía que realmente es.
Estas naciones estado dieron pauta a enormes burocracias altamente centralizadas y jerarquizadas y extremadamente ineficientes, donde decisiones que afectan la vida cotidiana de millones de personas se toman desde centros de poder completamente desconectados de la realidad allá afuera, cuyos intereses son distintos a los de la mayoría de la gente, y con una fuerte dosis de autoritarismo corriendo por sus venas en todos los niveles.
Estas estructuras anquilosadas y fosilizadas ya cumplieron su función, cualquiera que haya sido, y rápidamente se están volviendo anacrónicas. El fenómeno de la globalización en particular está terminando de acabar con la relevancia de la nación estado. Las principales economías en la actualidad son las corporaciones trasnacionales que imponen sus condiciones y sus tratados de libre comercio para poder seguirse apropiando de la riqueza de todo el planeta. Enormes flujos de capital e información para los que no hay fronteras están en constante circulación y organismos supranacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional deciden la suerte de la humanidad con sus políticas de austeridad y recortes presupuestarios. Movimientos migratorios masivos están alterando la identidad y sentido de pertenencia que le daba una razón de ser a las naciones estado.
Asimismo hay un creciente cosmopolitanismo e internacionalización en las perspectivas y expectativas de mucha gente alrededor del mundo, y una conciencia cada vez más generalizada de que los grandes problemas sociales y ambientales de nuestra época nos conciernen a todos, de que son lo suficientemente graves y se hacen cada vez más urgentes, al mismo tiempo que hay una creciente percepción de la total incapacidad de las élites políticas y económicas de reconocer la naturaleza de esas problemáticas y la falta de voluntad para atender sus causas fundamentales.
Como dijera algún filósofo, las naciones son demasiado pequeñas para atender los grandes problemas, y demasiado grandes para atender los pequeños problemas. En todos lados vemos una tendencia hacia el autoritarismo, el control y la coerción social; los líderes de las naciones son incapaces de asumir el deterioro ambiental y la polarización de la riqueza; se reúnen en Davos para discutir el futuro del mundo y ver la manera de sostener un status quo que es completamente insustentable, y haciéndose completamente irrelevantes en el proceso.

El poder del soft power
En la ecuación del poder una parte vital la juega el llamado soft power, que no depende de la fuerza o coerción física sino de ganarse las mentes y corazones de los pueblos sojuzgados, como lo decía Shi Huangtzi, que después de destruir los reinos independientes se convirtió en el primer emperador de China. Él sabía que su reino no podría sostenerse demasiado tiempo en medio de una población permanentemente hostil, y lo que se busca es ganarse su adhesión voluntaria, es decir, que en lugar de oponer resistencia más bien la gente te empieza a seguir por imitación. Esto significa hacer atractiva la cultura dominante, que a fin de cuentas es la que se viene a imponer y terminará por reemplazar muchos elementos de las culturas nativas de las nuevas provincias. Los primeros en responder por lo general son las élites locales, que de alguna manera se acomodan al nuevo régimen y rápidamente adoptan las formas y maneras foráneas; a sus hijos los mandan a estudiar a las capitales imperiales y su manera de vivir, pensar y relacionarse con sus compatriotas cambia.
Ese soft power se extiende eventualmente abarcando segmentos cada vez más amplios de las sociedades absorbidas; es la mimesis colectiva la que se redirige hacia esta nueva cosa que le llama la atención. Así es como se propagan algunos idiomas y desaparecen otros, como en la actualidad el inglés que se ha convertido en lengua franca mundial. También es así como la gente se convierte en masa a las religiones, como sucedió en el caso del Islam, cuando los ejércitos árabes avanzaron como reguero de pólvora desde su nativa Arabia y conquistaron todo el norte de África hasta España por un lado y por el otro tomaron Asia Central hasta India e Indonesia. Las poblaciones de esos lugares siguieron conservando sus religiones durante un par de siglos; había cristianos, judíos, animistas y toda clase de creencias por ahí. Los conquistadores no obligaban a nadie a convertirse y tan solo se les hacía pagar un impuesto especial a los que no pertenecían a la comunidad de la fe. Por el siglo diez la gente se volcó en masa hacia el Islam, así de repente. Lo mismo sucedió en México cuando Tonantzin se transfiguró en Guadalupe y la gente adoptó la nueva religión.
El soft power puede ir muy lejos para moldear creencias, valores, opiniones, percepciones y actitudes de sociedades enteras, según como se quiera, y por supuesto se utiliza como estrategia política. Es una visión de la vida la que se intenta establecer como la deseada y lo normal. Por ejemplo, hablando del imperio en turno, durante el siglo 20 la cultura popular de Estados Unidos se infiltró por todas partes, y no había rincón del planeta con electricidad y señal de radio en que no se escuchará la música pop, jazz, rocanrol, blues, rock, o lo que fuera; la clase media internacional creció familiarizada con esa música y en cada país generaba docenas de imitadores cantando las mismas rolas o con ligeras variaciones en su propio idioma. Las películas de Hollywood y la televisión se convirtieron en eje de nuestras vidas y parte esencial de nuestro ocio. Todo mundo iba al cine; las salas solían ser grandes y algunas gigantescas, y los sábados estaban tan llenas de gente que se tenían que comprar los boletos en la reventa. La televisión se hizo ubicua, de repente sucedió y todo mundo se había hecho adicto a la caja con imágenes: las señoras se podían pasar horas viendo sus telenovelas, los niños sus caricaturas y los niños grandes su futbol.
Entonces con este soft power es una imagen la que se proyecta y un consenso el que se manufactura. Después de miles de horas de estar expuesto desde niños a la avalancha de programas y comerciales nuestra materia gris no da para más y entra en un estado vegetativo desconectado del mundo allá afuera, y nos podemos tragar lo que se les antoje. Hay toda una ciencia relacionada con la manipulación de masas, propaganda, mensajes subliminales e implantados, modas, marketing y todo eso, y somos incapaces de ver la realidad detrás del espejo. Así, la imagen que se nos transmite es de Estados Unidos como nación benevolente, que va a luchar por el mundo a favor de la libertad y democracia, y solían ser siempre los buenos en las películas y el héroe ganaba al final y el sueño americano estaba al alcance de todos, si tan solo escuchábamos el canto de las sirenas y nos dejábamos envolver por la sociedad de consumo, que al parecer es la única realidad posible.
El poder del soft power es que nos lo creemos sin cuestionarlo y sin darnos cuenta. Es invisible o por lo menos muy discreto, y por eso efectivo.

La tendencia hacia la homogeneización
En la decadencia de las civilizaciones hay una marcada tendencia hacia la homogeneización cultural, a medida que se propaga el consenso dominante y la cultura fuerte se impone sobre las débiles. De cada cultura que se traga toma ciertos elementos, los que le atraen, convienen o algunos puramente aleatorios, que se integran a la mescolanza híbrida que se va formando en el nuevo estado ecuménico. Es lo que actualmente llamaríamos globalización cultural, y ha sucedido en muchas ocasiones anteriores.
Efectivamente, este es un fenómeno de las civilizaciones en decadencia que se aproximan a su fase terminal, cuando el deterioro del medio ambiente que las sostiene llega a puntos críticos y la pérdida de diversidad biológica se refleja en la pérdida de diversidad de costumbres, creencias, tradiciones, lenguas y maneras de ser, de vivir y de pensar. Los pueblos de la tierra son absorbidos sin misericordia: la civilización no los tolera. No les puede permitir que sigan viviendo a su manera y se tienen que asimilar. Los pueblos conquistados mantienen sus costumbres un cierto tiempo pero en la fase final bajan la guardia y todo aquello que se mantuvo durante siglos puede llegar a desaparecer en dos o tres generaciones.
Sucede con las lenguas. Actualmente hay unos 6000 idiomas en el mundo, la mitad de los cuales a punto de desaparecer. Son unos pocos idiomas los que cada vez son más hablados, y cantidad de otros los que son progresivamente abandonados por los jóvenes hasta que ya no son más que unos cuantos viejos que se van muriendo los que todavía lo utilizan. Se calcula que hace cinco siglos, justo antes de la conquista, se hablaban unos 170 idiomas en el territorio de lo que actualmente es México. A principios del siglo pasado, por 1900, quedaban 100 y para el año 2000 tan solo 62. De estas, tan solo 25 son hablados por más de 50,000 personas, lo que es el mínimo para que una lengua se considere viable, es decir, con algún futuro. Muchas de las otras son habladas por unos pocos cientos o docenas de personas y no van a durar mucho tiempo. Al irse la lengua con ella se va toda una visión de la vida. No hay cultura que encapsule a la realidad y cada una es una interpretación y adaptación diferente al mundo que nos rodea.
Actualmente vivimos un proceso de empobrecimiento cultural que se ha acelerado y convertido en avalancha. Por un lado las culturas locales desaparecen, incapaces de seguir resistiendo al tsunami de cambios que la modernidad nos ha impuesto, y por otro la cultura dominante se vuelve más anodina, monótona y gris. Los elementos foráneos que asimila pierden la sustancia y se revuelven con el resto en la cacerola. Los estilos de vida en cualquier ciudad del mundo son cada vez más idénticos. El materialismo lo permea todo: es lo que hace gris al panorama. Nos impide ver otras alternativas o pensar a largo plazo. Finalmente el modelo cultural vigente agota todas sus posibilidades y termina muriendo de tedio.
Sucedió en el Egipto de los faraones, que fue la civilización más longeva de las que ha habido. Duró cuatro mil años, y al final se había fosilizado en un monolito en el que no sucedía absolutamente nada nuevo; cualquier energía creativa se había agotado. En ese estado vegetativo se mantuvo más de mil años, viviendo de las viejas glorias, hasta que estaban tan fastidiados que cuando llegaron los griegos los recibieron como a salvadores, porque venían a ofrecerles algo nuevo, como una bocanada de aire fresco.
Eso es lo que hace la uniformización de la cultura: la hace tediosa. Le roba la espontaneidad y le chupa las fuerzas vivas. Es la diversidad la que le da sabor al caldo y de hecho ha sido un factor determinante en la supervivencia de la especie, que nos hemos adaptado a todos los climas y paisajes. La tendencia actual hacia la homogeneización solo puede llegar hasta cierto punto, cuando empieza a fracturarse por todas partes y la gente descubre que tiene necesidad de reafirmar sus raíces e identidad. Los sistemas culturales, políticos, económicos, religiosos y sociales gigantescos que definen a nuestra época se van a ir por el camino de los dinosaurios: demasiado grandes para su propio bien e ineficientes en el aprovechamiento de recursos cada vez más escasos. El futuro está en la diversidad y las adaptaciones locales.

Los depredadores de nuestra época
La civilización surgió en las ciudades y es una cosa de las ciudades, y durante varios milenios la organización política natural era que cada ciudad era su propio estado. Uno era ciudadano de Texcoco, o de Cartago, o de Menfis, o de Florencia o de cualquiera de las miles de ciudades que empezaron a salir por ahí; cada ciudad tenía su zona de influencia que era la que la alimentaba y mantenía, ya que las zonas urbanas con sus altas concentraciones de gente no producen sus propios alimentos y estos tienen que venir de afuera. A los campesinos que vivían más allá de los muros o límites de la ciudad se les podía considerar ciudadanos o no, y aunque pudieran tener los mismos derechos nominales que los citadinos en realidad estos eran los que ponían las reglas ya que se consideraban más “civilizados”. Eso es lo que hizo la civilización: le hizo creer a la gente que porque hacían ciertas cosas de una manera más sofisticada ya por eso eran superiores. Lo peor que le podía pasar a alguien era que lo desterraran porque en cualquier otro lugar no tendría los mismos derechos que en casa.
Después surgieron reinos e imperios que absorbían a las ciudades estado y que duraban más o menos tiempo; luego los reinos desaparecían y los imperios se colapsaban pero las ciudades seguían estando ahí, y tenían que seguir sobreviviendo. Después vinieron las naciones estado, que con sus virtudes y defectos han sido la organización política imperante durante el último par de siglos. Una nación estado necesita un territorio, y dividieron el planeta entero en doscientas partes de todos los tamaños con fronteras completamente artificiales, en muchos casos algún río o meras rayas en el desierto; de aquí para acá es mío y de ahí para allá es tuyo y sucedía que en algún poblado de repente les pasaba la raya por en medio y ya no volvías a ver a tu vecino. Y el río donde antes nadabas y pescabas ahora necesitas un pasaporte para cruzarlo. La lógica de las fronteras no discernía sobre la realidad en el suelo y llegaba e implantaba su propia realidad.
Estas organizaciones políticas llamadas naciones están en un estado de flujo constante: se crean, desaparecen y las fronteras se alteran. Con cada guerra cambian los mapas. La Unión Soviética se deshizo en 15 países distintos. Recientemente Sudán, que era el país más grande de África, se dividió en dos. ¿Y porqué suceden esas cosas? En el caso de Sudán, el imperio decidió que no estaba muy a gusto con la idea de que los chinos estuvieran ahí muy metidos, así que armó una guerra civil y se quedó con la parte donde están los recursos. Así siempre sucede: los vencedores se reparten el botín. Cuando terminó la primera guerra mundial Britania se quedó con las colonias de Alemania; cuando terminó la segunda, Estados Unidos, que apenas y había participado en ella, y Rusia, que se llevó el principal trancazo, se dividieron el mundo en zonas de influencia. En la conferencia de Yalta Churchill era una mera figura decorativa ya que todo mundo sabía que junto con el tercer Reich el imperio británico también había dejado de ser. Al terminar la guerra fría le llegó su turno a los soviéticos.
Entonces las naciones van y vienen; nada es eterno y estas construcciones políticas no dan señal de que vayan a ser particularmente duraderas. De las cien economías más importantes del mundo unas sesenta son corporaciones más allá de las naciones (trasnacionales) cuya razón de ser y prioridad es producir rendimientos cada vez mayores para sus accionistas sin importar el costo o consecuencias. Estas compañías no pertenecen a ningún lado y sin embargo están en todos; para ellas el concepto de soberanía nacional es un estorbo y en cada lugar a donde llegan se las arreglan para apropiarse de los recursos que necesitan, acabar con la competencia y mover el capital y las ganancias libremente sin tarifas ni restricciones. Eso es lo libre de los tratados de comercio que negocian.
El poder económico de las corporaciones se traduce en poder político y quitan y ponen regímenes a su antojo y de hecho deciden la política exterior del imperio, como cuando United Fruit Company decidió que el gobierno de Arbenz en Guatemala le estorbaba y lo quitaron de en medio en 1954, o en 1973 en Chile cuando ITT y Anaconda le armaron su golpe de estado a Allende y sus políticas socialistas. Esas corporaciones gigantescas, ¿cómo las dejaron que crecieran tanto? Se convirtieron en los depredadores de nuestra época, y no hay manera de detenerlos.

La lógica del mercado
Es todo un rollo con esto de las corporaciones. Ya sabemos que el sistema capitalista es un esquema bastante efectivo para apropiarse de la riqueza de la tierra y de la gente, y un sistema así solo puede ir degenerando. Porque nunca es suficiente y la bestia es insaciable. Necesita crecer y producir constantemente, crear nuevos mercados para obtener mayores ganancias. Lo que se busca es la mayor ganancia en el menor tiempo posible. El sistema es incapaz de pensar a demasiado largo plazo, quiere beneficios inmediatos, y cualquier noción de sustentabilidad, recursos finitos, bien común, justicia social y ambiental, y otros así le pasan completamente fuera del radar.
El sistema es implacable y despiadado porque así tiene que ser; se trata de crecer, y solo se puede crecer a costa de los demás, y es por eso que pez grande se traga a pez chico y cantidad de pequeños comerciantes, artesanos, agricultores, ganaderos y toda clase de oficios desaparecen a medida que unas pocas compañías acaparan el negocio. Y resulta que TODO termina siendo negocio: hasta el último aspecto de nuestras vidas ya se convirtió en oportunidad de mercado y se ha finalizado la privatización de cada rincón de la realidad.
Todo se vale y se hace lo que se tiene que hacer desde la lógica del depredador. A la competencia se la lleva a la quiebra, a la mano de obra se le explota, las materias primas y recursos naturales se les va a buscar a los lugares más recónditos del planeta dejando verdaderos desastres ambientales y comunidades devastadas detrás; cuando es necesario y también cuando no, se hacen guerras, invasiones y provocaciones porque la violencia es parte intrínseca del paquete, además de excelente fuente de ganancias. Gobiernos y clases políticas están todos en el juego, cada quien tratando de acomodarse lo mejor que puede, aunque sea con las migajas. Se pasan leyes, se manipula la opinión pública, y se le pisa el acelerador para llegar cuanto antes a donde vamos. La producción industrial se multiplicó por cincuenta en el transcurso del siglo veinte a un paso incremental; la economía de Estados Unidos del año 2000 era mayor que la economía mundial de 1950. La economía japonesa en 2000 era mayor que la mundial en 1900.
No está nada mal ese ritmo de crecimiento para este sistema que se vino a instalar e imponerse como el único posible. Algunos de sus panegiristas tienen el sueño mojado de que va a durar eternamente. Mientras tanto la avalancha sigue adelante, arrasando con todo a su paso, acabando con bosques y diversidad biológica, llenando cada milímetro cuadrado con nuestros desperdicios, acidificando el océano y vaciándolo de vida, y aumentando la temperatura global varios grados, todo esto en un tiempo record que a escala geológica ni siquiera empieza a contar.
Y en algún momento surgieron las corporaciones. Fue el mejor esquema que se pudieron montar. Estos entes son personas legales, lo que en la práctica significa que tienen más derechos que los seres humanos pero no todas las responsabilidades. Así, por más daño que cause una empresa la responsabilidad legal de los accionistas se limita a su inversión. Ellos son los dueños de la empresa pero no toman las decisiones. Para eso se nombra a una junta de directivos y a un gerente general, que suele ganar una fortuna, y que pudiera tener que responder judicialmente ante alguna situación particularmente egregia en el que el clamor del pueblo demandase sangre, aunque es raro que suceda. Ha habido casos como Bhopal y otros con cientos o miles de muertos y damnificados sin consecuencias penales para nadie involucrado.
Estas corporaciones se extendieron por todos lados abarcando hasta el último resquicio y tienen la tendencia a convertirse en monopolios; compañías inmensas con miles de empleados se fusionan entre sí haciendo conglomerados y se cotizan en la bolsa de valores que es un gran casino en el que se juega el futuro de la humanidad. El mercado tiene su propia lógica y se dan casos que en un mundo más cuerdo no sucederían pero aquí suceden, como por ejemplo Zuckenberg que de la noche a la mañana se convirtió en una de las personas más ricas del mundo al hacer público su producto facebook cuyas acciones se vendieron como pan caliente.

El templo del capitalismo
Toda clase de fenómenos raros suceden en la bolsa de valores. Este es el sancto sanctorum del sistema, el templo del único y verdadero dios de nuestro tiempo que es el dinero, y que los antropólogos del futuro estudiarán con particular atención, tratando de encontrar la clave de qué fue lo que pasó con nuestra sociedad y nos llevó a destruir el planeta en el que vivimos.
La bolsa de valores es el punto neurálgico donde la riqueza que se genera en el sistema se asigna y a algunos les puede tocar más y a otros menos; fortunas pueden cambiar de manos muy rápidamente y cada día se negocian miles de millones de dólares en transacciones. La riqueza por supuesto no está ahí físicamente; quién sabe dónde esté, no es relevante. En la Bolsa lo que se compra y vende son acciones, que a fin de cuentas no son más que pedazos de papel y datos en la computadora, desconectados del mundo real. Así, por ejemplo, yo puedo comprar acciones de café; el grano no lo voy a ver nunca ni sé donde está ni me interesa: yo no compré café, sino acciones de café. Y sucede que hay una sequía o un huracán y toda la cosecha de Brasil se perdió y los campesinos se están muriendo de hambre, pero yo estoy feliz de la vida porque mis acciones subieron de precio, ya que con eso de la oferta y la demanda ahora el café de otros lados es más caro.
Algo así. También puedo invertir en alguna compañía minera canadiense o de cualquier otro lado, de esas que se van hasta el último rincón del mundo a apropiarse de metales y minerales pagando una fracción de su precio y sin concernirse demasiado por su verdadero costo, social o ambiental. Y ocurre una huelga en Sudáfrica con docenas de muertos pero las acciones de la compañía van al alza porque lo que cuenta es la producción y las ganancias. Mientras más ganancias, más sube el precio de las acciones. O puede ser una compañía de armamentos, de esas que desarrollan las formas más originales y efectivas de matar a la gente y se encargan de que haya amplio mercado para sus productos.
Puedo comprar acciones de compañías petroleras, como Exxon que desde hace cuarenta años sabe que se está produciendo un cambio climático y se las arregló para desviar la conversación todo ese tiempo, aferrándose a su negocio aunque se fría el planeta. O farmacéuticas, como los tres o cuatro consorcios que monopolizan el mercado y que tienen patentes sobre medicinas que podrían salvar muchas vidas si fueran accesibles y no costaran tanto. Estas empresas se roban la riqueza biológica de las selvas tropicales como el Amazonas, apropiándose de remedios tradicionales que han usado los nativos de esas regiones desde siempre y patentándolos como si fueran propios. Se creen los dueños de la vida misma, y tienen patentes sobre ella. O puedo invertir en la agroindustria, donde también son unos cuantos monopolios los que dominan el mercado. Podemos mencionar a Monsanto y Bayer, que por cierto ya se fusionaron, y que producen los pesticidas que están en todas partes hasta en nuestro código genético.
Tengo muchas opciones para colocar mi dinero: toda compañía o empresa que cuente para algo se cotiza en la bolsa y es posible invertir en ella. El precio de las acciones se puede mantener estable mucho tiempo o puede tener fluctuaciones bruscas. Los accionistas quieren ganancias y las empresas que se perciben con un futuro risueño atraen capital. Para que el sistema funcione bien lo único que se necesita es seguir creciendo, lo más que se pueda.
Cuando la economía se estanca es necesario darle un tironcito para echarla a andar de nuevo, y no hay nada como una buena guerra para hacer el truco. El día que empezaron las hostilidades en la guerra del Golfo en 1991, la gente que estaba en la Bolsa de Valores de Nueva York al escuchar la noticia que había caído la primera bomba irrumpió en aplausos. En este templo del capitalismo las guerras con sus millones de muertos y refugiados, las hambrunas, sequías, epidemias, degradación ambiental, mega tormentas, y caos generalizado son todos oportunidades de hacer negocios. Este esquema de las altas finanzas es en última instancia parasitario de la economía real de la gente que trabaja para ganarse la vida, que con dificultad se las arregla para sobrevivir cada día mientras la riqueza se va allá arriba a la estratosfera, cada vez más concentrada e inaccesible.

La irracionalidad de la economía
Nuestra sociedad se rige por la economía, y la economía se rige por la irracionalidad. No hay nada racional en la creencia de que nos podemos acabar el planeta entero en el transcurso de tres o cuatro generaciones culminando con la actual, sin dejarle nada a los que vienen después. Algo pasó con nuestra psique que nos hizo incapaces de pensar a largo plazo, más allá de nuestra burbuja inmediata. Como si existiéramos en un vacio, desconectados del mundo que nos rodea; al margen del océano de la causa y del efecto. Venimos de una larga línea evolutiva pero no la vemos; tenemos una responsabilidad hacia el futuro y tampoco la vemos. Nuestra conciencia temporal es extremadamente limitada; sí, nos acordamos de nuestra infancia y sabemos detalles de la vida de nuestros papás y hasta de nuestros abuelos; luego se pierde todo en una nebulosa que a quién le interesa. El pasado ya está pasado y sabemos que existieron los aztecas, los romanos y los egipcios, y más atrás es la prehistoria pero ¿qué tiene todo eso que ver conmigo? Hacia delante nuestra visión es todavía más confusa: treinta o cuarenta años nos parecen largo plazo y con trabajo nos podemos hacer la idea de que el mundo seguirá girando una vez que nos muramos. Ni siquiera podemos ver el mundo que les dejamos a nuestros propios hijos.
Estamos en la oscuridad y toda clase de terrores supersticiosos animan nuestro comportamiento. Quisimos exorcizar el terror al sinsentido y nos inventamos este mito del progreso y del crecimiento económico hasta el infinito, creyendo que la bonanza duraría eternamente y como si fuera nuestro derecho biológico. Hicimos correr tremendas cantidades de energía por el sistema y nos clavamos en una orgía de derroche, gula y glotonería que nos dio indigestión y corre el riesgo que la enfermedad se vuelva terminal. Pero seguimos adelante porque la economía lo exige; hemos decidido jugar la partida y la vamos a llevar hasta donde tenga que llegar. No hay nada racional en este juego que estamos jugando donde tenemos todas las probabilidades en contra y no hay manera de que podamos ganar.
La economía pasa por ciclos de crecimiento y recesión, y en ocasiones ocurren fenómenos de histeria colectiva en que la gente se vuelve loca queriendo hacerse rica de la noche a la mañana. Es la naturaleza del sistema y cuando se dan las condiciones propicias suceden las llamadas burbujas, en las que el precio de algún producto, compañía, industria, sector o la economía entera empieza a inflarse artificial y desproporcionadamente a su valor real. Como una fiebre que se expande por contagio cada persona decide que le conviene invertir su dinero en algo, porque ese algo se vende como pan caliente y puede obtener una ganancia muy rápido.
Un producto específico se vuelve muy atractivo y se convierte en símbolo de riqueza. Todo mundo lo quiere poseer y el precio se dispara, como sucedió con los tulipanes en Holanda, en los 1630s, cuando la gente se quedó fascinada con la belleza de esas flores exóticas y decidió que estaba dispuesta a pagar lo que fuera por ellas. En algún momento un solo bulbo llegó a valer lo del salario de quince artesanos bien pagados durante un año. Se llegaron a intercambiar flores por mansiones lujosas. La gente se endeudaba e hipotecaba sus propiedades para poder comprarlas. Fue una sicosis colectiva, que apareció de manera espontánea y corrió su curso, y así como llegó se fue. Un día un lote de 99 tulipanes raros se vendió por 90,000 florines, al día siguiente el lote que se sacó a la venta ya no tuvo comprador. Así, en un instante, se rompió el hechizo y lo que siguió fue el pánico: todo mundo quería vender y nadie compraba. Como que les cayó un balde de agua fría y de repente entendieron que una flor no puede valer lo mismo que una casa. Fortunas se perdieron y se contrajeron deudas enormes, de hecho llevando a la quiebra a la economía holandesa.
Estas burbujas por lo general solo se pueden identificar conclusivamente en retrospectiva, cuando ya estallaron. En el momento que suceden la gente está demasiado ocupada dejándose llevar por la efervescencia y es incapaz de ver el trancazo que está ahí enfrente. Los pocos que sí lo ven venir son los que toman sus precauciones.

Paralizados por el pensamiento mágico
Conozco a un fulano que perdió hasta la camisa en el crack de la bolsa de 1987. Ciertamente no fue el único. En el transcurso de unas pocas horas se perdieron cientos de miles de millones de dólares, así nomás. Se desvanecieron en el éter. La fiebre empezó en Hong Kong y se propagó hacia el oeste a través de los husos horarios internacionales, a medida que la tierra iba girando. Como fichas de dominó se desplomaron los mercados de valores de cada país en el camino, llegando a Europa, Estados Unidos, Latinoamérica y finalmente Australia. En cada lugar la euforia de los días anteriores, cuando todo iba viento en popa y se producían magníficas ganancias, daba paso a la desesperación, a medida que la gente comprendía que sus acciones, bonos e inversiones no valían ni siquiera el papel en el que estaban impresos y que no había ninguna riqueza real que los respaldara. Ocurrió entonces la estampida, que se convirtió en pánico global. Sálvese quien pueda, o sálvese lo que se pueda. A todo mundo lo tomó por sorpresa; unos pocos días antes, nadie se hubiera imaginado que súbitamente perderían todo su dinero. Es lo que se conoce como un cisne negro: un evento que sucede de repente y que anteriormente se percibía como imposible, aunque cuando visto en perspectiva se reconoce como inevitable, al punto que mucha gente se pregunta cómo fue que no lo vieron venir.
Este tipo que conozco se volvió completamente loco de ambición pensando que ahora sí iba a hacer el negocio de su vida. No le iba tan mal previamente a decidirse a invertir en la bolsa de valores y tenía varios negocios en la ciudad de México, incluyendo un restorán, apartamentos y un garaje automotriz. Todo lo hipotecó para comprar acciones cuyo valor parecía duplicarse cada quince días. De por sí su sueño siempre fue hacer un solo gran negocio y retirarse a gozar de la vida y vivir de sus rentas. A la mera hora meten todos los huevos en la misma canasta y se quedan colgados de la brocha cuando el espejismo se evapora y la realidad se impone.
Hay varias observaciones que podemos hacer con respecto a estas crisis. Para empezar, una burbuja se infla todo lo que se puede inflar, y aún más, porque no reconoce límites. Hay un pensamiento mágico que permea hasta la última fibra de la sociedad que nos hace creer que más y más y más y nunca es suficiente y queremos todavía más es compatible con la realidad. El sistema financiero se ha convertido en un esquema Ponzi en el que se ha hipotecado el futuro para consumirlo en el presente y que necesita crecer constantemente a expensas de lo que sea. Ya sabemos que para los inversionistas las consecuencias no son relevantes; ni siquiera se contemplan.
La burbuja crece y tiende a un cierto equilibrio, el cual puede durar mucho tiempo, hasta que algo sucede y el sistema se hace inestable rápidamente y cualquier pequeño incidente puede detonar cambios dramáticos de manera repentina. Es la confianza la que se pierde y ese descubrimiento de que ya no se tiene confianza en el futuro de lo que se hace se transmite como virus y es como que en ese instante al sistema se le cayó la máscara y nos damos cuenta que todo fue una ilusión. La burbuja explota. Es cuando le agarra el pánico a la gente, que se convierte en incredulidad, enojo, coraje, frustración, impotencia y finalmente terror, todos mezclados, al asimilar que todo lo que se había ganado y se creía propio ha desaparecido como por arte de magia.
Hay una tendencia en los sistemas dinámicos de fallar catastróficamente, y al parecer mientras más eternos e inmutables se perciben en su momento es cuando son más vulnerables. Estamos viviendo en nuestra propia burbuja, hipnotizados con la tecnología y toda clase de distracciones, y no vemos que el sistema político-económico-social se ha vuelto inestable, la insustentabilidad se le asoma por cada resquicio, y recursos críticos para su funcionamiento se están haciendo escasos. Es inevitable que haya crisis en nuestro futuro pero el daño puede ser reducido si se reconocen y contemplan. Lo primero que se tendría que trascender es ese pensamiento mágico que nos tiene paralizados.

Los velos que nos separan de la realidad
Como las matryoshkas rusas en que cada muñeca está en otra más grande, así son los espejismos que nos hemos creado: uno dentro del otro, hasta abarcar todo el horizonte, cada capa actuando como un velo que nos separa de la realidad. Esa realidad, cualquiera que sea, la realidad real que hay allá afuera, simplemente no la queremos ver y la vamos a seguir ignorando hasta que ya no podamos hacerlo. Nos hicimos buenos para vivir en un estado permanente de negación, aunque como arma evolutiva es posible que ese estado no tenga mucho futuro.
Algo sucedió con nosotros que nos hizo perder el contacto con la realidad, y supongo que eso fue cuando nos empezamos a sentir superiores al resto del mundo natural y se nos ocurrió que este planeta nos pertenecía. Fue un cambio radical en la manera como nos relacionamos con el medio ambiente, que se gestó a lo largo de múltiples generaciones sin que fuéramos plenamente conscientes del proceso. Pero fue un cambio cultural, y no a todos le pegó parejo. Siempre hubo grupos de gente que veían las cosas de otra manera y se daban cuenta que dependían por completo de un entorno sano a su alrededor y que más bien eran ellos los que le pertenecían al mundo que los rodeaba. Pero fueron los otros, los que se fueron por el lado del dominio y el control, los que se terminaron imponiendo, y esa actitud ha guiado el desarrollo de nuestra especie hasta la situación en la que nos encontramos ahora.
El dominio que quisimos ejercer sobre el planeta y que consideramos nuestro derecho significó su destrucción, y seguimos adelante con mayor ímpetu a pesar de que es obvio que algo no funciona y que el control ya se nos fue de las manos, o más bien nunca lo tuvimos. En la lucha por la sobrevivencia, quisimos creer que la inteligencia nos daba el margen de ganancia sobre todas las demás especies, a las que estamos llevando por miles a la extinción. Pero la inteligencia con la soberbia resultó ser un callejón sin salida; a estas alturas lo único que puede aliviar la situación es una mayor empatía con el mundo al que pertenecemos.
Todas esas burbujas unas dentro de otras que nos fuimos creando van a ir tronando puntualmente, cada una en su momento produciendo rupturas en que las cosas ya no vuelven a ser como antes. Estos cambios pueden ser sorpresivos y muy rápidos. La primera burbuja en estallar será la financiera, la cual ha creado una supra economía completamente divorciada de la realidad, donde se mueven billones de dólares que solo existen en papel o en computadora. La crisis financiera puede ser bastante grave, implicando el fin de la era de la globalización económica y provocando quiebras, desempleo, conflictos y toda clase de situaciones, pero la economía real se va a recuperar, aligerada del peso de esa economía parasitaria que la sofoca.
La siguiente burbuja en irse será la de la economía “real”, la de la gente que trabaja para vivir, a medida que recursos críticos para su funcionamiento empiecen a escasear. Hay un límite a lo que podemos extraer del planeta tierra, y hace ya un buen rato que lo superamos. Entre esos recursos están los combustibles fósiles, que han hecho posible el mundo moderno tal como lo conocemos, y sin los cuales tendremos que aprender a vivir de nuevo de una manera más simple y frugal, sin los conforts a los que nos hemos acostumbrado. Cuando truene la burbuja del petróleo barato con ella se irá el espejismo del progreso perpetuo, y también será el final del sistema económico vigente, el llamado capitalismo. La burbuja de la tecnología, que nos tiene completamente ofuscados, tampoco puede durar mucho tiempo sin dosis masivas de energía; la civilización tecnológica es función de los combustibles fósiles y sin ellos se reducirá sustancialmente.
También está la burbuja de la “civilización”, la que nos llevó a creernos tan superiores a todo y que estábamos por encima de las leyes del mundo natural. Y esto nos lleva a la última de las burbujas, la madre de todas ellas, que es el hecho de que hemos superado la capacidad portativa del planeta tierra y el impacto de nuestras actividades afecta a todas las formas de vida con las que lo compartimos. Nos hemos vuelto una amenaza para la vida en el planeta y el día que se rompa la ilusión de nuestro supremacismo nos llevaremos una buena sorpresa.

martes, 16 de enero de 2018

Percances del imperio


La enfermedad del militarismo
Las civilizaciones en su ocaso suelen caer en un militarismo virulento y una lucha descarnada por el poder. Agotan todas sus posibilidades y no les queda más que un suicidio colectivo. Se vuelven locos por el poder y cada quien se aferra a las migajas de las que se haya podido apropiar, llevándose a la sociedad entera por delante sin dedicarle un pensamiento. El poder saca lo patológico que hay en nuestra psique y no estamos preparados para resistirlo, no en este estado de nuestra evolución, inmaduros e irracionales como todavía lo somos.
En cualquier caso, en estas sociedades en decadencia los que se hacen del poder es por la fuerza de las armas, y es la casta militar la que se termina imponiendo; esa casta siempre fue parte de las altas esferas, pero en algún momento deciden que quieren el pastel completo y empiezan a hacer lo que quieren. Sucedió en Roma con la guardia pretoriana, que fundó Augusto en el año 27; Roma dejó de ser oficialmente una república y de manera abierta se convirtió en un imperio, con todo el poder concentrado en una sola persona que era él, el primer emperador. Pasaron varias generaciones y cien años después la guardia ya era el verdadero poder detrás del trono, y deponían y nombraban emperadores a su voluntad. A algunos los llegaron a asesinar y vendían el trono al mejor postor.
También sucedió con los abasidas durante el califato de Bagdad. El auge de la dinastía fue con Harun al-Rashid, por el año 800. Un siglo después los califas se habían convertido en marionetas de sus soldados turcos, que también los ponían y quitaban según su antojo. Según esto, en el 908 un califa gobernó tan sólo un día. Para el 935 el jefe de los soldados turcos se hacía llamar el comandante de comandantes y los califas se hicieron irrelevantes, meras figuras simbólicas para dar la cara y atender las ceremonias.
Es la naturaleza del poder; se les va de las manos y ni siquiera se dan cuenta.
Pues lo mismo ya sucedió en el gran imperio de nuestro tiempo, donde el poder está firmemente en manos del llamado complejo industrial militar. Son los que deciden la política interior y exterior de su país, y de todos los lugares a donde llegan sus tentáculos. Su objetivo es el control absoluto, full spectrum dominance, como dicen, y no pueden tolerar resistencia a sus designios. A Estados Unidos ya lo convirtieron en un estado policiaco en el que la policía más bien parece un ejército de ocupación disparando a la menor provocación, especialmente a negros, latinos y otras minorías. Los militares dieron un golpe de estado del que nadie se percató y se apropiaron de las riendas del imperio; se arrogan más del cincuenta por ciento del presupuesto federal y tienen dinero de sobra para hacer guerras, modernizar sus misiles nucleares y sembrar el caos. Las instituciones civiles se vuelven inefectivas y la clase política se pliega por completo.
Al pueblo le dan atole con el dedo y lo tienen bien hipnotizado haciéndole creer que yendo a votar cada cuatro años ya participan en la toma de decisiones y su país es una democracia. En realidad ellos quitan y ponen presidentes a su conveniencia, y a los que les estorban los matan como a Kennedy, o los quitan de en medio. Al que no se pliega lo quiebran. Cada gobernante se convierte en agente del sistema, o su carrera política no tiene mucho futuro. El presidente actual, Donaldo, es un buen representante de esta fase del proceso: el emperador bufón, ignorante, caprichoso, extravagante. Podemos pensar de él lo que queramos pero está cumpliendo su papel a la perfección; así como Ronald Reagan fue el gran comunicador, Trump es el gran distractor, que mantiene entretenido a su público con cada puntada con la que sale mientras el estado de sitio se cierra alrededor de la sociedad civil y el aparato industrial militar se posiciona para apropiarse hasta de la última riqueza y aferrarse al poder sin importar las consecuencias.
La enfermedad del militarismo con su concentración extrema de poder de hecho indica un grado avanzado de disolución social, un nihilismo mezclado de fatalidad que se propaga por todos los resquicios de una sociedad que hace un buen rato que perdió el rumbo.

El mitote de la democracia
Hace algunos años hubo elecciones municipales aquí en el pueblo donde vivo y el que se las daba de cacique local me platicó que le habían ofrecido la presidencia pero… “¿para qué la quiero? Si salgo de presidente voy a terminar quemado. Nunca le puedes dar gusto a todos, y siempre habrá gente descontenta. No me interesa dar la cara. En cambio, mira, si sale Fulano Pérez, es mi compadre; si sale Mengano González, también es mi compadre. El partido que gane, me da lo mismo; en cualquier caso yo hago mis negocios y nadie se mete conmigo.”
Y pues en eso consiste exactamente lo que nos da por llamar democracia: cada equis años cumplimos religiosamente con nuestro deber ciudadano y acudimos a depositar nuestro voto libre y secreto en la gran fiesta de las elecciones, todo para que los que tienen el poder lo sigan teniendo y los que están amolados lo sigan estando. Sí, cada gobernante tiene su propio estilo y se le da cierto margen para que pueda maniobrar dentro de límites perfectamente establecidos; también se le permite enriquecerse y que haga sus propios negocios mientras no llame la atención; presidentes y gobernadores representan intereses muy fuertes y si hacen un buen papel serán recompensados. El sistema de todas maneras se las arregla para que salgan los candidatos adecuados y hay toda clase de truquillos para influenciar los resultados. Se hace todo un circo cada vez que hay elecciones gastándose millonadas en publicidad durante meses, y el proceso se convierte en una faramalla que mantiene embobada a la gente en nuestra sociedad del espectáculo.
No mucho ha cambiado desde que la democracia supuestamente se inventó en Grecia hace 2500 años. El mito nos dice que los griegos desarrollaron esta forma avanzada de gobierno en que el pueblo decide su destino y cada ciudadano tiene voz y voto en la toma de decisiones que a todos les afectan y en la que se busca el bien común; en realidad la griega era una sociedad esclavista en la que la mayor parte de la gente, principalmente esclavos y mujeres, no tenía derechos políticos. Solo los hombres propietarios de terreno tenían derecho a votar, lo que la hacía una oligarquía. A fin de cuentas era una minoría la que decidía por todos, y a eso le llamaron democracia.
Algo sucede con la susodicha democracia que provoca un fervor cuasi religioso entre los que caen bajo su embrujo, y muy rápidamente se convencen de que su modelo no solo es el mejor sino el único posible y deciden que lo que más le conviene al resto del mundo es que se conviertan a la fe. Y da la casualidad histórica que precisamente aquellas naciones donde surge y se desarrolla esta forma de gobierno son las que se han lanzado alegremente a colonizar naciones más débiles para establecer sistemas de dominio y explotación y apropiarse de sus riquezas. Las naciones europeas, convencidas de que su cultura, civilización y organización política era vastamente superior a cualquier otra, se dividieron Asia, África, América y Oceanía, como si fuera un gran pastel e incluso después de que esos países recobraron su independencia ahí siguen metidos en lo que ahora es un colonialismo económico.
Actualmente los autoproclamados campeones de la democracia son por supuesto los Estados Unidos, que la han utilizado como bandera y justificación para invadir a medio mundo y cambiar los regímenes que no se alineen. También son los campeones de los derechos humanos, y con su responsabilidad por proteger se lanzan a intervenciones humanitarias donde lo consideren conveniente. El cinismo es impresionante. La realidad supera la ficción y 1984 de George Orwell ya fue rebasado: la guerra es la paz y se está en un estado permanente de conflicto.
El mito de la democracia les fue útil durante un tiempo pero ya no tienen necesidad de él y han decidido quitarse la máscara. Estados Unidos es un imperio y conceptos como democracia y derechos humanos se convierten en un estorbo cuando hay que tratar con las realidades desnudas del poder, como dijera uno de sus secretarios de estado allá por los años cincuentas. No es difícil imaginar que en un futuro no muy lejano alguna junta militar se haga abiertamente del poder como respuesta a una crisis real o inventada. Todo está en su sitio para que suceda.

El telón sobre el imperio
Y vemos como el telón cae sobre el imperio de nuestra época. Su máximo poder aparente lo tuvo durante la última década del siglo veinte, cuando oficialmente terminó la Guerra Fría y se deshicieron del último estorbo que se les ponía enfrente. A la Unión Soviética la mandaron al basurero de la historia, y a Rusia y los otros países que la conformaban los llevaron a la quiebra. Como buitres se abalanzaron sobre ellos, integrándolos a la economía de “mercado”, eufemismo que significa que se convertían en arca abierta para que las corporaciones y el gran capital pudieran crear un ambiente propicio para los negocios.
Era la época del triunfalismo efervescente, cuando se hablaba del nuevo siglo americano y del fin de la historia, de la nación indispensable y del full spectrum dominance. Se les subieron los humos y se fueron solos en su viaje, convencidos de que el planeta entero les pertenecía y que el imperio duraría eternamente, o algo así. Su doctrina en política exterior es impedir que naciones que pudieran no estar de acuerdo con su estatus de colonia coalescan en alguna alianza en potencia problemática, particularmente en Eurasia. La única manera de mantener este estado de las cosas es gastando billones en armamento, y cada año le gastan más, para mantenerse a la vanguardia y desarrollar las armas de destrucción y muerte más sofisticadas y efectivas.
También resulta que el armamentismo es un excelente negocio y mueve muchísimo dinero, de hecho mueve a la economía entera, y en este punto Estados Unidos necesita de un estado de guerra permanente para que su economía no se venga para abajo. Realmente está en bancarrota; su deuda externa es de 30 billones de dólares y el 5% del presupuesto federal es tan solo para pagar los intereses; más de la mitad de ese presupuesto es para armarse hasta los dientes y mantener un ejército con mil bases por todo el mundo. El país se sigue endeudando porque gasta más de lo que gana y el dólar se ha convertido en una moneda de fantasía que se puede imprimir todo lo que se quiera aunque no haya nada que lo respalde.
Socialmente Estados Unidos también se está cayendo en pedacitos. A la minoría dominante no le es posible asumir que la riqueza de la que se apropiaron pudiera alcanzar para muchas personas más, y tenemos la situación que unas cuantas familias poseen más que el resto de la población en conjunto. El racismo y la violencia que siempre han formado parte conspicua de su carácter nacional están levantando de nuevo la cabeza; la sociedad está saturada de armas, cualquiera puede adquirirlas y portarlas, y con harta frecuencia escuchamos de masacres colectivas en que alguien pierde la chaveta y se pone a disparar indiscriminadamente. Ese país ya se convirtió en un estado policiaco y represivo con tres millones de personas en el bote -más que cualquier otro país en números absolutos y en porcentaje de la población-, la mayor parte de las cuales por transgresiones menores a leyes absurdas. En realidad mantener a las personas en la cárcel es otro buen negocio, así como gran solución para mantener al exceso de población indeseada fuera de circulación.
Hay una lucha que se está librando entre las clases sociales, pero como dijera Warren Buffet, uno de los del selecto club de dueños del planeta, “la guerra la hacemos los ricos contra los pobres, y estamos ganando”. Los billonarios ya se hicieron abiertamente del poder y su objetivo es apañarse todo, cambiando leyes para explotar mejor los recursos, contaminar sin preocuparse por controles ambientales, y de paso pagar menos impuestos. Su voracidad es insaciable; lo tienen todo y quieren más, y se han convertido en verdaderas lapas que se chupan la sangre del anfitrión hasta acabar con él. La clase media que alguna vez gozó de los privilegios del imperio se encuentra en vías de extinción, o por lo menos dándose cuenta que las expectativas que tenían para la vejez y futuro de sus hijos se erosionan rápidamente.
A medida que la situación se deteriore, la gente, por más indoctrinada, condicionada y lavada del cerebro que se encuentre, creyendo desde niños que sus estilos de vida eran lo normal y su privilegio, empezarán a ver detrás de la máscara y en algún momento les caerá el veinte que quizás les vieron la cara, que la nueva realidad no es lo que ellos esperaban, y que cualquier otra alternativa no puede ser peor.

El hombre enfermo del mundo
No es difícil percibir las grandes tendencias geopolíticas del momento. Estados Unidos va en picada, y cualquier liderazgo que haya tenido se está evaporando como por arte de magia. Las naciones del mundo se están despertando a la idea de que el arreglo que los gringos les ofrecen no les conviene, y están buscando la manera de hacer sus asuntos y resolver sus problemas, que de por sí son graves, sin que todavía vengan a decirles cómo hacerlo e imponerles tratos ventajosos. China y Rusia ya se hicieron los grandes amigos y el proyecto que tienen de unificar Eurasia en una nueva ruta de la seda tiene el gran atractivo de que la riqueza que se genere se queda ahí mismo en lugar de irse a pagar deudas perpetuas a algún fondo monetario internacional. La idea es que todos y cada uno de los participantes se beneficie. Ya veremos cómo se desarrolla esto en la realidad pero por lo pronto están construyendo todo un entramado de gasoductos, trenes de alta velocidad y puertos de gran calado; invierten fuerte en infraestructura y, más importante, están creando su propio sistema monetario independiente del dólar.
Esto es precisamente lo que Estados Unidos no puede permitir, porque si el dólar pierde su estatus de moneda de reserva internacional el imperio se colapsa, incapaz de seguir pagando sus deudas y mantener ese enorme aparato militar. Y por eso están haciendo su berrinche y se van a meter donde nadie los ha llamado, provocando guerras, desestabilización y golpes de estado, rodeando al continente de bases militares, y metido como una cuña ahí en medio cuando ya nadie en Asia los aguanta y no ven la hora de que finalmente se vayan a atender sus propios asuntos en su rincón del mundo y los dejen en paz. Quizás todavía no haya llegado a ese punto pero para allá va.
Lo que ocurre es que se está conformando un mundo multipolar el cual es inevitable que suceda, pero la insistencia de los que dirigen el destino de ese país en seguir actuando como el poder hegemónico, excepcional e indispensable, basados únicamente en la fuerza de las armas, ya no convence a nadie, y se buscan alternativas.
La pérdida de liderazgo de Estados Unidos va mucho más profundo. Lo que sucede es que los tiempos cambiaron y no se dieron cuenta. Siguen aferrados a su modelo obsoleto, que les funcionó durante siglo y medio pero ha quedado rebasado por la realidad. Lo que hizo de Estados Unidos un imperio fue el control del petróleo y el uso masivo que le dieron en todos los ámbitos de la existencia, desarrollando un sistema socioeconómico de apropiación de los recursos y explotación a escala global. Este sistema ha crecido y crecido y el problema es que ha llegado al límite de sus posibilidades, y el límite es el planeta entero. Hemos provocado una crisis ambiental sin precedentes, que se define como la gran problemática de nuestra época, y que va a requerir un esfuerzo colectivo también sin precedentes simplemente para atenuar los peores efectos del trancazo. Esto ya no es ningún secreto, se está viendo, y el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, contaminación y deterioro general del gran ecosistema no los podemos seguir ignorando.
Y la respuesta que han tenido los dirigentes del imperio ha sido aferrarse a sus combustibles fósiles, y los van a ir a sacar hasta la última gota que se pueda, aduciendo que el cambio climático no es real ni provocado por nosotros; negarse a reducir sus emisiones de carbono e integrarse a los acuerdos internacionales que así lo piden, por más insuficientes que sean esos acuerdos; bloquear el uso y desarrollo de energías alternativas; condenar a priori cualquier cosa que huela a justicia social o comercio equitativo, y en general seguir a toda marcha con su modelo de consumo y acumulación que termina por consumirse a sí mismo.
La negativa de Estados Unidos de asumir el liderazgo en la cuestión más grave a la que se enfrenta la humanidad lo ha aislado, y progresivamente se verá como un paria y un estorbo para la sobrevivencia de los otros pueblos. Hasta sus mismas naciones aliadas y vasallas ya lo piensan y se dan cuenta que cuando el imperio caiga en pedacitos se los va a llevar a ellos por delante. Así como el imperio otomano en su decadencia era el hombre enfermo de Europa, el imperio actual se ha convertido en el hombre enfermo del mundo.

En la órbita imperial
México, como el resto de Latinoamérica, rápidamente se convirtió en el patio trasero del imperio. Todo empezó cuando los WASP (protestantes blancos anglosajones) que llegaron de Europa a América del Norte decidieron que el territorio que se habían apropiado de los indígenas no era suficiente y querían más. Lo querían todo y cuando vieron la abundancia y riqueza que había en estas tierras se cegaron de ambición; de alguna manera se convencieron que Dios se los había otorgado a ellos solos y que tenían un destino manifiesto para apropiárselo por completo y a expensas de todos los demás. A la gente que había vivido en este continente desde hacía milenios la exterminaron, y a los que no pudieron matar los mandaron lejos a reservaciones asimilándolos como ciudadanos de segunda.
Luego inventaron su guerra en la que nos invadieron por tres partes y tomaron la ciudad de México; no se fueron hasta que nos convencieron de cederles aquellos territorios del Norte, que de todas maneras estaban bien lejos de la capital. Se los regalamos. Estaban empeñados en llevarse también la península de Baja California, pero finalmente la pudimos conservar. Desde entonces hemos estado firmemente en la órbita imperial. Quizás en ocasiones nos dejaban un poco tranquilos porque tenían otras preocupaciones, como cuando tuvieron su guerra de secesión o se iban a pelear en las guerras mundiales, pero luego se acordaban de nuestra existencia y no podían resistir la tentación de venirse a meter en nuestros asuntos.
Bien lo dijo don Porfirio: pobres de nosotros, tan lejos de dios y tan cerca de Estados Unidos. Fue durante su mandato cuando el gran capital vino a instalarse y crear un ambiente agradable para las operaciones de las grandes corporaciones que estaban surgiendo. Ya sabemos cómo terminó el Porfiriato, pero es importante decir que la guerra civil se hubiera quizás podido evitar o ser menos violenta si a Madero se le hubiera dado la oportunidad de llevar a cabo sus reformas, pero fueron precisamente los Estados Unidos los que le dieron el visto bueno a Huerta para que diera su golpe de estado y se hiciera del poder, lo que provocó que una revolución que hasta entonces había sido pacífica y que ya había conseguido su objetivo de mandar al dictador al destierro se convirtiera en una lucha de todos contra todos.
Y así ha sido desde entonces. El imperio se fue expandiendo y terminó por meterse en todos lados con una agenda específica, que desde hace dos siglos plasmaron en la doctrina Monroe: América para los americanos, que son ellos. Los gringos se auto nombran americanos, como si el resto de los habitantes del continente no lo fuéramos. Ya desde fines del siglo 19 habían extendido su yugo por todo el hemisferio, y no han dudado en provocar guerras, golpes de estado, desestabilización, insurrecciones, fraudes electorales, o lo que se haya necesitado para asegurarse de que los regímenes en cada nación fueran de su agrado.
Pero después resultó que el continente entero les quedó chico, y a partir del fin de la primera guerra mundial, cuando se vio que los imperios europeos no tardarían en colapsarse, fue que la élite dominante de los Estados Unidos se hizo la idea de aceptar su vocación de nuevos dueños del planeta, el primer imperio a escala global. Siguieron utilizando los mismos métodos que les funcionaron tan bien en otros lados, y se hicieron expertos en el arte de influir en las elecciones y toma de decisiones de aquellos países donde tienen intereses comerciales, que prácticamente son todos. Esto lo han hecho abierta y descaradamente, como cuando mandan a su ejército a intervenir en algún lado, o de maneras más encubiertas, y tienen sus organizaciones que se dedican a hacer ese trabajo sucio. Resulta surrealista ver el mitote que hacen porque supuestamente Rusia influyó en sus elecciones, cuando eso es lo que ellos hacen continuamente, por doquier, como si fuera una prerrogativa que no se cuestiona.
Es esa burbuja que los separa de la realidad lo que viene a ser el talón de Aquiles de los imperios. Terminan creyéndose la historia que ellos mismos inventaron del destino manifiesto y superioridad racial, y a medida que se genera resistencia responden aferrándose a su control y armándose hasta los dientes. Sin embargo, el militarismo desbocado no es una señal de fuerza, sino de debilidad. Es el miedo el que los impulsa, el terror de perder su preponderancia y volver a ser una nación como las otras, sin privilegios ni relaciones asimétricas de poder.

Las religiones de la civilización
Los imperios por supuesto siempre tienen a los dioses de su lado. La religión juega un papel muy importante en todo esto, así como la faramalla de los ritos y procesiones, la pompa y circunstancia. Podemos imaginarnos el poder que tenían los sacerdotes mayas o aztecas cuando le sacaban el corazón a un ser humano desde lo alto de la pirámide y con eso le aseguraban al populacho que el sol saldría al día siguiente. En algunas regiones de Medio Oriente la gente podía sacrificar a sus propios hijos primogénitos para apaciguar a los dioses, que parecían tener un apetito insaciable por todo tipo de sacrificios.
La religión que trajeron a América los invasores europeos no fue menos sangrienta, y se utilizó para justificar los peores excesos. Normalizó el desprecio absoluto que se tenía por la cultura, las costumbres, la manera de vivir y de pensar de la gente que vivía por estos rumbos, a los que solo se les dejó la opción de doblegarse y acomodarse a las nuevas maneras. En algunas regiones como Mesoamérica o los Andes encontraron culturas fuertes con las que llegó a haber fusión de ideas y costumbres, pero en muchas otras la población local fue exterminada o asimilada por completo. Hay que entender el proceso de evangelización como parte primordial de la política oficial en las colonias, y las misiones como avanzadas en terreno inhóspito.
La gran diferencia entre la colonización de Hispanoamérica y Angloamérica es que los soldados españoles y portugueses que llegaron a la conquista eran hombres solos que venían a hacer fortuna con la esperanza de arricar y regresar a la madre patria a pasar sus últimos años; tenían necesidades físicas e inevitablemente hubo mezcla con la población local. Los anglosajones que llegaron un siglo después estaban huyendo de las penurias y la hambruna y venían las familias enteras y si podían hasta con el perico porque ya no tenían intenciones de regresar nunca más a Europa. Venían a establecerse y hacer su vida y tuvieron muy poca necesidad o gusto de relacionarse con la gente nativa, a la que más bien vieron como un estorbo y una presencia indeseable. La vertiente del cristianismo que trajeron los puritanos anglosajones resultó ser particularmente intransigente, con un dios tiránico, celoso e inflexible que niega la humanidad de otras razas y pueblos. Esa creencia de ser excepcionales e indispensables no es nada nuevo, siempre lo han tenido bien latente.
Recuerdo que durante la primera guerra del Golfo, en 1991, salió en el noticiero la misa solemne que llevaron a cabo en alguna catedral los mandarines del imperio, incluyendo al presidente Bush el viejo y sus secretarios de estado, para pedir la protección de Dios poco antes de empezar las hostilidades. Esa guerra fue una matazón en la que cientos de miles de soldados y civiles iraquíes murieron y el ejército gringo les disparaba como si estuvieran cazando pavos en la famosa carretera de la muerte, pero estaban ahí muy devotos comulgando los mandamases convencidos de tener el monopolio de dios y de sus bendiciones. Uno se pregunta qué parte de No Matarás fue la que no entendieron.
En la jerarquía social las castas religiosas siempre han estado cerca de la cima, gravitando alrededor de los círculos de poder y otorgando legitimidad al orden de las cosas. Indudablemente en cada religión ha habido individuos movidos por altruismo y un genuino amor a la humanidad y a la creación del dios en el que creen, pero la institución en sí ha sido utilizada demasiado frecuentemente como parte de un sistema de control y manipulación para tener sometidas a las masas.
Las religiones son creaciones de la civilización, muy diferentes a la espiritualidad de pueblos indígenas que viven en estrecho contacto con el mundo natural. Es posible suponer que cuando nuestra propia civilización industrial moderna llegue al límite de sus posibilidades, como ya lo está haciendo, y dependiendo de lo grave que sean las crisis que se nos vengan encima, haya un abandono colectivo de los viejos dioses que fueron incapaces de sacarnos del apuro y surjan otras creencias y esquemas religiosos mejor adaptados a las nuevas circunstancias.

El último imperio
“Robar, saquear y matar, a esto lo denominan imperio; y donde hacen una desolación, le llaman paz”. Así lo dijo Tácito, cronista de su época, hace dos mil años, durante la larga decadencia de Roma. Y fue una desolación la que dejo detrás el imperio romano: a Europa le llevó casi un milenio recuperarse. Al norte de África le fue peor: las planicies costeras que se habían convertido en el granero de Roma fueron sometidas a tanto abuso que muchas regiones terminaron por desertificarse. Los bosques de todo el Mediterráneo y de tan lejos como Crimea desaparecieron en la vorágine.
Eso es lo que hace un imperio, acabar con todos los recursos a los que puede echarles mano, porque cada vez necesita más y más para mantener los estilos de vida de una población creciente que parece nunca tener suficiente, empezando por las élites que le agarran el gusto al confort y los privilegios y no pueden siquiera imaginar empezar a vivir con menos.
El caso es que siempre necesitan más recursos y cuando se acaban los del territorio en el que viven se lanzan alegremente a invadir todo lo que pueden y tan lejos como la tecnología de la época se los permita. Imponen tributo y arreglos abusivos a los pueblos sojuzgados, e implantan regímenes dóciles y cooperativos. De lo que se trata es de apropiarse de la riqueza, y durante un tiempo lo consiguen. Pero eventualmente la entropía prevalece y es físicamente imposible seguir generando una riqueza que ya no existe, por más draconianas que sean las condiciones que se impongan o poderosos los ejércitos que se utilicen. La riqueza se acabó. Hay un límite a lo que la tierra produce y a la capacidad portativa para nuestra especie.
Los imperios son inherentemente insustentables. Pueden crecer hasta cierto punto, y de ahí no pasan. Al no poder seguir creciendo implotan, y su sed insaciable de recursos cada vez más escasos se convierte en un callejón sin salida. Son organismos parasitarios que viven de sembrar el caos y chupar las energías vivas de su entorno, hasta que el caos agarra vida propia y los termina devorando.
Pero cualquier devastación que hayan provocado los anteriores imperios, por más grave que haya sido en su rincón del planeta, no se compara con lo que está sucediendo ahora. El auge del imperio americano coincide con el asalto final a la biósfera, como si estuvieran decididos a no dejar nada a las generaciones futuras. Ya llegó al punto patológico, obsesivo-compulsivo, en que son incapaces de detenerse y la pura inercia los está empujando hacia el abismo. Este es el último imperio, efectivamente, porque después de éste no habrá manera de que surja otro, no en mucho tiempo y no en esta escala. Como ya ha sucedido en muchas otras ocasiones, la última fase de una civilización en estado avanzado de descomposición la representa un Estado Universal, que esta vez lo quiso ser Estados Unidos, aunque no le duró mucho el gusto. Otros imperios han durado más tiempo, pero los ritmos se han acelerado, y estamos llegando muy rápidamente a límites y puntos de inflexión.
En esta etapa final el imperio todavía puede hacer mucho daño, y lo va a hacer; es grotesca la manera como insiste en imponer su voluntad en cualquier circunstancia. Como tigre acorralado da zarpazos a diestra y siniestra, y este tigre está armado hasta los dientes con armas terriblemente destructivas. Las grandes corporaciones trasnacionales están desatadas, golosas y voraces, imponiendo tratados de libre comercio cada vez más ventajosos, y con un aparato militar respaldándolos en los casos reticentes. Las guerras por el petróleo y otros recursos están provocando millones de refugiados y ya son muchos los estados en Medio Oriente y África que solían ser prósperos y ahora son fallidos, después de la intervención de los Poderes que Son. Y ni siquiera hemos empezado a hablar de la disrupción que ya está provocando el cambio climático y deterioro ambiental, y que solo se puede ir acelerando.

El panorama es sombrío. En la fase terminal del imperio el poder se ha concentrado a tal extremo que ya no pueden manejarlo. Es cuando empiezan a decir que para qué quieren armas nucleares si no las pueden utilizar. Enceguecidos por la soberbia y la ambición se desconectaron de las fuerzas de la vida y se olvidaron de nuestra humanidad común.