martes, 25 de octubre de 2016

Hacia dónde va la educación







por David Cañedo Escárcega

Un sistema insostenible

La crisis ambiental que define a nuestra época y que va a terminar definiendo nuestras vidas se hace cada vez más evidente. El cambio climático ya llegó y se instaló: de aquí no se va a ir a ningún lado. Cada año es más caluroso que el anterior y cada mes se rompe un nuevo record. Las rachas de calor se hacen más intensas y los eventos de clima extremo son más frecuentes y devastadores. Aparentemente ya es inevitable un aumento de varios grados de temperatura global en el transcurso de nuestras vidas, superando cualquier capacidad de adaptación que la sociedad tenga hacia esos cambios.

Los compromisos que hacen los gobiernos internacionales en sus cumbres anuales son patéticamente insuficientes: es claro que en la medida en que alcanzan a entender las implicaciones de lo que está pasando no hay voluntad política para tomar medidas que empiecen siquiera a atender las razones de fondo de la crisis o a implementar los cambios estructurales en el sistema que se necesitan. Los enormes intereses creados que hay de por medio son intocables al parecer, y la viabilidad y continuidad del modelo económico no se cuestionan. Da la impresión que su único objetivo es ganar tiempo, y se va a seguir adelante hasta que ya no se pueda hacerlo.

No solo es el cambio climático por supuesto; la alteración del clima global es una de las manifestaciones más graves de la crisis de nuestra época, pero no es la única, y quizás ni siquiera sea la más grave. Hay un proceso generalizado de deterioro ambiental que está sucediendo en todos los niveles, del macro al micro; son ecosistemas completos los que están fallando y la diversidad biológica se está perdiendo a un ritmo que no se puede dejar de percibir. La vida desaparece por todos lados, y son miles de especies las que están siendo llevadas a la extinción. Bosques y selvas están bajo ataque, los arrecifes de coral se están blanqueando, los océanos se están acidificando, y no hay rincón del planeta adonde no llegue la contaminación.

En cuanto a los asuntos puramente humanos y las sociedades que nos hemos creado, hay recursos críticos para el funcionamiento del sistema que están empezando a escasear. Eso incluye fuentes de energía como el petróleo, metales y minerales indispensables para los procesos industriales, así como el agua, la tierra fértil y espacio vital para una población que ha crecido a un ritmo exponencial y cuyos números siguen aumentando. La escasez de recursos intensifica toda clase de conflictos y no se puede descartar una guerra generalizada entre varias potencias con uso de armas nucleares. La situación geopolítica internacional es bastante precaria así como está, y podemos suponer que inevitablemente se seguirá deteriorando.

La economía global es un castillo de naipes que ha crecido todo lo que ha podido crecer, y que está llegando al punto de implosión al no poder seguir creciendo. Hay toda una economía virtual de altas finanzas cada vez más divorciada de la realidad basada en niveles insostenibles de deuda y en la especulación y manipulación de toda clase de productos financieros cada vez más oscuros e incomprensibles. Las bolsas de valores son básicamente un casino en el que todo mundo se quiere hacer rico de la noche a la mañana, todo mundo desesperado por más y más dinero, y la riqueza que se genera a todo lo largo del sistema está cada vez más concentrada en unas cuantas manos. El sistema no beneficia a todo mundo, lejos de eso, y hasta la clase media que creía estar relativamente segura de repente descubre que no puede seguir manteniendo su nivel de vida.

A estas alturas del partido es claro que el modelo capitalista industrial basado en producir por producir para consumir por consumir, en la explotación indiscriminada de los recursos, la concentración de los beneficios y la externalización de los costos, en el crecimiento hasta el infinito y la irresponsabilidad social y ambiental, es un callejón sin salida. El modelo está haciendo agua por todos lados; es insostenible, pero antes de caerse por su propio peso nos estamos llevando al planeta por delante.

La esencia del sistema

Desde que surgieron las primeras civilizaciones hace seis mil años hasta muy recientemente la educación tal como existía siempre estuvo restringida a las élites y castas gobernantes. Por lo general la mayor parte de la población se dedicaba a trabajar la tierra y era iliterata; la movilidad social era prácticamente inexistente y la clave del contrato social era aceptar el papel que le había tocado jugar en el gran orden de las cosas: si había uno nacido campesino o artesano lo seguiría siendo durante toda su vida, así como sus hijos y descendientes, y eran raros los individuos que por una combinación de dotes excepcionales, de azares del destino y de aprovechar al máximo las oportunidades que se le presentaban conseguían romper ese ciclo y avanzar en la escala.

Ya sabemos que la esencia de ese fenómeno que llamamos civilización es la estratificación social y el surgimiento de castas y jerarquías; a diferencia de las llamadas sociedades tradicionales que siempre han sido básicamente comunitarias y en las que el poder y la riqueza tienden a distribuirse horizontalmente, en las civilizaciones las relaciones de poder son verticales y tanto el poder como la riqueza tienden a concentrarse; la estructura social es una pirámide en cuya cima hay un pequeño grupo de elegidos que deciden los destinos de la sociedad en conjunto y en el que el resto de la población tiene muy poco que decir con respecto a decisiones que los afectan a todos.

Este estado de las cosas tiende a perpetuarse, y la gente que ha probado y le ha encontrado el gusto al poder y los privilegios se aferra a ellos hasta las últimas consecuencias. Cada civilización desarrolla una amplia gama de mecanismos para que este orden establecido se siga manteniendo; eso incluye sanciones divinas y construcciones ideológicas, filosóficas y religiosas que le dan legitimidad a todo el borlote y que vienen aderezados con toda clase de ritos y ceremonias que forman parte de la faramalla; también incluye leyes y aparatos legislativos y, muy importante, también incluye la educación.

La educación siempre fue un monopolio de las élites, en cuyo interés estaba mantener al pueblo en la ignorancia. Había una educación reservada para los nobles y otra para el pueblo, como en el caso de la sociedad azteca que contaba con el calmécac en el que se enseñaba el arte de gobernar a la clase dominante y con el telpochcalli en el que se entrenaba a los jóvenes del pueblo a ser buenos soldados.

La educación pública, obligatoria y universal es un fenómeno relativamente reciente en la historia de la humanidad, que empezó a tomar forma hace un par de siglos y a implementarse en todo el mundo apenas durante el siglo pasado. Es importante entender que la propagación de sistemas nacionales de educación y de salud fue posible gracias a la bonanza de la que hemos gozado durante este último par de siglos precisamente en la forma de enormes reservas de energía que hemos hecho correr por el sistema; no es una casualidad que nuestra sociedad completamente dependiente de los combustibles fósiles haya podido universalizar la educación.

Ahora todo mundo tiene derecho a educarse y sin embargo desde el primer momento la educación pública fue utilizada como un instrumento del poder. Indudablemente siempre hubo educadores y personas de visión que lucharon altruistamente por la causa noble de hacer la educación accesible a todo mundo, pero fueron los políticos y los burócratas los que ganaron la partida. Parece que el objetivo de la educación sigue siendo el mismo que hace cinco mil años: perpetuar el orden establecido. A los jóvenes se les condiciona para que acepten el papel que les tocó jugar en el gran orden de las cosas: si eres obrero, sé un buen obrero. Si eres oficinista sé un buen oficinista. Si consigues colarte a la universidad y terminas siendo ingeniero, sé un buen ingeniero. Hasta donde llegues en la escala, haz lo que tengas que hacer y no des lata. Sé un buen trabajador, sé un buen consumidor, y NO cuestiones el orden de las cosas. Las cosas son como son y así seguirán siendo. Es la esencia del sistema.

Un sistema educativo que no funciona

El sistema educativo es un fiel reflejo del sistema social, económico y político que lo genera, y éste es un sistema burocrático, centralista, autoritario, altamente jerarquizado y homogeneizante. En este sistema, todas las decisiones relevantes se toman en el centro y es muy poca la capacidad de decisión que se deja a la periferia. Los modelos son elaborados e impuestos desde arriba por gurús de la educación que con harta frecuencia tienen un completo desconocimiento de la realidad en el campo mexicano. Estos autoproclamados expertos cuentan con maestrías y doctorados en universidades extranjeras pero probablemente nunca han puesto un pie en un salón de clases en un medio rural, y son incapaces de comprender las razones de fondo, históricas, sociales y culturales, del rezago educativo y de los alarmantes niveles de deserción escolar que tenemos a todo lo largo del sistema.

En México de cada mil niños que empiezan la primaria 450 pasan a la secundaria y 190 entran a la preparatoria, de los cuales solo la mitad la termina. Y de esos son 45 los que entran a la universidad y solo cuatro se titulan. Hay 10 millones de mexicanos aproximadamente que no saben leer ni escribir, y otros diez millones que olvidarán como hacerlo porque solo cursaron hasta tercero de primaria y nunca practican lo poco que aprendieron.

Las comparaciones son odiosas, por supuesto, pero para algo pueden servir. El sistema de escritura en Japón es extremadamente complicado. Cuenta con dos alfabetos, o silabarios, el hiragana y el katakana de 46 símbolos cada uno, y 2000 caracteres chinos, o kanji, que forman el currículo básico y que los jóvenes aprenden de la primaria a la preparatoria. Al terminar la prepa ya pueden leer libros y periódicos. Pues así de complicado, prácticamente no existe el analfabetismo en ese país. El alfabeto latino cuenta con 26 símbolos, y tenemos millones de analfabetas. Para los que crean que es una cuestión de disciplina oriental, más cerca de casa tenemos el ejemplo de Cuba, donde el analfabetismo tampoco existe, o es mínimo, y prácticamente todo mundo cuenta con la prepa terminada.

El problema es el sistema que nos hemos creado. Nuestros gurús de la educación elaboran modelos y reformas educativas que van y vienen sin que tengan mucho efecto sobre las problemáticas de fondo; se atacan los síntomas pero no se toman en cuenta las realidades locales. Se pretende adaptar la realidad a los modelos, cuando son los modelos los que deben de adaptarse a la realidad. Huelga decir que todos estos modelos impuestos desde arriba están condenados a fracasar, como han fracasado en México en los últimos 70 años, si no es que 500, hasta que no se decidan a incluir a la realidad a la hora de diseñarlos.

En este sistema homogeneizante y altamente burocratizado la forma es más importante que el contenido, y se pretende imponer un solo estándar a toda la república, desde Baja California hasta Chiapas. Se trata a los alumnos como si fueran clones, que tienen que aprender exactamente lo mismo y al mismo ritmo, y que tienen que terminar su secundaria o su bachillerato sabiendo exactamente las mismas cosas. La necesidad de estandarizar es más importante que el hecho mismo de que los alumnos puedan desarrollar su potencial. El sistema se preocupa más por obligar a los estudiantes a que se conformen a un modelo impuesto desde arriba que por desarrollar las capacidades innatas de cada individuo y de estimular su creatividad y su curiosidad por aprender cosas nuevas.

El modelo educativo vigente es un producto de la cultura de masas, y lamentablemente está más enfocado a conformar a los individuos a la masa que a despertar su capacidad crítica y de cuestionamiento de las estructuras existentes. Ultimadamente todo este aparato está basado en el control y en la coerción; es la única manera en la que se puede sostener. Se controla a los maestros y se controla a los alumnos. A todo mundo se le obliga a hacer cosas por las que probablemente no se siente la menor inclinación y el control permea cada paso del proceso. Quizás por eso los efectos son tan contraproducentes.

Lo esencial en la educación

Mi sobrina acaba de entrar a la secundaria, y no llevaba tres días de asistir cuando regresó diciendo que odiaba las matemáticas. Antes le gustaban, y ahora las odia. Resulta que desde la primera clase el profesor los saturó con toda clase de reglas absurdas: tienen que entregar el cuaderno escrito de esta manera, y si te pasas del margen te quito puntos, y si haces o no haces las cosas así te bajo más puntos, y si no entregas las tareas a tiempo ya no tienes derecho a calificación, y si te tardas un minuto en llegar a clase ya no te dejo entrar, y todo tiene que ver con la calificación; por cualquier cosita te bajan o te suben puntos y al parecer lo único que le importa a todo mundo es obtener una calificación aprobatoria.

Aparentemente la calificación es la única manera que se tiene de obligar a los alumnos a hacer cosas que de otra manera no harían. De hecho, la calificación es la piedra de base sobre la que se apoya todo nuestro sistema educativo. Desde niños se les enseña a los alumnos que para obtener la calificación cualquier cosa es válida. La calificación es más importante que el hecho mismo de aprender. En lugar de hacer del aprendizaje un proceso creativo de exploración del mundo que nos rodea y de empoderamiento al descubrir cosas que no sabíamos antes, lo convierten en algo fastidioso y aburrido que se hace por obligación y por salir del paso.

Recuerdo hace muchos años cuando iba en la preparatoria teníamos un maestro de anatomía que era una lumbrera, con toda una colección de maestrías y doctorados de universidades de prestigio. Lamentablemente el señor no sabía enseñar y sus clases eran tediosísimas. La disciplina era férrea, apenas y podíamos respirar, y los exámenes eran de terror: había que aprenderse de memoria cientos de nombres de huesos, órganos y músculos, que terminaba uno confundiéndolos todos. ¿Qué recuerdo de todo eso? Absolutamente nada. Todo lo que uno “aprendía” se olvidaba pasando el examen. Eso sí, le agarré una tirria a la materia de por vida.

Así como lo veo, lo esencial en la educación no es que los alumnos aprendan, sino que los alumnos comprendan. Es un enfoque radicalmente distinto. La mayor parte de lo que supuestamente se aprende en la escuela muy rápidamente se olvida. A veces tan rápidamente como terminando el examen. En la vida diaria estamos siendo bombardeados constantemente por toda clase de información nueva, alguna más útil y relevante que otra, y no hay espacio en nuestros cerebros o en nuestras vidas para procesar y asimilar toda la información que no necesitamos o que no nos interesa. Las cosas que en algún momento creímos saber las dejamos que se olviden porque hay otras cosas que captan nuestra atención. Solo lo que se comprende se retiene; todo lo demás se olvida.

El objetivo de la educación es desarrollar las potencialidades de cada individuo, no que se conformen a un estándar. Por obvio que parezca, al enseñar una materia lo importante no es que los alumnos memoricen un montón de datos y definiciones que a nadie le interesan sino que tengan una visión panorámica y comprendan las bases generales de la materia que se imparte y la única manera de conseguirlo es despertando su interés por el tema. Hay que reconocer que un alumno no tiene porque estar interesado en todas las materias que se le imparten. El alumno tiene el derecho legítimo de no tener el menor interés en alguna o varias materias en particular, y es una de las funciones del maestro tratar de despertar el interés de sus alumnos por la materia que imparte, y sabiendo que no siempre va a tener éxito en todos los casos.

Todo mundo, pero particularmente los niños y los jóvenes, tenemos una curiosidad innata por aprender cosas nuevas y por comprender la realidad que nos rodea; este proceso por el que se amplía nuestro conocimiento y nos relacionamos con nuestro entorno tiene sin embargo que estar anclado en la libertad: las cosas se aprenden por gusto y no por obligación.

La ilusión del control

En el modelo educativo vigente en nuestro país, basado en competencias, es muy importante llevar a cabo una planeación minuciosa, y tomar en cuenta hasta los últimos detalles. Todo debe de estar perfectamente controlado: hay un programa de estudios que se elaboró en algún lado y al que hay que ajustarse religiosamente; hay cronogramas que nos permiten saber exactamente en qué día se va a ver cada tema a lo largo de todo el semestre; se hace un diagnóstico de cada grupo al cual se le imparte clase para evaluar sus habilidades y destrezas, actitudes y valores; se elabora una “Planeación de la Secuencia Didáctica” en la que se analizan las actividades, los atributos, las evidencias y los instrumentos de evaluación de cada unidad de competencia; se hacen cuestionarios sobre planeación didáctica para controlar que el docente se esté ajustando a las normas y que todo esté funcionando de acuerdo a lo previsto; existen también formatos de secuencias formativas, formatos de planeación didáctica, formatos de plan de clase, formatos de lineamientos de evaluación, formatos de instrumentos de evaluación, formatos de estrategias de enseñanza y aprendizaje, formatos de avance programático, formatos de guías de observación, formatos de propuestas de evidencias, formatos de listas de cotejo, formatos de supervisión docente, formatos para hacer más formatos, y una lista interminable de formatos cuya única función ultimadamente es la de tenerlo todo bajo control. Porque a eso es a lo que se ha reducido nuestro sistema educativo, a un sistema de control.

Estamos ahogados en un mar de formatos. Para el sistema educativo nacional lo importante al parecer son las formas, no el contenido; lo importante es obtener una calificación aprobatoria, no lo que se haya aprendido, y todo parece girar alrededor de obtener puntajes altos en exámenes formulaicos y de inflar las estadísticas. La consigna que se ha dado a los maestros en todo el país y en todos los niveles del sistema es pasar a los alumnos al siguiente nivel, aunque no sepan nada ni tengan el menor interés en la escuela, con tal de inflar las estadísticas.

Es impresionante, todo un modelo educativo basado en la preponderancia de las formas. Esa importancia excesiva que se le da a las formas, sin embargo, solo puede ir en detrimento de la calidad de la educación. Los formatos actúan como una camisa de fuerza que asfixian la creatividad y el espíritu crítico e independiente tanto de los docentes como de los alumnos, así como del mismo sistema que es incapaz de cambiar y de adaptarse a los nuevos tiempos y de hacer frente a los grandes retos a los que nos enfrentamos en este siglo.

En este sistema, los maestros son poco más que peones sacrificables en el gran juego de la política nacional. Al maestro, que es la piedra angular de todo ese edificio que se llama educación, no se le permite la menor capacidad de decisión sobre asuntos que conciernen a su práctica docente; el espíritu crítico y reflexivo que supuestamente se pretende inculcar en los jóvenes en realidad ni siquiera se nos permite a nosotros los docentes.

En este contexto, el principal objetivo de la presente reforma educativa parece ser simplemente ajustar las ruedas del engranaje. Apretar las tuercas. No se quiere dejar ningún cabo suelto, se quiere tener todo bajo control. Todo es control, control y más control.

¿Pero qué exactamente es lo que se quiere controlar? Mientras más se les va el control de las manos, más se quiere controlar, y mientras más se quiere controlar más se les va el control de las manos. Aparentemente ya estamos llegando al punto en que todo el castillo de naipes se viene para abajo, y se cree que aferrándose al control se va a salvar la situación. Esta tendencia por supuesto no es exclusiva al ámbito educativo, sino que se manifiesta en la sociedad en conjunto. Nos estamos aproximando a varios puntos de ruptura; ecológica, económica y socialmente hay crisis a la vuelta de la esquina, a medida que llegamos a los límites del crecimiento y nos topamos con la insustentabilidad estructural del sistema.

Hacia un nuevo modelo educativo

El mundo está cambiando, y muy rápidamente. El modelo capitalista de explotación de los recursos ha crecido todo lo que ha podido crecer, y está llegando al límite de lo que puede seguirlo haciendo. La obsesión por el crecimiento económico que es la razón de ser de todo este sistema está dejando a su paso un panorama desolador; hay una crisis ambiental que no se puede seguir ignorando y que solo puede seguirse haciendo peor. El ritmo al que se está deteriorando el medio ambiente aquí donde vivo y en la región y en el estado y en el país y en el planeta entero está agarrando vuelo y estamos entrando a toda velocidad a la fase irreversible; por donde quiera que volteemos si comparamos el estado de los ecosistemas tal como están ahora a como estaban hace apenas 30 o 40 años la diferencia es impactante. Este ritmo de deterioro no se está frenando, se está acelerando, y podemos suponer que en los próximos 30 o 40 años, es decir, en vida de los jóvenes de ahora, la diferencia será todavía más dramática.

Y mientras tanto las instituciones y modelos culturales, sociales e ideológicos que nos rigen siguen atrapados en esquemas retrógrados que ya han sido rebasados por la realidad. En particular el modelo educativo vigente en este país es completa, total e irremediablemente obsoleto. Esas competencias son tan del siglo veinte. Al parecer los gurús de la educación y los señores que rigen los destinos de la nación siguen creyendo que el objetivo de la educación es hacer a los jóvenes competentes para la industria. Uno quisiera decirles que el mundo ya cambió. Ya son otras las circunstancias. Los retos a los que se enfrentarán los jóvenes en el transcurso de sus vidas son de una índole distinta. Su modelo industrial está haciendo agua por todos lados, y mientras más pronto se den cuenta mejor será para todos.

Ese modelo basado en competencias, que de por sí nunca fue muy bueno para atender las problemáticas y rezagos educativos ancestrales que arrastramos en este país, de hecho ya fue descartado en sus mismos países de origen, que se dieron cuenta que cualquier función que ese modelo haya tenido ya se cumplió y que es hora de moverse a otras cosas; nosotros aquí seguimos aferrados a ese modelo viejo de hace 40 años al parecer paralizados de terror e incapaces de implementar cualquier cambio que vaya en contra de la ideología imperante o de la estructura del sistema. Reformas educativas van y vienen y seguimos en las mismas. La reforma que se impulsa actualmente es más de lo mismo: control, centralización, homogeneización y concentración de la toma de decisiones. Tales reformas, elaboradas desde la lógica del poder, son incapaces siquiera de arañar la complejidad de las problemáticas actuales; no atienden las razones de fondo del rezago educativo ni preparan a los jóvenes para los grandes retos a los que se van a enfrentar en el transcurso de sus vidas.

Es necesario un modelo educativo para el siglo 21. Todavía seguimos con la inercia del siglo veinte. ¿Será necesario llegar a una crisis o punto de ruptura para despabilarnos y empezar a explorar otras alternativas? Dentro de un par de décadas algunos de los cambios que es necesario hacer nos van a parecer evidentes, y nos vamos a sorprender de que hayamos dejado pasar tanto tiempo para empezar a ponerlos en práctica. Muchos de estos cambios serán por supuesto forzados por las circunstancias; como ya lo dijimos el mundo está cambiando muy rápidamente y el ritmo de cambio se está acelerando.

Aquí lo único que hay que decidir es si 30 o 50 años los consideramos corto, mediano o largo plazo. No es mucho el margen de acción con el que se cuenta; el tiempo pasa muy rápido y cualquier medida que se tome tarda mucho en implementarse y en empezar a hacer alguna diferencia.

El modelo educativo finlandés

Una de las propuestas más interesantes que se están implementando en materia educativa es la que se está llevando a cabo en Finlandia. Todos hemos oído hablar del modelo educativo finlandés y conviene enterarse bien de los detalles. Se nos dice que hasta 1972 por lo menos la mitad de los alumnos no hacían estudios secundarios. Había mucha deserción entre los jóvenes de familias modestas que abandonaban la escuela para buscar algún trabajo. A partir de 1978 se acometió la reforma de su sistema educativo, y en tan sólo tres décadas consiguieron acabar con la deserción y ahora prácticamente la totalidad de los alumnos terminan la preparatoria o equivalente. Asimismo, colocaron a su país entre los más altos puestos a nivel mundial en materia educativa, obteniendo invariablemente los mejores puntajes en las pruebas internacionales. En algunas de estas pruebas, como la llamada PISA, México ocupa consistentemente alguno de los últimos lugares, así que no estaría de más tratar de comprender las razones del éxito de los finlandeses.

La clave de su modelo es que la educación gira en torno a las necesidades del alumno, de cada alumno. Se entiende que cada persona es única y tiene diferentes potencialidades, que se desarrollan óptimamente en un clima libre de coerción y de mecanismos de control; la idea es que los alumnos aprendan “amando aprender”. Los alumnos descubren que hay materias que les interesan más que otras, y el sistema les da una gran libertad de elección para organizar sus estudios. Esa libertad es progresiva, y está en relación con el grado de madurez de los alumnos. Lo importante aquí es el concepto: en lugar de tratar de que los jóvenes se conformen a un molde establecido y homogeneizante en el que todo mundo tiene que salir sabiendo exactamente lo mismo como si fueran clones, tienen el espacio para construir poco a poco su autonomía de acuerdo a sus gustos e intereses al tiempo que desarrollan un sentido de responsabilidad con relación a sus estudios. Es decir, en lugar de pretender que el alumno se conforme al sistema, es el sistema el que se conforma a las necesidades del alumno.

La otra clave del éxito del modelo finlandés son los maestros. Se entiende que los profesores son personas preparadas y responsables, y tienen una completa libertad pedagógica y un amplio margen de autonomía y de iniciativa. Cada maestro es libre de implementar los programas de estudio de acuerdo a su criterio y de la forma en que lo juzgue más conveniente, eligiendo sus propios métodos y materiales de enseñanza y la manera de evaluar a los muchachos. De hecho, el gobierno central tiene muy poca injerencia en la elaboración de los programas de estudio; son las autoridades locales, municipales y los profesores los que deciden qué y cómo se va a enseñar a los alumnos. El sistema escolar finlandés está basado en una cultura de la confianza y la ausencia de controles, y eso básicamente es lo que está produciendo los resultados.

A algunas personas les resulta difícil concebir que un modelo como el finlandés pudiera tener la menor posibilidad de implementarse en México. En seguida nos dicen que allá las circunstancias y la idiosincrasia son muy diferentes a la nuestra y que sería completamente impracticable. Y punto final; no se vuelve a discutir el asunto. Por lo general muchas de estas personas defienden a capa y espada el modelo basado en competencias que también es un modelo extranjero y que tampoco tiene nada que ver con nuestra idiosincrasia. En parte supongo es la resistencia al cambio; como dicen, más vale malo conocido que bueno por conocer.

En realidad lo que importa no es el modelo en sí, que efectivamente ha sido implementado en Finlandia de acuerdo a su realidad y a su particular manera de ser y de pensar. Lo importante es la dirección que se ha tomado. La esencia de ese modelo educativo es la búsqueda de alternativas a modelos basados en el control y la coerción, y eso es lo que hace toda la diferencia. Una vez que se comprende esto se puede empezar a buscar la manera de hacer los cambios necesarios en nuestros propios modelos anacrónicos, de acuerdo a nuestra propia idiosincrasia y realidad.

El futuro de la educación


Tiempos extraordinarios demandan medidas extraordinarias. La crisis ambiental y de civilización que está tomando forma a nuestro alrededor y que va a terminar definiendo a nuestra época implicará un cambio radical en nuestra manera de funcionar como sociedad, en nuestras expectativas y en nuestra misma manera de relacionarnos con el mundo. Aquellas estructuras, modelos e instituciones, rígidos e inflexibles, altamente burocratizados y anquilosados, que sean incapaces de adaptarse a los cambios simplemente quedaran fuera del juego. Los sistemas gigantescos que la era de los combustibles fósiles hizo posibles terminaran fracturándose y fragmentándose a lo largo de múltiples líneas de ruptura.

El futuro de la educación está en la descentralización y en la búsqueda de soluciones locales a problemas locales, no en una mayor homogeneización y estandarización de los procesos educativos. A fin de cuentas, son las personas y las ideas que se salen del huacal las que siempre han sido motor de cambio, de progreso y de concientización en nuestra evolución como especie y como sociedad. No es en la mayor concentración de control y toma de decisiones donde se da un medio conductivo para explorar alternativas a algunas de las grandes problemáticas a las que nos enfrentamos como individuos y como sociedad.

El objetivo de la educación, según mi punto de vista, es que los alumnos adquieran una comprensión del mundo en el que viven y desarrollen un espíritu crítico que les permita cuestionar el orden de las cosas y convertirse en agentes de cambio en la creación de un mundo más justo y equitativo y con un poco más de respeto hacia el mundo que nos rodea. Si les queremos dejar un mundo habitable a nuestros hijos tenemos que crearlo desde ahora, y empezar por reconocer la naturaleza del predicamento en el que nos encontramos. Hay muy poco en nuestro sistema educativo que fomente o inculque en nuestros jóvenes una visión más amplia del papel que nos toca jugar como individuos y como sociedad en estos tiempos de transformación que nos ha tocado vivir.

El sistema educativo en algún momento tendrá que cambiar y adaptarse a los nuevos tiempos. Un nuevo sistema educativo va a tener que ser flexible, extremadamente adaptable, que se adapte no sólo a las realidades locales sino a las necesidades individuales. Que reconozca el derecho legítimo que tienen los alumnos de que no les interese alguna u otra materia, y que se dedique más bien a explorar y a fomentar el desarrollo de las capacidades de cada persona. Que valore y fomente activamente la diversidad de opiniones y el intercambio de puntos de vista, porque es en la diversidad y en la tolerancia, y no en la homogeneización, donde se da el fermento para la innovación y para la resolución creativa de los problemas existentes.

Tiene que ser un sistema altamente adaptable al cambio, que tenga gusto y curiosidad por intentar cosas nuevas y que no tenga miedo de alejarse de los parámetros existentes; que no dependa del control ni de mecanismos de coerción de ningún tipo para imponerse, porque el control genera desinterés, y el control genera apatía, y el control genera resistencia, y no es con el control sino con la colaboración como las personas se motivan para hacer lo que tengan que hacer. Tiene que ser un sistema que se preocupe del alumno como individuo y no como engranaje de un sistema o como porcentaje en alguna estadística. Este sistema tendrá eventualmente que rechazar las estructuras de poder fosilizadas, jerarquizadas y verticales y fomentar la cooperación y la participación en un nivel horizontal. Todo mundo tiene derecho a participar en la toma de decisiones en un nivel local. Tiene que ser, en resumen, un sistema orgánico, vivo, armónico, integrador y en consonancia con su medio ambiente. Diverso, tolerante, flexible y adaptable.

El paradigma actual es incapaz de concebir un sistema así; lo rechaza a priori como utópico o impracticable. Esto es normal. Todas las ideas transformadoras son ridiculizadas y opuestas violentamente antes de que se conviertan en la norma. Quizás el paradigma actual sea el que se vaya por el camino de los dinosaurios antes incluso que nos demos cuenta. El cambio es inevitable, y ya está sucediendo.

martes, 20 de septiembre de 2016

La era de la abundancia

por David Cañedo Escárcega


Hablemos de energía

La característica sobresaliente de nuestra civilización moderna es la enorme cantidad de energía que utilizamos día con día. Ninguna otra civilización a lo largo de la historia ha contado ni con una pequeña fracción de la cantidad de energía que tenemos a nuestra disposición, tanto en términos absolutos como en la energía disponible per capita. Hasta tiempos muy recientes la única fuente real de energía con la que contaba la gente era la leña, además del uso localizado del carbón y del viento para tareas muy específicas. Antes de que existieran las grúas y los tractores, fue la labor humana la que levantó las pirámides y templos, los castillos y palacios, las murallas y partenones, y los demás restos que nos quedan de la grandeza o los delirios de grandeza de las pasadas civilizaciones.

Fue a partir de la revolución industrial, hace apenas dos siglos y medio, que se empezó a utilizar el carbón en gran escala, para que funcionaran las máquinas de vapor que se empezaron a utilizar en la industria, los ferrocarriles y los barcos. Durante 100 años el carbón se dio abasto para satisfacer las necesidades de la naciente industria, pero llegó un momento en que ya no era suficiente; el sistema seguía creciendo y se necesitaban otras fuentes de energía. Y en algún momento se descubrió que el petróleo era una fuente de energía más concentrada, más práctica, más fácilmente extraíble y más maniobrable que el carbón, y que había enormes depósitos de petróleo en diferentes partes del planeta, esperando tan solo que los encontráramos.

El primer pozo petrolero fue excavado en Pensilvania en 1859 pero fue con la invención y el desarrollo del automóvil a fines del siglo 19 y principios del 20 con el que entramos de lleno en la era del petróleo, que habría de transformar por completo la manera de vivir en nuestras sociedades y la manera de relacionarnos con el mundo.

Y nos hicimos adictos al petróleo. Le encontramos toda clase de usos, y en tan solo poco más de cien años nos hicimos tan completamente dependientes de la substancia que nuestra sociedad moderna no podría funcionar un solo día sin él. El petróleo es la sangre que corre por las venas de nuestra sociedad industrial. Todo lo que vemos a nuestro alrededor, todo aquello que consideramos normal, todo lo que forma parte de nuestra vida cotidiana, es una función del petróleo. Eso incluye nuestras tecnologías de las que estamos tan orgullosos y tan dependientes, nuestros sistemas de transporte y telecomunicaciones, los sistemas de producción y distribución de alimentos, los sistemas de educación y salubridad pública tal y como los conocemos, todo esto ha sido un producto de la era de los combustibles fósiles. Fueron los combustibles fósiles también los que permitieron el aumento desordenado y exponencial de la población humana, que se multiplicó 10 veces en los últimos 250 años.

Pero por más grandes que sean esos depósitos, el petróleo sigue siendo un recurso finito y al ritmo al que lo estamos usando no puede durar demasiado. A medida que entramos en el crepúsculo de la era de los combustibles fósiles es posible que en algún momento nos demos cuenta que todo ese progreso económico no ha sido más que un espejismo y que vamos a tener que aprender a vivir de nuevo dentro de los límites que nos marca un mundo finito que va a estar seriamente disminuido y con niveles de población muy por encima de la capacidad portativa del planeta tierra.

La dependencia de nuestra sociedad moderna con respecto al petróleo es total, pero el uso y abuso que le hemos dado no viene sin un precio, que quizás resulte ser demasiado alto. Han sido los combustibles fósiles los que finalmente inclinaron la balanza del precario equilibrio que manteníamos con el mundo natural, y en este momento no podemos predecir las consecuencias.

Una situación complicada

El problema con los combustibles fósiles no es demasiado difícil de entender. El meollo del asunto es que nos hicimos completamente dependientes de ellos y no podemos vivir un solo día sin una masiva utilización del petróleo, el carbón y el gas natural. La demanda actual de petróleo en todo el mundo en el año 2016 está alrededor de los 95 millones de barriles diarios (mbd). Me puse a hacer cuentas. Un barril tiene 159 litros, y eso da 15,100 millones de litros diarios. Si se pusieran en un contenedor de una hectárea de base (100X100 metros), éste debería tener una altura de más de kilómetro y medio para que quepa la cantidad de combustible que consumimos diariamente en el planeta. A mí me parece que es mucho, pero resulta que no es suficiente. La demanda sigue en aumento y necesitamos más y más.


Sin embargo, desde 1970 estamos consumiendo más petróleo de lo que lo estamos encontrando y las reservas probadas están menguando. La época del descubrimiento de los grandes y accesibles pozos petroleros ya pasó, y aunque todavía quedan reservas sustanciales al ritmo al que las estamos usando no pueden durar más de unas cuantas décadas. Esto es importante recalcarlo: la era del petróleo abundante y fácilmente accesible está a punto de terminar. Hubo un tiempo en que era suficiente escarbar en algún lado para que el petróleo brotara; ahora hay que irlo a sacar al fondo del océano o en climas extremos como el ártico o en regiones políticamente inestables.

Sin embargo, no hay la menor planeación o preparación a corto, mediano o largo plazo para el inevitable e inminente momento en el que la producción de petróleo, que está empezando a entrar en una fase de contracción, ya no pueda satisfacer a la demanda, que sigue aumentando. Ni siquiera se reconoce que exista una problemática. Seguimos actuando como si 20 o 40 años fueran largo plazo, incapaces de actuar o ni siquiera pensar en lo que vamos a hacer cuando esa energía deje de estar a nuestra disposición.


Lo que define el momento geopolítico actual en nuestro mundo es la lucha por el control de las reservas probadas de petróleo. Existe un imperio acostumbrado a vivir más allá de sus medios y a derrochar los recursos, que con el cinco por ciento de la población mundial consume la tercera parte de la energía, con niveles insostenibles de deuda y desesperado por mantener su estatus de potencia unipolar. Este imperio se va a invadir todos los países donde hay petróleo y al parecer no le importa provocar una guerra nuclear con Rusia porque ya se fastidió de que los rusos quieran seguir una política económica independiente. A China también la tienen en la mira, y la están rodeando por todos lados con bases y portaaviones en lo que llaman una política de “contención”.


La guerra por los recursos ya comenzó. Política y económicamente ya están en guerra. A Rusia la están tratando de estrangular económicamente por sus intenciones de abandonar el petrodólar y crear una opción alternativa a la tiranía del dólar. A China, que es su principal acreedor, le siguen pagando miles de millones de dólares en bonos de la reserva federal, que es solo papel impreso o datos en una computadora y no tienen nada que los respalde, o algo así. Y mientras tanto todo mundo se sigue armando hasta los dientes, se gasta más en armamento que en cualquier otro gasto público, y eso incluye educación, salubridad e infraestructura, y las potencias se niegan a abandonar la opción nuclear y desmantelar los miles de ojivas en estado operativo, al mismo tiempo que la demanda de petróleo va en aumento y las reservas probadas disminuyen.

Es una situación complicada. Y corre el riesgo de ponerse más caótica.

Nuestra civilización industrial moderna está siguiendo el mismo camino por el que han pasado tantas otras civilizaciones a lo largo de la historia. Las civilizaciones crecen hasta donde pueden, acaban con todos los recursos a su alcance, y se enfrascan en una serie interminable de guerras para asegurar el control de los últimos recursos. ¿Será que no hemos aprendido nada de la historia?


Un encontronazo con la realidad

Vamos a ver cómo está la situación del petróleo en México. Hubo un tiempo en que el petróleo en México era abundante. ¿Sí se acuerdan de aquel presidente que nos dijo que teníamos que prepararnos para administrar la abundancia? Esa abundancia finalmente sí llegó, aunque nunca supimos administrarla. Procedimos a explotarla lo más rápido que se pudo y los beneficios, como era de esperarse, terminaron por concentrarse; en cualquier caso el nivel de vida, de consumo y la población del país se duplicaron en los últimos 40 años, gracias a toda esa energía que se hizo correr por el sistema.

2007 fue el año en que la producción de petróleo llegó a su punto máximo, con casi tres millones y medio de barriles diarios, que es mucho. Desde entonces la producción ha descendido en más de un millón de barriles diarios, y actualmente está alrededor de los dos millones y medio. La mayor parte de los pozos petrolíferos en México se encuentran en la fase de declinación de su producción; Cantarell, en la sonda de Campeche, que durante mucho tiempo fue el principal productor de crudo en el país, ha visto disminuir su producción en algo así como el 50 por ciento en los últimos seis o siete años.


Al mismo tiempo la demanda va en aumento; en el país las necesidades diarias de petróleo son de algo más de dos millones de barriles. La población sigue creciendo, hay más automóviles e industria por todos lados, todo mundo quiere tener electricidad y cuando se tiene se desperdicia, y en algún momento no muy lejano, dentro de unos cuantos años, la oferta no podrá satisfacer a la demanda: la producción va para abajo y la demanda va para arriba; hay una imposibilidad física de mantener el ritmo. De ser un país exportador de petróleo en algún momento lo vamos a tener que importar. Con qué divisas, quién sabe; porque resulta que el sector energético proporciona algo así como el 40% de los ingresos fiscales de la nación. Podemos hacer toda clase de especulaciones sobre qué vamos a hacer cuando esos ingresos desaparezcan, pero lo más seguro es que nos espera un duro encontronazo con la realidad.


Es en este contexto que hay que entender la reforma energética que promueve la presente administración. Lo primero que tenemos que entender de esta reforma es que nosotros bailamos al son que nos tocan allá arriba. Allá arriba ni siquiera es Washington, es el Gran Capital Trasnacional (GCT). El GCT quiere nuestro petróleo, el GCT se las arregla y finalmente lo obtiene. Todas las grandes compañías petroleras están salivando y no ven el momento de empezar a hacer los grandes negocios con nosotros. ExxonMobil, Chevron, Shell, BP, ConocoPhillips, y muchas más están listas para sumarse a la bonanza. El Gran Capital de cualquier parte del mundo es bienvenido en México, y se espera tener a cientos de compañías operando en cualquier proyecto relacionado con el sector. Todo está abierto al mejor postor.


El petróleo fácilmente accesible y explotable ya nos lo echamos y ahora vamos a ir a donde tengamos que ir y hacer lo que se tenga que hacer con tal de sacar hasta la última gota de petróleo del suelo. Y le vamos a abrir las puertas al dichoso fracking, y seguramente habrá más derrames en el océano, y el impacto ecológico será impresionante pero, ¿a quién le importa todo eso? Necesitamos más energía, ¿no es así? Sí: nuestra sociedad no puede funcionar un solo día sin nuestra dosis de petróleo barato, cuyas reservas sin embargo están menguando y sin que haya manera de sustituirlo por ninguna otra de las llamadas energías alternativas.


Hay una crisis energética a la vuelta de la esquina. Todo depende de si 20 o 40 años los consideremos corto, mediano o largo plazo. En realidad se van muy rápido, y las medidas que se tienen que tomar para prepararnos para ese momento no se están tomando. Cuando finalmente reconozcamos que estamos en una situación delicada quizás ya no sea mucho lo que se pueda hacer al respecto.


Lo que está en juego


Entonces tenemos una crisis energética, una crisis económica y una crisis social a la vuelta de la esquina, y esas son las que vamos a ver, por lo menos al principio. La verdadera crisis es sin embargo ambiental, de la que las otras no son más que manifestaciones y de la que eventualmente también terminaremos por darnos cuenta.


Vamos a ver qué tan grave es esta crisis. Empecemos por el petróleo. 95 millones de barriles son los que nuestra civilización industrial moderna necesita para seguir funcionando cada día, lo que son unos 15 mil millones de litros, de los que el 60 por ciento se quema como combustible. El otro 40% va para la industria petroquímica, que también es altamente contaminante por su propia cuenta. En los 120 años que han pasado desde que se empezaron a desarrollar los primeros automóviles nos las hemos arreglado para acabar con la mitad de las reservas probadas de petróleo; la segunda mitad no nos va a durar ni la tercera parte de ese tiempo. Actualmente hay mil millones de automóviles y vehículos de motor en todo el planeta, millones de fábricas produciendo toda clase de productos necesarios o superfluos que abarrotan las tiendas, y miles de centrales termoeléctricas quemando petróleo, carbón o gas natural las 24 horas del día para producir la electricidad de la que dependemos todos.


Estamos arrojando miles de millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera cada año; el porcentaje de CO2 en la atmósfera se había mantenido estable alrededor de 280 partículas por millón durante los últimos varios millones de años, pero desde la revolución industrial hace 250 años ese porcentaje ha aumentado a 400 partículas por millón. Este aumento ha sido exponencial; durante los primeros 100 o 150 años fue muy poco lo que cambió, y en los últimos 50 o 60 años la curva se disparó para arriba.


Los casquetes polares ya se están fundiendo, de aquí a unos cuantos años no habrá nada de hielo en el ártico durante el verano; el Panel Intergubernamental del Cambio Climático nos acaba de decir que no habrá una sola persona en el planeta que no sea afectado por el cambio climático; al mismo tiempo que estamos llevando a miles de especies a la extinción en lo que algunos ya empiezan a llamar la sexta extinción masiva de especies en los últimos 500 millones de años. Para que un evento de extinción se considere masivo el 50 por ciento o más de todas las especies existentes en un momento dado desaparece en un tiempo relativamente corto; ya ha sucedido en cinco ocasiones y al parecer está sucediendo de nuevo. Esto es coherente con el reporte que sacó hace poco el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) en el que se llega a la conclusión de que más de la mitad de los animales salvajes que existían sobre la Tierra hace 40 años han desaparecido.

Esta dramática pérdida de biodiversidad está sucediendo delante de nuestros ojos, al mismo tiempo que estamos acabando con algo así como media hectárea de selva tropical cada segundo, que los bosques y los manglares están desapareciendo por todos lados, que estamos literalmente vaciando los océanos de vida y que el 90 por ciento de los peces grandes y mamíferos marinos han desaparecido, y que concentraciones de basura del tamaño de continentes flotan libremente en el océano en los giros del Pacífico y del Atlántico.


Ahora bien, yo no sé si valga la pena preocuparse por todo esto o si de plano no conviene hacer como todo mundo y enterrarse en nuestra realidad virtual y en nuestros programas de concursos, telenovelas y partidos de fútbol y pretender que no está pasando nada, pero pues a fin de cuentas lo que está en juego es el único planeta que tenemos. De aquí no nos vamos a ir a ningún lado.


Como aprendices de brujo


Hay una consideración más que hay que hacer con respecto a los combustibles fósiles. Esa cantidad enorme de petróleo, carbón y gas natural que estamos quemando se produjo durante cientos y cientos y miles de millones de años de actividad fotosintética en la que millones y millones de generaciones de plantas, algas y cianobacterias de los océanos absorbieron el exceso de dióxido de carbono y otros gases de la atmósfera, liberando oxigeno en el proceso. Durante tres mil millones de años la vida en el planeta tierra estuvo confinada a los océanos, y sólo hace apenas unos 500 millones de años cuando el nivel de oxigeno en la atmósfera aumentó lo suficiente fue que la vida empezó a poblar las tierras emergidas.


Durante eones de tiempo la naturaleza se encargó de retirar el exceso de dióxido de carbono de la atmósfera hasta hacerla respirable, y sólo entonces la vida se trasladó de los océanos a los continentes. Todo ese carbono quedo atrapado en las entrañas de la tierra y con el tiempo se convirtió en petróleo, carbón y gas natural. Y ahí se quedó mucho tiempo y la tierra se convirtió en un vergel y llegó a un estado clímax de máxima diversidad y de equilibrio dinámico, hasta que llegó nuestra especie que se apropió del planeta tierra y de todos sus recursos y en un lapso extremadamente breve de tiempo nos las hemos arreglado para liberar esas vastas acumulaciones de energía de nuevo al medio ambiente.


Cuando la primera fábrica a base de carbón se inauguró en algún lado de la campiña inglesa a mediados del siglo 18, al humo que salía de la chimenea no se le concedió la menor importancia. Total, se lo lleva el viento, han de haber pensado los gentlemen ingleses. Pues sí, se lo lleva el viento, pero resulta que no se lo lleva a ningún lado, porque todo se queda aquí, en la troposfera. Actualmente se liberan unos 27000 millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera cada año.


Hay un documental de la NASA que cada semestre se los paso a mis alumnos en que en algún momento dicen que sin quererlo estamos conduciendo un incontrolable experimento sobre el sistema de soporte vital de la tierra, y no podemos predecir las consecuencias.


Sabemos que si no hay una reducción rápida y drástica en las emisiones de carbono a escala global la temperatura del planeta puede aumentar hasta unos seis grados a fines de siglo, y un aumento de por lo menos dos grados parece ya completamente inevitable incluso si se tomaran medidas inmediatas, que no se están tomando. Pero no es necesario esperarnos a fines de siglo, los efectos ya se están sintiendo. Los casquetes polares ya se están derritiendo, y el mítico paso del norte ya está abierto. Las tormentas tropicales cada vez son más fuertes, y las sequías más pronunciadas. Los refugiados ecológicos ya empezaron y a partir de algún momento se van a convertir en avalancha.


Es importante considerar que para el planeta tierra un cambio climático es algo relativamente normal. A lo largo de las eras geológicas la tierra ha pasado por muchas etapas de calentamiento y enfriamiento y una variación de seis o diez grados no es nada que la tierra no pueda llegar a asimilar. Son los efectos sobre la civilización y la población humana los que van a ser devastadores. La tierra es mucho más resiliente que nosotros, y ha estado aquí mucho antes y seguirá estando mucho después de nuestro paso por el mundo. Si la temperatura global aumenta seis o diez grados quizás le tome al planeta tierra unos cien mil años volver a recuperar las temperaturas a las que nosotros estamos acostumbrados; el planeta tierra tiene el tiempo y la paciencia necesarios para esperar. Somos nosotros los que tenemos que decidir si queremos vivir en un mundo así.


En algún momento se nos fue la bolita de las manos; como aprendices de brujo creemos que estamos en control del mundo natural cuando en realidad no tenemos ni idea de lo que estamos haciendo.


La era de la abundancia


Fue como si nos hubiéramos sacado la lotería. O como si nos hubiéramos encontrado un tesoro enterrado. Esas enormes reservas de energía que se formaron durante cientos de millones de años y que se habían mantenido bajo tierra durante otros cientos de millones de años más, de repente estaban ahí a nuestra disposición, esperando todo ese tiempo a que nosotros llegáramos y procediéramos a terminar con ellas en un lapso de doscientos años. Estamos hablando de procesos geológicos que se llevaron eternidades en producirse, que permitieron que la atmósfera de nuestro planeta se hiciera respirable, y que de la manera más despreocupada posible estamos revirtiendo a su condición original en un abrir y cerrar de ojos. No tenemos ni idea de las consecuencias.

Pero mientras tanto el petróleo ha sido generoso con nosotros. Nos ha permitido niveles de vida que en cualquier otro momento de la historia de la humanidad hubieran sido inimaginables. Nunca tantas personas habían gozado de tantas cosas como las que tenemos ahora. Fue el petróleo el que permitió el desarrollo de nuestra sociedad tecnológica, con nuestras redes de telecomunicaciones y nuestros aviones con los que podemos cruzar continentes en cuestión de horas. Es el petróleo el que hizo posible que la sociedad en conjunto tuviera acceso a la educación pública, y que se construyeran escuelas y centros de salud por todos lados. El que permitió que surgiera una clase media, liberada de la necesidad de trabajar el campo, con una semana de cuarenta horas en el que el resto del tiempo se puede dedicar al ocio y al entretenimiento. Fue también el que nos dio nuestra cultura de masas, con espectáculos masivos de artes o deportes que podemos observar instantáneamente en nuestras pantallas de televisión a miles de kilómetros de distancia.

Fue el petróleo el que permitió también que nos multiplicáramos de manera desmedida, al relegar a un segundo plano todos aquellos factores que a lo largo de los siglos habían contribuido a mantener nuestros números dentro de ciertos límites. Con el petróleo vencimos los límites que la naturaleza nos marcaba.

Vivimos en la era de la abundancia. Que esa abundancia está muy mal repartida, por supuesto; que las cien personas más ricas del mundo tienen más riqueza que la mitad de la población del planeta tierra, también ya lo sabemos; que 50 mil personas mueren de hambre o de enfermedades fácilmente prevenibles cada día, de las cuales las dos terceras partes son niños menores de cinco años, pues también de alguna manera ya lo sabemos, aunque no queremos pensar mucho en ello; pero no deja de ser la era de la abundancia.

Las tiendas están repletas de mercancía. La tercera parte de los alimentos que se producen se desperdician. Montañas impresionantes de nuestros desperdicios se generan cada día. Sí, se nos va a recordar como la era de la abundancia. Y del despilfarro. De acabarnos todos los recursos, renovables o no renovables, y de no dejarles nada a los que vienen inmediatamente después. Probablemente así sea como se nos recuerde.

Vamos a ver. Nunca se habían producido tal cantidad de alimentos como se producen ahora. Pero ¿a costa de qué? De inyectarle enormes cantidades de fertilizantes químicos y pesticidas a la tierra para obligarla a producir más. En el momento en el que se dejen de utilizar estos fertilizantes y pesticidas la producción se va a venir para abajo. Estamos acabando con los bosques y las selvas tropicales para hacer potreros para producir carne o para hacer enormes plantaciones en las que se cosecha un solo producto como la caña de azúcar con la que producimos etanol con el que podemos mover nuestros automóviles.

Por el lado que le veamos estamos acabando con todo. Los recursos renovables nos los estamos acabando más rápido de lo que se pueden renovar. Los no renovables una vez que nos los acabemos se acabaron para siempre. Un día de estos nos vamos a despertar con una cruda fenomenal y a lo mejor resulta que toda esa abundancia se desvanece en el aire y que viéndola en perspectiva no resultó ser más que una ilusión.

martes, 23 de agosto de 2016

De la biología nadie se escapa

por David Cañedo Escárcega


Todo ser vivo tiene derecho a existir
De repente nos topamos con noticias alentadoras. Por ahí dice que el zoológico de Buenos Aires cerrará sus puertas y todos sus animales serán transferidos a reservas naturales, ya que, según palabras del alcalde de la ciudad, “la cautividad es degradante”. Vaya. Al parecer ya se empezaron a dar cuenta que el modelo imperante durante los últimos siglos basado en la cautividad y exhibición, en el que se saca a los animales de su hábitat natural, muchas veces siendo cachorros para irlos a encerrar en una jaula durante el resto de sus vidas para que nosotros los humanos podamos ir el domingo a pasear y entretenernos mientras nos comemos unas palomitas y algodones de azúcar, no solo es equivocado sino que es degradante.
Degradante para los animales y degradante para los humanos. Todos los seres vivos fuimos hechos para estar en libertad, y para un tigre o un gorila, un ruiseñor o una guacamaya, un delfín o una orca, o dado el caso para una abeja o una mariposa, estar en un espacio confinado durante toda una vida es algo antinatural, por más que en ese espacio se hayan puesto algunas plantitas y se haya tratado de reproducir burdamente el hábitat original. Es el hecho de estar encerrado para nuestro entretenimiento lo que es degradante.
Sí, por supuesto que en la mayor parte de los casos en que un animal ha estado encerrado desde pequeño si se le liberara sería probablemente incapaz de sobrevivir, pero eso no significa que tengamos el derecho de mantenerlos prisioneros.
Recuerdo hace años cuando viví en Alaska la señora de la casa tenía una pajarera abierta en el jardín donde cada mañana ponía alimento y llegaban las parvadas de pajaritos y nos poníamos a verlos detrás de la ventana y ella ya los tenía identificados según el color o el tamaño y hasta les había puesto nombre, y era un placer ver a los pajaritos revoloteando en torno a la comida e iban y venían todos los días completamente libres y siempre regresaban; no era necesario tenerlos encerrados para disfrutar de ellos. Un ave fue hecha para volar, no para tenerla en una jaula.
Lo mismo sucede con las creaturas del mar. Me puse a pensar que si yo fuera un delfín o un tiburón o una manta raya y tuviera todo el océano a mi disposición y de repente me atrapan y me meten a una pecera que por más grande que sea no me llevaría más que unos cuantos segundos atravesarla, es probable que no estaría muy contento. Hay algo profundamente denigrante con el hecho de atrapar a un delfín o una orca y ponerlos a dar piruetas para que la gente vaya a divertirse, y todo para que la empresa que lo organiza pueda ganar dinero. Porque siempre hay dinero de por medio, y el tráfico de especies mueve miles de millones de dólares.
Otro paradigma que tiene que cambiar es el del uso de animales para experimentos en laboratorio. Cada año se utilizan más de cien millones de animales en toda clase de experimentos, la mayor parte de los cuales son sacrificados una vez que se termina de hacer uso de ellos. El paradigma vigente nos dice que el sacrificio de esos animales es necesario para “el avance de la ciencia” pero hay toda una corriente alternativa de pensamiento que dice que la mayor parte de esos experimentos han quedado obsoletos y de hecho no son relevantes porque lo que afecta a los animales no necesariamente afecta a los seres humanos. Son fisiologías distintas. Muchos de esos experimentos son crueles y se hace sufrir innecesariamente a los animales, que resulta que también son capaces de sentir miedo, angustia y dolor, y que tienen tanto derecho a existir como cualquiera, y a que sus vidas no sean miserables.
Cuestión de puntos de vista por supuesto, pero en nuestra relación con las demás especies se refleja toda la patología de nuestra sociedad moderna. Es esa mentalidad de creer que somos los dueños del planeta y que podemos hacer con él lo que queramos, y que todos los demás seres vivos están ahí para servirnos de entretenimiento o para sacarles provecho, la que tiene que cambiar, y la que lentamente está cambiando.

No porque la jaula sea de oro deja de ser prisión
Desde tiempos antiguos, posiblemente desde que surgieron las primeras civilizaciones, los gobernantes y gente poderosa han tenido sus colecciones de animales cautivos, lo que presumiblemente les proporcionaba cierto placer y satisfacción además que les confería estatus a los ojos de sus súbditos. El hecho de tener prisioneros a tigres o jaguares, leones o hipopótamos, o cualquier otro animal raro que hay por ahí, al parecer les transfería un aura de dominio sobre el mundo natural que por extensión incluía el dominio sobre todos sus súbditos. Moctezuma mantenía un jardín con animales provenientes de todos los rincones del imperio atendido por no menos de 600 cuidadores, que dejó maravillados a los invasores europeos. Famosas fueron también las colecciones de animales de Luis 14, en su ménagerie royale de Versalles, o la que mantenía Kublai Khan en su corte imperial de Cambaluc.
Fue en Europa en la segunda mitad del siglo 18 donde surgieron los primeros zoológicos “modernos”, aunque en realidad de modernos no tenían nada. Eran lugares bastante deprimentes, en los que se mantenían encerrados a los animales en espacios demasiado pequeños donde apenas podían extenderse, en planchas de cemento y detrás de barrotes; básicamente se convertía a esas criaturas en objetos cuya única función era satisfacer la curiosidad de los visitantes, y no se tenía la menor noción de que los animales pertenecen a ecosistemas a los que están plenamente integrados y a los que se han adaptado durante millones de años, que forman parte de una red de vida y de relaciones con todos los demás seres vivos que cohabitan en su entorno. La mayor parte de los animales son entes gregarios que necesitan y dependen de la compañía de otros seres de su misma especie para su desarrollo y estabilidad emocional.
Pero eso a los seres humanos nos tiene completamente sin cuidado. De 200 años para acá nos clavamos en un triunfalismo francamente preocupante, de creernos que la realidad gira alrededor de nosotros y que solo nuestros caprichos cuentan. Nos auto nombramos los reyes de la creación y con la tecnología nos sentimos en pleno dominio del mundo natural.
Poco a poco la razón de ser de los zoológicos fue cambiando y se empezó a tratar de reproducir los hábitats originales de los animales en cautiverio, dándoles un poco más de espacio para que pudieran moverse y que no estuvieran tan confinados. La misión de los zoológicos dejó de ser la mera exposición de animales exóticos y empezó a tener miras más amplias, como la cría en cautividad y la protección de especies en peligro de extinción o ya extinguidas en estado salvaje. Estos objetivos son loables y en algunos casos se ha tenido cierto éxito y se ha hecho lo que se ha hecho con el afán de proteger a los animales y de proporcionarles vidas placenteras dentro de lo que cabe.
Pero es el concepto mismo de lo que es un zoológico lo que está en entredicho. Por más que se quiera que los animales estén a gusto ahí dentro, lo cierto es que los zoológicos no dejan de ser espacios antinaturales, donde los residentes se tienen que conformar a patrones de vida y comportamiento ajenos a sus instintos, donde se elimina su autonomía, se restringen sus movimientos corporales, se disuelven los lazos familiares y su cultura social es destruida. Hay un proceso de enajenación en el que los residentes, también podemos llamarlos prisioneros, dejan de pertenecer a una comunidad viva y se convierten en parte de una institución con reglas específicas a las que se tienen que ajustar.
Ha habido innumerables casos de animales que aunque hayan vivido toda su vida en cautiverio y no conozcan otra cosa, lo único que desean al parecer es la libertad, y a la primera oportunidad que tienen se escapan. Y lo vuelven a intentar cada vez que los atrapan. No porque la jaula sea de oro deja de ser prisión, y aunque les den de comer ahí dentro lo que quieren es estar afuera. Gorilas, chimpancés, toda clase de primates, toda clase de felinos, elefantes, orcas, podemos suponer que toda clase de animales, que se rebelan a su cautiverio y se resisten a cooperar y a asumir el papel sumiso y pasivo que les hemos asignado.

El asalto al mundo natural
Esos zoológicos empezaron a salir como hongos por todos lados hace un par de siglos. El primero se abrió en Viena en 1765 y de ahí toda Europa se llenó de ellos y después el resto del mundo. Cualquier capital o ciudad importante quería tener su propio zoológico y mientras más ejemplares de diferentes especies tuviera mejor. Y se fueron a buscar animales por todas partes, hasta los lugares más alejados del planeta; y se llevaron elefantes a Alaska y pingüinos a los trópicos, y mataban a las mamás tigresas o chimpancés para robarse las crías y se creó todo un mercado insaciable en torno a la vida salvaje.
No solo eran los zoológicos, también estaban los circos, laboratorios y colecciones privadas; la demanda iba en constante aumento y cualquier cosa que se moviera era buena para arrancarla de su hábitat y de su entorno y llevarla a ofrecer por ahí: seguramente habría alguien que la compraría. Los que hacían el negocio por supuesto eran los intermediarios; ciertamente no los nativos del lugar que eran los que atrapaban a los animales y que recibían meras bagatelas a cambio.
Surgieron carteles y mafias internacionales dedicados al tráfico de especies; había mucho dinero de por medio y la gente que acaparó el negocio se hizo de verdaderas fortunas. Al principio ni siquiera había leyes que lo prohibieran; eso era arca abierta y llegaban los emprendedores gringos y europeos en sus barcos a las costas de África, Asia, Oceanía y América Latina a retacar las bodegas con jaulas llenas de toda clase de animales como si fueran modernas arcas de Noé. Claro que a estos animales no se tenía ni idea de cómo tratarlos, ni siquiera se sabía en qué consistía su dieta y podemos suponer que fueron incontables los ejemplares que se murieron en el camino. Incluso cuando llegaban a su destino, que era otra jaula en algún lado, el trato que se les daba era completamente inadecuado y por lo general no era muy larga la vida de estos animales en cautiverio, y tampoco se conseguía que se reprodujeran.
Este tráfico de especies, que ahora es ilegal pero que se sigue haciendo, es un caso en el que la oferta y la demanda se retroalimentan mutuamente y cada una crece a medida que la otra lo hace. A más oferta más demanda, y a más demanda más oferta. El asalto al mundo natural fue frontal y las poblaciones de animales y de cierto tipo de especies en particular descendieron dramáticamente y nunca se volvieron a recuperar. Pero los zoológicos y los circos se llenaron de animales, para que la gente cada vez más enajenada de las ciudades modernas fuera a saciar su curiosidad sobre los bichos que hay allá afuera. A medida que nos fuimos divorciando del mundo natural y encerrando en nuestra fantasía tecnológica y en nuestras cápsulas de realidad virtual, el papel que le dimos a todas las demás especies con las que compartimos este planeta y tres mil millones de años de evolución, fue de meros accesorios utilitarios de úsese y deséchese una vez que ya no nos sirven.
El asalto al mundo natural tomó muchas formas, como los safaris en los que gente ociosa y aburrida con los medios para hacerlo van a entretenerse y hacer vida social mientras matan animales indefensos, o la destrucción sistemática de millones de individuos de diferentes especies que para su mala fortuna cuentan con pieles finas que son objeto de lucro. Aquí entran los zorros, visón, chinchilla, mink, castor, tejón, focas, nutrias, y muchos otros que durante el último par de siglos han sido llevados prácticamente a la extinción, de la misma manera que las ballenas, atún, sardina, bacalao, y demás peces que son sobreexplotados y no se les da oportunidad ni para recuperarse.
La actitud que tenemos en todos estos casos es de un desprecio absoluto por el derecho a la vida que tienen esos animales y esas especies, así como una ignorancia total del papel que juegan en el equilibrio de los ecosistemas y en la salud general del gran ecosistema que se llama biósfera. Nuestra especie, el homo sapiens, ha roto el equilibrio a tal punto que se necesita un cambio radical en nuestra manera de relacionarnos con el mundo para empezar a revertir el daño que hemos causado.

Lo que dicen los cuervos
“Cuando hay seres vivos en el mar, el mar se vuelve hermoso. Cuando hay animales y criaturas en la tierra, la tierra se vuelve hermosa.”
“¿Qué puede ser del hombre sin animales? Si todos los animales desaparecieran, el hombre moriría con una gran soledad de espíritu. Porque todo lo que le ocurre a los animales, bien pronto le ocurre también al hombre. Todas las cosas están conectadas. Lo que le pase a la tierra, le pasará a los hijos de la tierra.”
La actitud y relación que los indígenas de Norteamérica tenían con su entorno ciertamente eran diferentes a la que tenían los intrusos que llegaron hace 500 años. Ahí lo que se enfrentó fueron dos formas radicalmente distintas de entender la vida, y la que se impuso fue aquella que veía al mundo como algo ajeno y separado de nosotros a lo que hay que controlar y dominar y de la que hay que extraer toda la riqueza posible para apropiársela y acumularla. Ese básicamente es el ethos de nuestra sociedad moderna: extraer la riqueza y acumularla. Esa es la esencia de nuestro sistema socioeconómico y de todas las construcciones culturales, filosóficas y religiosas que ese sistema creó para justificarse. Es la esencia del proyecto civilizatorio: explotar al mundo natural como si los recursos fueran ilimitados, inagotables y exclusivos, y explotar a quien se pueda explotar para que cualquier riqueza que se genere se concentre cada vez más.
No se necesita idealizar a las sociedades tradicionales para darnos cuenta que hay algo que no funciona con nuestros estilos de vida basados en el consumo indiscriminado y la explotación irracional de nuestro entorno, y que es mucho lo que esas sociedades tradicionales nos podrían enseñar en términos de sustentabilidad y valores comunitarios, si tan solo estuviéramos dispuestos a escucharlos, que en 500 años no lo hemos estado.
Cuando los europeos llegaron a América se quedaron asombrados de la abundancia al parecer inagotable que había por estos lares. Por donde quiera que voltearan había abundancia, y se les botó la chaveta, de repente eso era arca abierta y todo mundo se vino a hacer la América para tratar de hacerse rico de la noche a la mañana. Se volvieron locos de ambición, y arrasaron con lo que pudieron: se llevaron montañas de oro y plata y el mundo natural también sufrió las consecuencias. Cuando se le pierde el respeto a la madre tierra y todo se convierte en una mercancía y el único valor que cuenta es la ganancia económica inmediata y personal, lo primero que se olvida es que cada una de nuestras acciones genera consecuencias, y los que van a sufrir esas consecuencias son las futuras generaciones, a las que les estamos dejando un mundo seriamente deteriorado y empobrecido.
Ese mundo deteriorado y empobrecido es en el que vivimos actualmente; la abundancia de vida que vieron nuestros antepasados ya desapareció o está terminando de hacerlo: son miles de especies las que están desapareciendo por todos lados, ecosistemas completitos que hemos alterado o destruido a tal grado que nuestros abuelos o bisabuelos serían incapaces de reconocer, una contaminación omnipresente e ineludible por los millones de toneladas de toda clase de desechos tóxicos en estado líquido, sólido y gaseoso que estamos liberando continuamente al medio ambiente, y por si fuera poco un cambio climático que no tenemos ni idea de cómo se viene y que está entrando a su fase irreversible.
Y mientras tanto el sistema económico sigue adelante, incapaz de detenerse, cada vez más voraz e insaciable. Es como si estuviéramos empeñados en llevar este experimento hasta sus últimas consecuencias: la lógica del sistema es seguir explotando y acumulando, acumulando y explotando, aunque el planeta mismo se vuelva inhabitable.
Aquí conviene escuchar otras palabras de los indígenas de Norteamérica que bien pueden resultar proféticas:
“Nosotros somos la especie en peligro de extinción. Eso dicen los cuervos. Eso dicen las águilas”.

La pirámide invertida
En la base de la pirámide alimenticia están las plantas, que se encargan de absorber la energía del sol e incorporarla en sus propios tejidos en forma de hidratos de carbono. Las plantas conforman el primer nivel trófico, y los herbívoros que consumen esas plantas conforman el segundo nivel trófico. Después siguen los carnívoros que se alimentan de los herbívoros y que conforman el tercer nivel y finalmente los superdepredadores que se alimentan de los depredadores y que constituyen el cuarto nivel trófico.
A medida que vamos avanzando en la pirámide el número de individuos de cada especie que se puede mantener de los niveles inferiores se va haciendo menor: se necesita de una gran cantidad de plantas para que un solo herbívoro pueda existir, y una cierta cantidad de herbívoros para que un solo carnívoro pueda existir. Una pequeña manada de leones en la sabana africana necesita de amplios rebaños de gacelas y de antílopes, que a su vez necesitan abundantes pastos para mantener una población estable.
En cada nivel la energía inicial del sol atrapada por las plantas por medio de la fotosíntesis se va disipando; de un nivel al que sigue aproximadamente el 90 por ciento de la energía se consume en las funciones que todo organismo vivo realiza para seguirse manteniendo vivo: éstas son el crecimiento, movimiento, reparación de tejidos y producción de desechos, y tan solo un diez por ciento de la energía pasa al siguiente nivel. En el cuarto nivel de la pirámide alimenticia tan solo llega una milésima parte de la energía inicialmente absorbida por las plantas; todo ser vivo necesita de energía, y como en la cima de la pirámide hay menos energía disponible la cantidad de organismos que ahí pueden existir es menor que en la base.
Todo esto es bastante lógico y se ajusta a la realidad observada; desde que surgió la vida en este planeta así ha sido…hasta muy recientemente.
En la actualidad podemos observar un fenómeno bastante peculiar que probablemente no se había dado previamente o si se dio no estamos enterados. Tenemos a un organismo superdepredador que se las arregló para subir a la cima de la pirámide alimenticia, a pesar de que físicamente no era nada excepcional. No era ni demasiado fuerte ni demasiado rápido ni demasiado grande ni demasiado nada pero aprendió a utilizar herramientas y a manipular el fuego y se iba a cazar en grupos y se extendió por todos lados y a donde quiera que fuera establecía su dominio y se encargaba de exterminar a los otros depredadores que le pudieran hacer competencia.
Esta especie se empezó a multiplicar pero sus números siempre se veían limitados por la cantidad de alimento disponible; nos adaptamos a todos los climas y hábitats y a las condiciones más adversas pero siempre era el alimento disponible el que limitaba nuestros números. Algunos grupos humanos aprendieron a vivir dentro de esos límites y encontraron algún precario equilibrio con su entorno. Así fue durante mucho tiempo. El problema empezó cuando surgió la agricultura y empezamos a tener excedentes de alimento, y la población empezaba a crecer inmediatamente. Incluso así el planeta todavía era grande y podía mantener esas poblaciones crecientes. El problema se exacerbó y entró a su fase terminal hace 200 o 300 años cuando empezamos a utilizar esas enormes reservas de energía que habían estado almacenadas durante millones de años, energía solar capturada por las plantas y transformada por procesos geológicos en los llamados combustibles fósiles.
Esa energía nos permitió franquear los límites que nos marcaba el mundo natural, y a partir de ese momento nuestra especie se multiplicó caóticamente. En la actualidad somos 7300 millones de personas y creciendo 85 millones cada año; la pirámide trófica se ha invertido: en la cima tenemos a un superdepredador con una necesidad insaciable de todo tipo de recursos, cada vez más escasos por cierto, creciendo y creciendo sin poder detenerse, y a todo el resto del mundo natural sosteniendo nuestro peso.

Nosotros somos el desequilibrio
Desde el punto de vista del mundo natural nuestra situación es bastante más precaria de lo que somos capaces de reconocer. Hay que recordar que un ecosistema sano es aquel que tiende a un estado de homeostasis o equilibrio dinámico en el que cada elemento que lo conforma cumple funciones específicas que se complementan con las de todos los demás; cada especie encuentra su nicho y se relaciona en muchos niveles con todas las demás especies con las que comparte ese espacio; todos los seres vivos están interconectados y forman parte de múltiples sistemas y dependen por completo de la salud de esos sistemas para su propia existencia. Un ecosistema sano beneficia a todos los organismos que lo conforman, y no se puede dañar al ecosistema sin ser dañado uno mismo. 
La dramática pérdida de biodiversidad que está sucediendo en el planeta entero es una de las más graves manifestaciones de la crisis ambiental que define a nuestra época. Por todas partes están desapareciendo los animales, desde las ballenas y los elefantes hasta bichos microscópicos, pasando por los peces y las aves y las lombrices de la tierra y los insectos polinizadores y el plancton del océano. Sí, la vida está desapareciendo por todos lados, y adonde quiera que vayamos y donde sea que preguntemos la gente dice que ya no hay tantos animales como solía haber hace no demasiado tiempo.
Son varias las razones por las que los animales y las especies están desapareciendo: entre la destrucción y fragmentación de sus hábitats, la caza indiscriminada, la contaminación omnipresente, el cambio climático, no les estamos dejando espacio para que sobrevivan. Hay un grave desequilibrio en el ecosistema, y ese desequilibrio lo hemos provocado nosotros. Nosotros somos el desequilibrio. Estamos en la cima de una pirámide trófica invertida, acaparando y devorando las energías vivas de las que dependen todas las demás especies, al mismo tiempo que la base de fertilidad y diversidad del mundo natural del que dependemos por completo se erosiona a un ritmo alarmante.
Es indispensable revertir esta tendencia, o por lo menos frenarla, en la medida en la que todavía se pueda hacer. Esto no es nada fácil, dada la tremenda inercia del sistema socioeconómico que nos hemos creado con su necesidad imperativa de seguir creciendo, así como el momento igualmente explosivo de la reproducción de nuestros propios números. Tampoco ayuda el hecho de que como sociedad vivimos en un estado de negación colectiva, atrapados en la matrix de la tecnología y la sociedad de consumo y de las jerarquías y relaciones verticales de poder y aferrados al espejismo del progreso y crecimiento económico hasta el infinito. Mientras no seamos capaces de reconocer la naturaleza y la gravedad del predicamento en el que nos encontramos lo único que estamos haciendo es atacar los síntomas mientras los problemas de fondo pasan desapercibidos.
Las condiciones de nuestra relación con el mundo natural ya cambiaron. El paradigma de los circos y zoológicos y de los animales para nuestro entretenimiento, distracción y explotación, y de acabar con ellos porque nos fastidian o nos estorban o no los comprendemos o porque valen dinero o porque este mundo nos pertenece y podemos hacer con él lo que queramos ya llegó a su inevitable conclusión. Hemos superado el punto de quiebre y la extinción masiva de especies que está sucediendo delante de nuestros ojos está tomando impulso de avalancha.

No podemos escapar a la biología: somos seres biológicos y dependemos por completo de nuestro entorno; podemos seguir actuando como especie invasiva acabando con todo a nuestro paso o podemos tratar, por mucho que nos cueste, de restablecer un precario equilibrio con el mundo que nos rodea. Los cambios radicales que se necesitan para movernos en esa dirección los vamos a tener que tomar tarde o temprano, nos guste o no nos guste, pero si esperamos a que la crisis se manifieste en toda su fuerza no es mucho lo que quedará para que todavía pueda ser salvado. La biodiversidad es indispensable para la salud de este ecosistema que llamamos planeta tierra, no podemos dejar que se siga perdiendo.